YO TE NOMBRO...

Hace algunos días una teóloga cuáquera nos comentaba como para ella la realidad de la crucifixión de Jesús le había sido tan ajena, hasta que un día una de sus profesoras llevó una imagen en la que aparecía Crista Crucificada.

 

Para mí ha sido muy interesante acercarme por primera vez a esta autora, me parecen muy útiles y claves sus aportes, especialmente para nosotras las mujeres por la posibilidad de transformar nuestro concepto, imagen, símbolos de Dios, resignificando nuestra relación con la Divinidad, así como también nuestra condición y posición en la sociedad y en nuestras iglesias.

 

En primer lugar quiero compartirles que por los años 90, cuando me acerque a la teología desde su definición más básica, como el estudio de Dios, de las cosas o hechos relacionados con Dios, del conjunto de conocimientos acerca de la divinidad, me pareció un atrevimiento que las humanas y humanos tuviéramos la osadía de haber creado una ciencia ‘dizque para estudiar a Dios’, pero hoy lo entiendo como una necesidad, una posibilidad, un derecho que nos permite entendernos más a nosotras(os) mismas(os), ser más felices, más plenas(os) e indagar por nuestro ser más profundo en relación con lo Trascendente.

 

Sin embargo, como dice Anne E. Carr: “El Dios desconocido y oculto del misterio es un modo definitivo de hablar del Dios que es siempre más de lo que las imágenes humanas… son capaces de sugerir” porque Dios es más lo que no sabemos, que lo que sabemos, Dios es siempre más y nos implica una historia de comprensión sin límites.

 

Además sé que muchas mujeres a lo largo de la historia hemos llegado a un punto en el que hemos dicho: “Quiero un Dios diferente, un Dios que sea Madre. Estoy cansada del Dios Padre legislador, con tiara y anillo. Quiero un Dios que sea energía fecunda portadora de vida.

 

Por esta misma razón, en el año 2008 en el marco del I Encuentro Ecuménico de Mujeres Constructoras de Paz y gracias a una charla de Alicia Winters decidí abandonar el término Señor para referirme a Dios, debo confesarles que no ha sido fácil, en muchas ocasiones se me ha vuelto a salir este término, además en todas las oraciones, salmos, cantos esta.

 

En segundo lugar, encuentro también que realmente no ha existido un lenguaje atemporal sobre Dios, a lo largo de la historia, de nuestras historias personales y colectivas nuestro propio concepto de Dios ha cambiado y podemos afirmar que nunca puede darse por concluido.


El dinamismo y la actitud de búsqueda permanente afortunadamente es el que nos caracteriza a muchas y muchos, aunque algunos y algunas prefieran instalarse en lugares cómodos, en los sillones de la tradición, de la costumbre, en la seguridad de lo ya conocido, de que las cosas son así y punto -porque así nos le enseñaron, nos lo transmitieron, nos lo dijeron- pues desde allí pareciera que la vida les resulta más fácil, pueden manipular y mantener en sus manos el poder.

 

En tercer lugar quiero resaltar una de las preguntas que aparecen en esta primera parte del libro: ¿Cuál es el modo adecuado de hablar de Dios frente a la recuperación de la dignidad y la igualdad humanas de la mujer?, a esto agregaría que no sólo se trata del modo de hablar (aunque soy consciente que este es el punto de partida que desencadena lo demás), sino del modo de vivenciar, de hacer realidad, presente y concreto a Dios en la historia de nuestros pueblos; me parece muy justo que la preocupación de la autora esté relacionada con la recuperación de la dignidad e igualdad de las mujeres, pues considero que hacia allí se deben dirigir todos los esfuerzos que hagamos y de hecho muchas mujeres en otros campos como el de los Derechos Humanos lo están haciendo.

 

En cuarto lugar, reafirmo que el lenguaje que se utilice sobre Dios no se puede separar del pensamiento y acciones con las que busquemos profundizar en la justicia de género, que el cambio lingüístico implica paralelamente un cambio estructural.

 

Desafortunadamente “el lenguaje cristiano sobre Dios que hemos heredado ha evolucionado en un marco que no valora la humanidad única e igual de las mujeres, desposee de bondad y de profundo misterio a la realidad divina” ha sido una pérdida para ambas partes.

 

Este lenguaje terriblemente opresor e idolátrico, que nos ha hecho tanto daño, debemos convertirlo en un lenguaje que sea capaz de resistir y transformar el sufrimiento de quienes se encuentran en las periferias, en las fronteras y en los márgenes.

 

Para terminar decir con la autora que: “es necesario fortalecer a las mujeres en su lucha por hacer históricamente tangible su humanidad, que debemos trabajar sin descanso por el alumbramiento de nuevas formas de relación salvíficas con toda la creación, convertirnos a un nuevo tipo de humanidad, sin sexismo, que nivela la variedad y las particularidades, que crea un modelo inclusivo, entusiasta de la diferencia, circular, feminista.

 

“Tenemos el desafío de romper el frasco para cuestionar y abandonar muchas rutinas e inercias muy instaladas en nuestro imaginario colectivo, a no ceder en el empeño de la transgresión, aunque los vientos eclesiales no lo favorezcan, ir más allá de lo eclesial y políticamente correcto, más allá de los límites heredados de una cosmovisión dualista e interesada de Dios y del mundo” María José Torres Pérez, Apostólicas del Corazón de Jesús.

 

Finalmente les envío con mucho amor esta Bendición escrita por María Helena Céspedes:

 

“Bendita tú, por haber nacido, Bendito sea el fuego, que te dio la Vida.

 

Bendita la luz, que inundó tus ojos.

Bendito sea el canto modulado por tus labios,

Bendito sean los caminos, transitados por tus pasos

Benditos los colores que alegran tus entrañas.

Bendita sea la tierra que acoge tus días.

Bendita toda tu,

porque has sido tocada

por el misterio del Amor.

 

                                                                                                        Rosa Emma Carrión


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Comentarios: 4
  • #1

    Nancy Olaya (martes, 28 junio 2011 18:57)

    Rosa Emma, muy sugerente tu artículo, muchas gracias. El poder de nombrar!!! Estaba vetado para las mujeres; claro, sobre todo si se trataba de dar nombre a Dios, unos labios de mujer... por eso, este tema me apasiona. La palabra, crea realidades, es para mi, un aspecto que nos hace imágenes de Dios ¿recuerdas, y Dios dijo? y las cosas comenzaban a existir.

    Sigamos nombrando, sigamos buscando nombres para Dios/a con los que nos sintamos acogidas, situadas, empoderadas.

  • #2

    Maria Jose Rosillo (domingo, 03 julio 2011 02:46)

    Querida Rosa, me ha encantado tu reflexión sobre "esa necesidad tuya, y nuestra, de entender nuestro derecho a comprender nuestra relacion con Dios*. Es desde esta comprensión como podemos entendernos a nosotras mismas. comparto plenamente tu opinion. De ahí esa necesidad, o si me permites "obsesión" por estudiar estas cosas, aunque mucha gente siga sin entender por qué lo hacemos. Con tu reflexión, me confirmo en que, claro que hay mucho que hacer y mucho que ayudar, pero para eso, debemos estar plenas, empaparnos de esta Providencia que se nos abre para que la conozcamos aunque sea levemente, y desde esa plenitud, ser capaces de vaciarnos en los demás. Creo que con buena organización seremos capaces, ¿no crees?.
    me quedo con esa afirmacion tuya de que hemos de conjugar lenguaje, pensamiento y acción. Creo que esto resumen perfectamente por donde debe ir nuestra iglesia y nuestra espiritualidad a partir de ahora. Gracias por compartir todo esto. Mj Rosillo.

  • #3

    Teresa del Pilar (lunes, 04 julio 2011 17:07)

    Rosa Emma: el título de tu escrito “Yo te nombro”. Muy bueno, muestra, como dice Nancy en el comentario, el “poder” que tenemos para hacer que las cosas “sean”. Aunque se nos esté vetado dicho poder, somos transgresoras, y mostramos que esa prohibición no condice con lo que realmente somos, con nuestro legítimo derecho de dar a luz nuevas realidades. Y ahora, ¿por qué se nos ha de negar (o se nos ha negado siempre) un carácter tan femenino como es el dar a luz? ¿Acaso que nos somos co-creadoras con Dios/a? Claro que si, Dios/as crea con su palabra y nosotras no podemos ser menos. Y de hecho, no lo somos!

    Nuestra palabra, que refleja nuestro ser está llena de pasión, de imágenes llenas de vida, de dinamismo. En lugar de fríos y rígidos conceptos preferimos la metáfora cuyo significado ensancha, apasiona, dinamiza, da vida, estimula, acoge, incluye, invita… La metáfora es el reflejo de Dios/a mismo en tanto que aquélla nos empuja a un “más”, esto es, a Dios/a. La metáfora y Dios/a se encuentran en el “más”. Qué profundidad tan real.

    Gracias, un abrazo.

  • #4

    Claudia Guzmán (martes, 19 julio 2011 15:42)

    Rosa Emma, cuando mencionas que el cambio de lenguaje debe tener unas consecuencias en nuestro actuar, me he puesto a pensar en qué tipo de concreciones hacen que yo "revele" la metáfora de Dios en la que creo, o la manera como creo en Dios, nada simple, sobre todo cunado E. Johnson nos muestra en esa primera parte toda la fuerza que esa metáfora tiene en lo político y lo social. Gracias