MASCULINIDAD HEGEMÓNICA EN CRISIS

 

        “Al hablar de lo masculino es indispensable hablar de lo femenino en el sentido histórico, ya que el movimiento feminista, ha influido de una manera sólida en el surgimiento de los movimientos de reflexión y práctica de masculinidades alternativas, no en el sentido de movimientos de revancha, sino en el sentido de un aprendizaje, de diálogo, de intercambio fructífero, de rebelarse a un modo único de masculinidad impuesto por la ideología predominante y que tanto ha costado a los hombres y mujeres.” .” (Reyes y Madrigal, citado en Schwantes, 2007: 14)

        Mientras que los varones aún permanecían fijados a un modelo estereotipado, homofóbico, de hombre; las mujeres ya habíamos empezado, mucho antes que ellos, a descubrir la existencia de diferentes formas de ser mujer. Aunque el atreverse sea una característica atribuida al género masculino, sin embargo, en este caso, hemos sido las mujeres quienes la encarnamos. De todos modos, actualmente la resistencia al modelo patriarcal no sólo se visualiza en las mujeres, sino también en los hombres al constatar que ya no es posible seguir reproduciendo los roles asignados por el patriarcalismo.

        Los cambios sociales y culturales van debilitando los referentes de la masculinidad dominante. El hombre ya no es la persona irremplazable, ha perdido la exclusividad y con ellos los recursos del poder. Lo que está realmente en crisis es el modelo hegemónico de ser hombre: la masculinidad hegemónica. Si bien dicha masculinidad presenta posibilidades, también manifiesta fisuras, grietas, fallas, en las cuales “muchos hombres descubren maneras diversas de ser hombres. Si esto es posible, no hay un modelo de masculinidad, sólo hay masculinidades, muchos modos de ser hombre.” (Ídem: 13)

        “El hecho de juzgar que sólo hay una masculinidad y que ésta es la ‘correcta’ deja a una gran cantidad de hombres, (por no decir a la mayoría) fuera de lo ‘correcto’. Juzgar a los hombres o a las mujeres desde esta forma maniquea nos lleva a formas de discriminación desde las más sutiles, hasta las más burdas y que van en contra de los derechos humanos (especialmente de hombres y de mujeres).” (Ídem: 13)

        Los hombres, y por supuesto las mujeres, pagan un precio elevado al intentar vivir según este modelo de masculinidad autoritario, siempre y cuando éste no acepta la diversidad de masculinidades en un plano de igualdad y respeto. Cada vez más varones expresan que la forma de ser hombre a la que los somete el paradigma arquetípico patriarcal no corresponde a sus experiencias y los transforma, en alguna medida, en prisioneros de un modelo que les resulta enajenante y deshumanizador. Además, para aquellos varones pertenecientes a grupos sociales subordinados el ejercicio del poder de otros hombres sobre ellos, se convierte en fuente de humillación y sufrimiento.

        En relación con los otros hombres esta masculinidad los coloca en permanente situación de competitividad, obligándolos a ocultar sus sentimientos, afectos, emociones, vulnerabilidades, miedos y dificultades. Asimismo, reprime a los varones que tienen una orientación sexual distinta a la heterosexual y les dificulta asumir públicamente en su vida la condición de tales, conforme a sus identidades sexuales. En los ámbitos públicos, como el trabajo y la política, este tipo de masculinidad impone al varón situarse desde un comportamiento agresivo, con miras a salvaguardar sus posiciones y recursos de poder, tratando de impedir su acceso a lugares de mayor importancia.

        Todas estas actitudes y modos de proceder responden a la socialización androcéntrica que los varones han ido recibiendo desde pequeños. Los mensajes y mandatos explícitos o no se van repitiendo sistemática y persistentemente en todas las instituciones, empezando, naturalmente, en el seno de la misma familia. Así las cosas, son los prejuicios patriarcales los que van constituyendo la masculinidad del varón de modo estereotipado, sin que la diversidad en el modo de ser hombre tenga el lugar esperado.

        “No se trata necesariamente de una masculinidad alternativa, o nueva masculinidad, como única opción a la hegemónica, sino más bien de asumir la diversidad existente de las masculinidades, en un proceso transversal desde la interioridad de cada varón hasta los discursos ideológicos imaginarios.” (Ídem: 14). Abrirse a la complejidad de la realidad implica una postura opuesta a la dogmática. Supone estar abiertos y abiertas para escuchar respetuosamente los diferentes reclamos de la realidad en todas sus expresiones. Sólo desde una actitud asertiva sería posible dialogar con las masculinidades emergentes.

        Esta condición o modo de posicionarse está ausente en el arquetipo hegemónico masculino. De ahí que los parámetros o marcadores de virilidad son rígidos y autoritarios. Responden a una pretendida “esencia” masculina que ostenta y monopoliza la verdad como única y superior a otras posibilidades de ser. Cabe resaltar que el mencionado paradigma supone un estrado desde el cual profiere las verdades de modo categórico, despreciativo y condenatorio hacia aquellos que no se ajustan a las exigencias naturales de todo hombre.

        Entre dichas verdades inalterables se encuentran los encargos básicos que las sociedades patriarcales les asignan. Éstos han de ser varones falocéntricos-autosuficientes, que proveen, protegen y procrean. (Cf. Campos Guadamuz, 2007: 41- 43) Sin embargo, lo que no se ha logrado dimensionar adecuadamente es que estas asignaciones patriarcales les ha arrebatado a los varones la legítima capacidad para expresar sus afectos, ejercer su paternidad responsable con predominio de la comunicación afectiva con sus hijos e hijas, desarrollar proyectos de vida asociados al espacio privado y participar en las tareas del hogar, así como poder vivir una sexualidad más responsable. Igualmente, a las mujeres les han expropiado planes vinculados al espacio público en igualdad de condiciones con el varón, les han restado la posibilidad de desarrollar suficientemente su capacidad intelectual, de situarse como persona a partir de una sexualidad integradora y no meramente cosificadora.

        Es evidente que estas reducciones deshumanizantes constituyen uno de los factores fundamentales que provocan la crisis de un modelo que cada vez más presenta resquebrajaduras difíciles de subsanar. Dicha situación muestra que el proceso es irreversible, la historia ha ido dando señales claras de que el paradigma hegemónico de ser hombre está obsoleto y caduco. Se presenta la oportunidad para que las diversidades en el modo de ser varón tengan su legítimo espacio de expresión, sin sentirse inferior a la masculinidad arquetípica.

        Lo que se busca es aprender a convivir desde un diálogo armónico en sociedades pluralistas, poniendo en práctica los conceptos de: democracia, justicia, equidad e igualdad. De tal modo que hombres y mujeres podamos ser cada vez menos opresores y opresoras de otros/as que pretenden expresar su derecho a la diversidad. Esto hará posible forjar culturas más transparentes, con menos discriminación y sufrimientos innecesarios. Sólo así la crisis podrá transformarse en una oportunidad de crecimiento para todos y para todas

 

Teresa del Pilar

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Nancy Olaya Monsalve (lunes, 11 abril 2011 18:28)

    Teresa mil gracias por tu escrito. Me dan ganas de reaccionar ente varios puntos, pero voy a centrarme en uno: "el proceso es irreversible... el paradigma hegemónico de ser hombre está obsoleto y caduco". Te doy toda la razón!!!

    Las representaciones de lo masculino deben transformarse. Pero unido a esto, las imágenes de Dios también. Porque, aquellas se derivan de éstas ¿me entiendes? Si nuestro Dios es un patriarca, señor todo poderoso, guerrero, celoso, dueño de todo lo que existe, sediento de sacrificios, bla, bla, bla... tiene que haber aquí en la tierra un representante que nos recuerde como es ese dios terrible ¿te das cuenta?

  • #2

    Teresa del Pilar (miércoles, 13 abril 2011 13:38)

    Hola Nancy! Sí, concuerdo totalmente contigo. Las representaciones de lo masculino y femenino deben transformarse a la par que la imagen patriarcal de Dios que hemos ido introyectado. Comúnmente se afirma que Dios que Dios no tiene sexo ni género. Sin embargo la percepción que los/as creyentes tenemos es que Dios es masculino, es varón. Las escrituras, las catequesis, las teologías y los cultos constantemente hablan de “Él” y no, por ejemplo, de “Ella”. Tampoco se ocuparon en crear un lenguaje inclusivo para dar a entender que Dios tiene manifestaciones de lo femenino, además de lo masculino. O, en todo caso, un lenguaje neutro para esa deidad que trasciende los géneros. La Cábala judía sí lo intentó al desarrollar un Árbol de la Vida con un pilar femenino y otro masculino para conciliarse en un tercero, pero esas visiones apenas transcendieron los círculos de eruditos.

    El Cristianismo, en cambio, dejó de lado esa restricción simbólica y plasmó lo que se daba por sentado: Dios es varón, y así lo representó en el arte sacro, como un hombre poderoso, un patriarca, un rey, un juez. Y a esa figura del Dios Padre se sumaron las del Hijo y el Espíritu Santo, formando una trinidad sin ninguna persona divina femenina. El Cristianismo casi rompe el tradicional monoteísmo de la religión judía. Y si lo hace es para incorporar más figuras masculinas. La Virgen María no participa de la trinidad de la misma manera que el Padre y el Hijo como Diosa Madre o como una deidad femenina de cualquier otro tipo. Siempre tienen bastante cuidado en situarla un peldaño más abajo. Para imponerse, la iglesia Católica creó una trinidad que reemplazara a las trinidades precristianas y a las ancestrales triples diosas lunares que en el primer milenio d. C. seguían siendo adoradas en Europa con el nombre de Diana, Isis, Selene, Hécate, las Parcas, junto a sus hijas, hijos y consortes.

  • #3

    Rosa Emma (miércoles, 13 abril 2011 21:33)

    Hola Querida Teresa

    Cuando mencionas que el hombre ya no es la persona irremplazable, me remito de inmediato a la experiencia que han vivido las familias en situación de desplazamiento en Colombia porque generalmente las mujeres en las grandes ciudades son quienes logran ubicarse laboralmente, por tanto, los roles se invierten, y ahora son las mujeres las proveedoras, por supuesto para ellos tener que enfrentar esta situación es tenaz.

    Igualmente celebro el hecho de que aquí una figura pública como Antanas Mockus (a quien he admirado desde que lo conoci) que participo como candidato en las últimas elecciones presidenciales ha sido capaz de expresar lo que siente llorando, sin importar ser visto en la tele o escuchado en la radio, a otras figuras públicas también las he visto, esto me gusta, porque se van rompiendo estos esquemas tan fuertes y cuadriculados.