La soldedad y la desolación en las mujeres

“Nos han enseñado a tener miedo a la libertad: miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. (Lagarde, Marcela, 67). La cultura patriarcal, con la sutil, pero eficaz dinámica, ha ido introyectando en las mujeres el miedo a la libertad, lo cual se ha ido perpetuando de generación en generación. Tal es así que vamos incorporando existencialmente en nuestro modo ser y de proceder un talante temeroso de la vida misma. “El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad: porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se no ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos.” (Lagarde, Marcela, 67).


El sentimiento de orfandad nos lleva a sentirnos incompletas sin la fusión con los otros/as, llámense personas, instituciones, proyectos, etc. La dependencia es la expresión de un yo raquítico, minusvalorado y desdeñado. Sólo satisfecho y contento cuando está puesto al cuidado de los “otros” y no de sí mismo. Es un yo enajenado, hipotecado, exteriorizado, que encuentra su razón de ser siempre en los demás. De ahí que son los “otros/as” quienes han de legitimar cualquier experiencia por nimia que sea. Solas no podemos, y si acaso lo pudiéramos, no somos libres para hacerlo. De este modo, el temor a la libertad nos sumerge en la soledad, lo cual nos conduce a “dos dimensiones reales y fantásticas, que provienen de la configuración tradicional de género y que precisamos desmontar: una es la omnipotencia de género, esa creencia fantástica de que lo podemos todo (…).” (Lagarde, Marcela, 65).

 

Pero, por otro lado, no somos capaces ni tan siquiera de dominar nuestras más básicas emociones; esto es, de ser soberana en nuestro propio territorio emocional. La otra creencia a deconstruir es la impotencia, “que es uno de los resultados de la dominación.” (Lagarde, Marcela, 66). Hemos sido dominadas por el sentimiento de orfandad. De ahí que la soledad, en cualquiera de sus expresiones, nos produce pánico. Basta fijarse en los comentarios, aparentemente triviales, para constatar esta verdad. Por ejemplo, “voy a probar yo también para que no seas la única en hacerlo”, “es la única de la comunidad que se dedica a ello”, “es la única que ha hecho tal carrera”, etc., etc.


Este miedo a la soledad nos impide ser libres en situaciones concretas de la vida. Supongamos que recibimos una invitación para acudir a un evento determinado, pero no nos sentimos en condiciones de hacerlo, por el motivo que fuera. No obstante, nos vemos obligadas a acompañar porque no somos suficientemente libres (yo débil) para decir “no”. Y tampoco queremos dejar de complacer. ¡Cómo quedaría nuestra menguada imagen! Además, esto sería traicionar nuestra “esencia” de ser para los otros/as. Sería egoísmo y falta de generosidad. En realidad, dicha mistificación ¿no sería más que un solapado androcentrismo que late como trasfondo de la motivación?


Así las cosas, la soledad vuelta omnipotencia para los/as demás, es finalmente impotencia ante la propia vida, ante la propia salud, ante la propia autonomía, ante el propio yo… “La precocidad y la dominación que se ejerce sobre las mujeres hacen que no desarrollemos capacidades para el autocuidado, para proteger nuestros intereses ni para mantenernos en el centro de nuestras vidas.” (Lagarde, Marcela, 66). Es más, que el centro de nuestra vida sean los otros/as viene avalado por el mismo “dios padre”, ese Dios patriarcal que nos señala qué es lo “bueno” para las mujeres.


Es impresionante la cantidad de mitos que se han ido construyendo respecto al tema de la soledad en las mujeres. Nos han enseñado que experimentar alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. “Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.” (Lagarde, Marcela, 68). Se nos ha dicho que tenemos que ser comunicativas y “comunitarias”. Esto es lo contrario a usufructuar los propios espacios. Incluso, dichos espacios han de venir determinados por voces ajenas a la persona interesada. Voces que se imponen, a veces diplomáticamente, a veces consensuadamente, a veces groseramente. Dichos mitos nos indican que hay en nosotras una necesitad vital de contacto personal, de establecer una conexión de fusión con los/as otros/as.

 

Que precisamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo. Sin embargo, la autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales que no hacen más que aniñarnos, despersonalizarnos y empobrecernos. “La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.” (Lagarde, Marcela, 67). A propósito, me surge la pregunta, ¿no será la fuerza de este mito la que esté latiendo en la prohibición del sacerdocio femenino? Las mujeres podemos ejercer todos los sacramentos, menos el del “orden”. Necesitamos de alguienmasculino que pueda hacer acontecer este orden sagrado en nuestras vidas. Es sabido que sin dicho sacramento, no hay plenitud de vida cristiana. Con todo, recordemos que los mitos, supuestamente, han sido superados por los primeros filósofos griegos. He dicho filósofos y no filósofas.


A propósito de mitos y supersticiones, veamos lo que nos dice un pensador postmoderno sobre la negación del sacerdocio femenino. “Aquí se ve claramente la puesta en práctica de una superstición metafísica (la mujer tiene un determinado papel natural que no comprende la posibilidad del sacerdocio) contra un deber de caridad que consiste en atender a la nueva conciencia de las mujeres en nuestra sociedad.” (Vattimo, Gianni, Creer que se cree, 93).


Ahora bien, según nuestra autora, es conveniente diferenciar la soledad de la desolación. “Estar desolada es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.” (Lagarde, Marcela, 67). Las mujeres podemos sentir desolación cuando los/as otros/as no piensan como yo, cuando no responden a mis expectativas, cuando no me acompañan en lo que me hace ilusión, cuando no tengo poder sobre el otro/a… “Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica para la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.” (Lagarde, Marcela, 67).


“Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona.” (Lagarde, Marcela, 68). Poner nuestro yo en el centro significa decidirse a construir la autonomía personal, a asumir la soledad y a tomar la distancia que corresponde respecto a la relación con las otras personas, con los objetos, con las causas. “Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas.” (Lagarde, Marcela, 68).


Se trata de “convertir la soledad en un estado placentero, de goce, de creatividad, con posibilidad de pensamiento, de duda, meditación, de reflexión.” (Lagarde, Marcela, 70). Recuerdo que apenas acababa de conocer a un amigo, y en una de esas pláticas, me dice: “tengo asumida la soledad en mi vida”. Esas palabras quedaron resonando en mí por mucho tiempo, tal vez sin lograr entenderlas. Creo que recién ahora estaría en condiciones de poder intuir el significado de las mismas en el contexto de lo que venimos hablando. “La soledad es un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía. Sin soledad (…) no desarrollaremos las habilidades del yo. La soledad puede ser vivida como metodología, como proceso de vida. Tener momentos de aislamiento en relación con otras personas es fundamental. Y se requiere disciplina para aislarse sistemáticamente en un proceso de búsqueda del estado de soledad.” (Lagarde, Marcela, 70).

 

Teresa del Pilar

 

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Comentarios: 4
  • #1

    Nancy Olaya Monsalve (martes, 25 enero 2011 08:39)

    Teresa del Pilar, me gusta mucho tu escrito, gracias!!! Déjame hacer resonancia por lo menos de dos aspectos. Ciertamente la forma como nos educaron va en contra de lo que verdaderamente nos hace autónomas y libres. En la familia, el contexto social, laboral e institucional hay un mandato tácito pero muy potente, lo resumiría en esta frase: "no seas particular, diversa o distinta".

    Es tan impactante este mandato que nos hace muy temerosas y recelosas en comportamientos propios o de las otras que distingan y/o acentúen posturas, obras, palabra particulares u originales. Esto junto con otras cosas nos imposibilita una autentica y necesaria individuación, sin la cual es inviable la autonomía.

    Los principios éticos que la autora nos regala en la primera parte del libro son tan importantes, que deberíamos tenerlos escritos en un lugar destacado para leerlos continuamente: recuerdo solo algunos: NO AUTODISMINUIRNOS, NO COLOCARNOS EN LA SOMBRA, NO PONERNOS EN SEGUNDO PLANO...

    Un abrazo.

  • #2

    Teresa del Pilar (martes, 25 enero 2011 19:41)

    Gracias Nancy por tus oportunos aportes, los comparto plenamente! Me encanta la idea de tener por escrito en un lugar visible los principios éticos de la autora... Lo haré, te aseguro!!


  • #3

    Claudia Guzmán (martes, 15 febrero 2011 17:45)

    Hola Teresa, me ha gustado tu escrito porque me ha hecho contactar con las veces que me he sentido sola por asumir una manera distinta las situaciones. Cuando Nancy menciona lo del mandato tácito, es algo tan poderoso que se siente su peso casi cotidianamente. Recuerdo también a Sanata Teresa y su insistencia en la soledad, hay toda una invitación desde nuestra espiritualidada ahondar en todas las posibilidades que esto entraña. Gracias

  • #4

    Teresa del Pilar (sábado, 19 febrero 2011 07:28)

    Si, Claudia, tienes razón, en nuestra espiritualidad teresiana hay una intuición muy valiosa y acertada sobre lo que significa la soledad en el crecimiento personal y las relaciones interpersonales. Hay toda una riqueza latente que reclama mayor profundización.