Hablar de Dios desde la historia del mundo (Tercera Parte)

Ya me parece sugerente el título de este nuevo apartado de nuestra lectura; pues nos permite así tomar conciencia del nexo de unión invisible y al mismo tiempo evidente entre Dios* y su criatura. 

La historia del mundo, en definitiva, y de todo lo creado, es o puede llegar a interpretarse como evidente presencia de lo trascendente en nosotros/as. Aunque como dice la autora, “se acerca y pasa de largo” y añade: “si nos preguntamos más en concreto por los momentos mediadores del Espíritu de Dios, potencialmente puede servir de mediación toda experiencia, el mundo entero”. 


Y es “este vasto horizonte de la experiencia histórica dónde encuentra su origen y su hogar el lenguaje sobre el Espíritu de Dios”. Esto perfectamente se puede aplicar a la experiencia histórica personal. En un ejercicio de síntesis y de búsqueda de sentido a mi espiritualidad y a mi nueva vida iniciada desde una dolorosa ruptura. Soy consciente de esta presencia de la trascendencia, en mi cotidianidad y como analizando esos momentos claves de una historia personal con mis miedos, mis dudas, mis ilusiones, mis sueños, mis decisiones…lo veo cercano y presente. Todo ello fundamentado, como no podía ser de otro modo en una confianza ciega en Aquel que nos conduce. Y si me es posible leer su presencia en mi vida, con tanta nitidez, de la misma forma que está en las historias personales de todos los seres humanos, independientemente del nombre que queramos darle a esta trascendencia, o acepten o no su presencia. No me va a costar nada por tanto, identificar esa presencia divina en la historia de toda la Humanidad. 


Como dice la autora, “experiencia mediada del Espíritu en los macrosistemas que estructuran a los seres humanos como grupos”. En este sentido, actualmente entré en contradicción al leer estas páginas. Somos conscientes que los sistemas que  nos gobiernan, que estructuran nuestras formas de vida y de pensamiento están a unos niveles muy superiores a los sistemas de gobierno locales o nacionales. Son unos hilos invisibles que manipulan y dirigen la Humanidad, sin que los seres humanos “de a pie” podamos casi darnos cuenta o evitarlo. Y desde luego no quiero pensar que dios* esté presente en estas estructuras que alinean a la persona y no la dejan crecer desde la libertad y la autonomía, sino relegadas a los intereses de poder económico. ¿En qué estructuras entonces creemos que está presente esta trascendencia?   


Pienso más bien que es la experiencia de las personas, esa experiencia intransferible e interna la que nos permite darnos cuenta de su Presencia cercana junto a nosotros.  Esa presencia en nuestra individualidad, además se comparte, se entiende, se convierte en experiencia similar y comunitaria, y quizás extendida a fronteras, países y culturas. En ese poder sí que creo firmemente. Pero claro, se trata de otro tipo de estructuras, de otra modalidad de redes de conexión entre los seres humanos, y que de alguna forma no hace sentirnos unidos/as en Algo.


Destaco esta afirmación de la autora cuando dice que “el Espíritu es la forma principal y más íntima de experimentar a Dios”, a pesar de que en muchas ocasiones desde los entornos teológicos, se le haya relegado a posiciones de privilegio inferiores. Quizás porque así haya interesado al sistema patriarcal y androcéntrico que ha dirigido tantas estructuras humanas de todos los tiempos. Y prosigue la autora “lo más desconcertante del olvido del Espíritu es que lo minusvalorado es ni más ni menos que el  misterio del compromiso personal de Dios con el mundo en su historia de amor y desastres…nada menos que la presencia fortalecida de Dios…una presencia que exige una praxis de vida y libertad…Olvidarse del Espíritu es ignorar el misterio de un Dios más cercano a nosotros que nosotros mismos”.


Creo que desde la nueva fe renaciente en los creyentes de base, que cuestionando las estructuras ansían “volver a las fuentes”, hace posible ir dejando lugar privilegiado a esa Ruah que constantemente nos interpela. Nos sabemos que quiere de nosotros, hacia dónde dirige nuestros pasos, hacia qué meta. Sin embargo, no podemos evitar sentir “su permanente (y en ocasiones incómodo) susurro”  en nuestros oídos y en nuestras entrañas que nos remueve a creer, confiar, continuar, hacia dónde desee conducirnos.


En la lectura de este apartado, vuelve a hacerse mención al nombre de Dios. En concreto a la esencia masculina de la figura de Jesús, que se ha justificado desde la teología patriarcal para excluir a las mujeres de muchos lugares de misión y apostolado, pues no compartimos esa naturaleza biológica de varón-sacerdote-apóstol.


Afortunadamente muchas de nosotras, desde luego con el juicio alterado al permanecer aquí dentro dando pequeñitos pasos y grandes derrotas; y a pesar de todo, seguimos creyendo que es necesario dar ese paso en la identificación con el Jesús histórico.

 

Personalmente no me afecta que Cristo sea varón, para sentirme seguidora suya. NO voy a entrar en el juicio de la redención, que es una cuestión compleja para una “aprendiz de teóloga”. Pero su vida, su mensaje, su ejemplo, siempre han constituido un referente de fe para mí. Me alienta a imitarle desde mi limitada humanidad, siempre dispuesta a equivocarse. Y me incita a seguir sus pasado desde donde mi cotidianidad me permita, a pesar de ser consciente también de cómo terminan sus días personas con este itinerario cuestionadores de las estructuras establecidas. Estructuras aparentemente sólidas, aferradas al orden previsto y capaces de deshacerse de los elementos discordantes, sin ningún escrúpulo.


El siglo actual en relación a esto, no ha cambiado demasiado respecto a hace dos mil años. Y elimina de múltiples formas a este tipo de “alborotadores” de la estructura, “en beneficio –parece ser- del resto de la colectividad” y por supuesto, en aras del mantenimientos de las posiciones de poder y dominio. Esta eliminación puede ser física o centrada en la minusvaloración social del resto, consiguiendo el aislamiento o la desacreditación de sus voces. Esto lo tengo más cerca, desgraciadamente.


Me vienen a la memoria en estos momentos, estos movimientos sociales resurgentes, en algunas ciudades de europa, “indignad@s” con el sistema de gobierno y que se dejaron escuchar armando jaleo suficiente, pero que desde los medios de comunicación y los tentáculos del sistema se han encargado de silenciar. De lo que se no se habla en los medios, prácticamente no existe. Y asi, son silenciadas de nuevo, las voces molestas. ¡Es tan fácil silenciar en nombre de la estabilidad…!


No me he perdido de la idea original de este fragmento. No penséis que me dio un brote psicótico. En absoluto, y cada vez tengo más claro, que cuanto más estudio o reflexiono sobre temas teológicos como éstos, más me arden las manos para la acción  y la misión. Esa pastoral misionera desde la teología feminista, y que aún no constituye una línea seria de formación en ningún sitio. Nuestra historia de fe, impregnada como decimos de esta presencia del Espíritu requiere ahora más que nunca, acción-denuncia-grito. Aunque moleste lo que se diga.   


Por otra parte, querría destacar el último capítulo sobre la Madre-Sophia en su exaltación de lo femenino, a la vez que se explica su subordinación a lo largo de todos estos siglos, por la misma razón de la que hablábamos más arriba: la justificación de la estabilidad y del orden impuesto. Y en palabras de la autora, por ejemplo: “la decisión de crear un sacerdocio jerárquico integrado sólo por hombres exigía una imágenes de Dios exclusivamente masculinas”


Todo ello legitimado además por autores y líneas de pensamiento que refuerzan aún más si cabe, con un lenguaje engañoso de falsa sublimación de lo femenino, la subordinación de las mujeres. Me apena y me molesta soberanamente darme cuenta de que autores y maestros que he estudiado en la universidad, como padres y referentes de las disciplinas psicológicas, como Freud o Jung, reconozcan sin tapujos su concepto de subordinación de lo femenino y hayan elaborado sus postulados terapéuticos en base a estos fundamentos teóricos.


Y aunque de muchas formas posibles y sublimando la maternidad femenina como un rasgo que enriquece y a la vez domina a las mujeres, comparto con la autora, su afirmación cuando habla de “la idealización romántica de la maternidad” y como ésta “ha perdido su poder de convicción, dada la experiencia que tienen las mujeres de su propia dignidad”. Y añade un poco más adelante, “hay algo más en el ser mujer que en ser madre”, aunque la maternidad  sea uno de los  fenómeno biológicos y psicoemocionales más significativos por los que pueda pasar una mujer. Porque podríamos preguntarnos entonces ¿y el resto de las mujeres del mundo, que bien por circunstancias externas o bien por libre decisión, nunca experimentarán la maternidad? ¿Deben ser por ello, consideradas mujeres de segunda categoría? Aunque esta cuestión suene demasiado brusca, no hablo desde la teoría, y son muchos círculos y entornos sociales y culturales en los que las mujeres empiezan a ser consideradas como tales, desde el momento y hora en el que dan a luz por primera vez. Es como si a partir de ese instante, su voz comenzara a tener peso en la comunidad.


No es tan sencillo modificar desde la raíz, todos estos principios y prejuicios que constituyen las bases de nuestro pensamiento por generaciones. Aún así, la autora se esmera en culminar estos capítulos bajo el título de “el alumbramiento materno del universo”.


“La santa sabiduría – dice- es la madre del universo, la fuente viva sin origen de todo cuanto existe”. Es cierto que para todas las mujeres, aunque no hayamos experimentado la maternidad en nuestra propia piel, siempre hemos tenido referentes de madres a nuestro alrededor, comenzando por nuestra propia madre biológica, por ejemplo. Y estos vínculos de vida, protección, cuidado, guía, referente…de madres e hij@s no nos resultan contradictorios de aplicar a los vínculos establecidos entre dios y sus criaturas. En este sentido, pienso que las mujeres podemos comprender y aceptar sin bloqueos ni contradicciones, esta identidad también femenina de la trascendencia.


La autora termina el capítulo con una magnifica síntesis de evolución desde el Espíritu-Sophia, pasando por el Cristo-Sophia y llegando a la Madre-Sophia, que no es otra cosa que un modelo trinitario de la experiencia de Dios con el que introducirá el capitulo siguiente.


En este caso, la lectura de esta apartado ha sido un curioso y profundo ejercicio de reflexión y andadura teológico con el que he disfrutado.        

 

Maria José Rosillo

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Claudia (domingo, 11 septiembre 2011 09:43)

    Maria José, cuán importante es formarnos y ahondar en el estudio teológico para fundamentar cada vez más nuestras opciones, nuestras visiones y nuestra reflexión de la propia experiencia de la Trascendencia, y a la vez cuán legítimo es nombrarla con nuestra experiencia como mujeres. Un abrazo para ti y gracias por tu aporte.

  • #2

    Nancy Olaya (sábado, 24 septiembre 2011 20:28)

    María José!!! Se nota que has estado en un congreso de Teología Feminista!!! Como en otras ocasiones, nos enriqueces con tu capacidad de palabra, Gracias!!!

    Resonó en mi tus reflexiones sobre la espiritualidad femenina... pienso en la mía, pienso en la de las mujeres que conozco, pienso en la tuya que nos has dejado ver por medio de tu compartir... pensé lo siguiente:

    Nuestra gran tarea, nuestra gran vocación, nuestro único camino es "acceder a un alma" a nuestra alma. Para ello, debemos salir de nuestro estereotipo, contestar la cultura patriarcal y garantizar-NOS experiencias, espacios reflexivos y encuentros que nos nutran... En esas estamos!!! Sigamos caminando juntas!!! Un abrazo.

  • #3

    Rosa Emma (viernes, 14 octubre 2011 19:01)

    Hola María José

    Interesantísima pregunta: ¿en qué estructuras está presente nuestro Dios(a)?.
    La posibilidad que he tenido de trabajar dentro de nuestra iglesia cercana especialmente a la jerarquía me ha hecho cuestionarme sobre qué Dios?, cuál fe?, cuál Evangelio? es en el que creen, porque las decisiones y acciones que he visto han sido para mí tan contrarias al auténtico Dios, al verdadero Evangelio, también me he preguntado si es necesario y posible pasar a la otra orilla, si en algún momento he de intentar calzarme esos zapatos, porque siento que necesito entender...