Emancipando el lenguaje sobre Dios

Teresa del Pilar stj

 

                      Un lenguaje emancipador sobre Dios no restringe ni aprisiona el nombre de Dios en conceptos o imágenes unilaterales que pretenden monopolizar y agotar su trascendencia en nombre de supuestas verdades reveladas. Un enfoque liberador sobre la realidad divina es capaz de conjugar la complejidad de variables que se hallan implicadas al intentar nombrar a Dios. Parte de la experiencia, se sitúa en el momento histórico, integra la riqueza de la tradición sobre el tema, realiza una hermenéutica crítica sobre los datos que tiene y está abierto a los desafíos que le presentan los nuevos escenarios y sujetos emergentes.

 

                      “Estar al tanto de los problemas y de las luchas de la gente de una época, de sus sistemas de valores y de sus esperanzas más profundas, proporciona a la teología de más diversos estilos una clave indispensable para dar forma a la investigación, diseñar el círculo hermenéutico, revisar las interpretaciones heredadas y llegar a una comprensión teológica. Por eso, la reflexión feminista no es la única en hacer uso de la experiencia humana como recurso para hacer teología.” (Schüssler, 90)

 

                      Efectivamente, “la crítica feminista al discurso patriarcal está sacando a flote los falsos presupuestos que justifican la insistencia en la exclusividad de los símbolos masculinos, al tiempo que impulsa a un nuevo descubrimiento del misterio sagrado que llamamos Dios.” (Idem, 153). En este sentido, la toma de conciencia de las mujeres de su propia dignidad humana puede ser entendida como una nueva experiencia de Dios. El lúcido y progresivo despertar de este sujeto emergente es el acontecer de un hecho que va permitiendo crear nuevos perfiles de un lenguaje más integrador sobre el misterio de Dios.

 

                      Dada la valoración negativa de las mujeres en la sociedad patriarcal, es necesario un proceso de transformación que lleve a dejar de lado la denigración de las que han sido objeto a lo largo de la historia. Es preciso reconocerlas como personas dignas de consideración y como auténtico don, no sólo por lo que hacen, sino, fundamentalmente, por lo que son. En otras palabras, hace falta conversión en el modo de concebirlas. Sin embargo, la conversión no sólo ha de apuntar a un cambio de valoración positiva hacia ellas, sino en el modo mismo de entender la palabra conversión en relación a las mismas.

 

                      A este respecto, la teología clásica apunta típicamente al proceso de desprendimiento o debilitación del propio ego. No obstante, lo cierto es que este discurso es pertinente, y hasta necesario, para un varón con poder, cuya tentación primordial es la del pecado de orgullo, que busca autoafirmarse frente a los demás. Pero el caso de la mujer es absolutamente diferente. Ellas, en las instituciones, sobre todo en las iglesias, se hallan relegadas en los márgenes de lo verdaderamente importante y excluidas del ejercicio del poder y de las instancias donde se toman las decisiones más relevantes. “Para tales personas, el lenguaje de la conversión como desprendimiento del yo, como alejamiento del amor sui, funciona como instrumento ideológico para arrebatarles el poder, manteniéndolas en una posición subordinada en beneficio de quienes gobiernan.” (Idem, 93-94). En este caso, del marginal poder que tienen. De ahí que, se trata del máximo despojo imaginable, lo cual frena e impide una auténtica experiencia de Dios en las mujeres.

 

                      “El desarrollo del yo personal constituye también el desarrollo de la experiencia de Dios; la pérdida de la autoidentidad implica también una pérdida de la experiencia de Dios. Se trata de dos facetas de una y la misma historia de experiencia.” (Idem, 95) Es oportuno que recordar que la persona, también la mujer, es una unidad; lo que sucede con ella, en cualquiera de las dimensiones, tiene un impacto en todo su ser. En consecuencia, un yo psicológico fortalecido facilita una experiencia espiritual auténticamente humana y armónica. Encontrarse con nuevas experiencias espirituales articuladas desemboca, sin duda alguna, en un nuevo lenguaje sobre Dios. La legitimidad de los símbolos femeninos se comprende, entonces, desde esta perspectiva experiencial de integración y liberación de las mujeres. Si la mujer es tan imagen de Dios, como el varón, por qué éste ha de ostentar la prerrogativa y exclusividad del nombre divino: padre, rey, juez, etc.

 

                      “A partir del encuentro de las mujeres con el misterio sagrado de su propio yo como objeto de bendición, el lenguaje proporcionado sobre el misterio sagrado a través de metáforas y símbolos femeninos resulta gratificante, convincente y necesario.” (Idem, 96). La presencia de símbolos femeninos expresa que también la mujer, al igual que el varón, es honrosa imagen de Dios. Cuanto más variadas y ricas sean estas imágenes, habrá más posibilidades de mostrar las innumerables aristas de su misterio divino. Enunciar a Dios sólo de modo conceptual empobrece su polifacético rostro, pues el concepto pretende capturar y cristalizar la realidad; en cambio, las imágenes o analogías, al ser más dinámicas, sugieren realidades complejas y abiertas. Son capaces también de acoger como gracia los cambios que van emergiendo. En otras palabras, tienen menos posibilidades de ser dogmáticas. De ahí que la analogía siempre ha de ir junto al concepto. Éste sólo impacta de modo directo el intelecto, mientras que la analogía no se remite únicamente a lo claro y distinto, sino a aquello que se mueve en la línea de lo oscuro, de lo vulnerable, de lo frágil, de lo entrañable: de los afectos. Área donde el ser humano realmente se la juega. “La introducción de símbolos femeninos pone claramente de manifiesto que la analogía tiene todavía una función que cumplir: purificar el lenguaje sobre Dios de su directo literalismo masculino, aunque no sea intencionado.” (Idem, 158)

 

            De este modo, con la presencia de la analogía, estamos introduciéndonos en el misterio humano que nos habla de enigma, de complejidad, de trascendencia, de incertidumbre… Otear al ser humano es introducirse en las entrañas mismas de lo divino. La visión y los nombres que le damos a Dios van ensanchándose no solamente en la línea masculina, sino en la profundidad de la realidad misma. Estamos permitiendo a este ser tan cercano y lejano, como es Dios, expresarse con la mayor libertad y amplitud posibles. Vamos dejando a Dios la posibilidad de ser Dios y de ser nombrado con los más ricos matices. “El lenguaje puede ser liberado y orientado a la altura y la profundidad, la longitud y la anchura del Dios inaprehensible”. (Idem, 153). Esta es una misión apasionante que nos compete a todas y a todos. Liberar el lenguaje sobre los nombres de Dios revela que la experiencia va en esta línea; y si no, que al menos, se está en la búsqueda de construir y estructurar una realidad más incluyente, más justa, más humana, más fiel a lo que es.

 

Así pues, la analogía funciona como un instrumento que permite a las mujeres ensayar un lenguaje emancipador, en fidelidad al misterio de Dios y su propio misterio femenino de bondad, que participa de esa Bondad con mayúsculas. Las imágenes y conceptos femeninos, masculinos, cósmicos, etc. ofrecen sólo fragmentos, destellos de belleza, bondad y verdad divina. Pero ninguno de esos aspectos, ni siquiera todos juntos, puede agotar la realidad del misterio divino. “Cada símbolo tiene una única inteligibilidad, que añade su propio significado al pequeño depósito de sabiduría humana sobre lo divino.” (Idem, 159) En otros términos, hace de correctivo a cualquier pretensión de absolutizar o monopolizar el nombre de Dios.

 

Sin embargo, como los símbolos femeninos están insertos en un contexto patriarcal, no pueden ser asumidos sin que antes hayan pasado por una revisión exhaustiva de los principios críticos feministas. “De otro modo, lo que resulta sin más es una visión de los símbolos femeninos como ‘complementarios’ de los generados por la experiencia masculina, visión que desemboca en la consideración de los símbolos femeninos como suplementarios, subordinados y estereotipados dentro de un marco dualista”. (Idem, 141) En cambio, cuando dichas imágenes han pasado por esta hermenéutica de género se hace más factible la práctica liberadora de una comunidad de discípulos y discípulas en relación de reciprocidad. Situación que, a su vez, podrá generar un lenguaje que incluya la experiencia de las mujeres, se entrelace con la riqueza de antiguos símbolos y permita construir un discurso y símbolos más emancipadores sobre Dios. ¡Es justicia!

 

 

 

 

 

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Comentarios: 6
  • #1

    Nancy Olaya (miércoles, 04 abril 2012 12:13)

    Teresa, que bueno volver a leerte!!! Haciéndolo conecté con uno de mis artículos sobre la forma como teresa nombra a Dios. Lo hace desde su experiencia de mujer y resulta muy reconfortante darse cuenta que se sitúa en una perspectiva muy diferente a la patriarcal.

    Su narración sobre Dios es muy existencial e histórica. Para ella Dios es “acción” y se comunica “haciendo”, tal como son y actúan las mujeres: Un Dios fundamentalmente relacional y activo. Un Dios que se unta, toca y se mezcla con el mundo creado, con la humanidad.

    Gracias por tu escrito, me ayudó mucho. Te comparto el escrito hago una pequeña exploración sobre los nombres que Teresa de Jesús coloca a Dios: http://nancyolayamonsalve.jimdo.com/2011/08/15/teresa-de-jes%C3%BAs-narradora-de-un-dios-absolutamente-mayor-e-%C3%ADntimamente-cercano/

  • #2

    Teresa del Pilar (lunes, 09 abril 2012 13:34)

    Hola Nancy! Sí, he estado un poco tironeada con otros quehaceres, pero no del todo alejada de nuestro espacio común.

    Gracias por el artículo que me sugieres, al leerlo entendí perfectamente porqué has conectado con él. Me llamó la atención la sintonía que encontré entre ambos escritos en cuanto al mensaje fundamental, no así en el abordaje. Santa Teresa plantea los temas de un modo más experiencial, y, sin embargo, está al tanto de todo lo que hoy se maneja como novedad en el campo de la teología, de la espiritualidad, etc.

    Te agradezco mucho, pues me ha llevado a valorar aún más a esta mujer pionera en muchos ámbitos. Una mujer siempre eterna y actual. Encarnada en lo más hondo de aquello que permanece. Que habla al hombre y la mujer de todos los tiempos. Contagia vida, pasión, vitalidad, osadía.

    Un abrazo grande.

  • #3

    Nancy Olaya (jueves, 12 abril 2012 14:35)

    En simpatía contigo. Gracias!!!

  • #4

    Teresa del Pilar (jueves, 12 abril 2012 16:34)

    Curiosamente "coincidimos"! El misterio de la coincidencia...
    Santa Teresa es una mujer que "coincide" con todas la épocas...

    Supongo que debes conocer la siguiente canción:

    COINCIDIR

    Soy vecino/a de este mundo por un rato
    Hoy coincide que también tú estás aquí
    Coincidencias tan extrañas de la vida
    Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir.

    Si navego con la mente el universo
    O si quiero a mis ancestros retornar
    Agobiado me detengo y no imagino
    Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir.

    En la noche me entretengo en las estrellas
    Y capturo la que empieza a florecer
    La sostengo entre las manos, mas me alarma
    Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir.

    Si la vida se sostiene por instantes
    Y un instante es el momento de existir
    Si tu vida es otro instante, no comprendo
    Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir

  • #5

    Nancy Olaya (domingo, 22 abril 2012 21:15)

    Y coincidir!!! Interesante... tanto espacio, tantos mundos y coincidir!!!

    Hay un campo energético que hace posible esto. Bueno, se que no me estás entendiendo, ahora estoy con teorías que apoyan lo que llamamos CONSTELACIONES FAMILIARES y me ayudan a entender esto. Gracias por recordarme la canción.

  • #6

    Teresa del Pilar (lunes, 23 abril 2012 15:45)

    Me encanta el tema, he leido mucho sobre el mismo.
    Envíame todo lo que tengas!!