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mar

03

abr

2012

Emancipando el lenguaje sobre Dios

Teresa del Pilar stj

 

                      Un lenguaje emancipador sobre Dios no restringe ni aprisiona el nombre de Dios en conceptos o imágenes unilaterales que pretenden monopolizar y agotar su trascendencia en nombre de supuestas verdades reveladas. Un enfoque liberador sobre la realidad divina es capaz de conjugar la complejidad de variables que se hallan implicadas al intentar nombrar a Dios. Parte de la experiencia, se sitúa en el momento histórico, integra la riqueza de la tradición sobre el tema, realiza una hermenéutica crítica sobre los datos que tiene y está abierto a los desafíos que le presentan los nuevos escenarios y sujetos emergentes.

 

                      “Estar al tanto de los problemas y de las luchas de la gente de una época, de sus sistemas de valores y de sus esperanzas más profundas, proporciona a la teología de más diversos estilos una clave indispensable para dar forma a la investigación, diseñar el círculo hermenéutico, revisar las interpretaciones heredadas y llegar a una comprensión teológica. Por eso, la reflexión feminista no es la única en hacer uso de la experiencia humana como recurso para hacer teología.” (Schüssler, 90)

 

                      Efectivamente, “la crítica feminista al discurso patriarcal está sacando a flote los falsos presupuestos que justifican la insistencia en la exclusividad de los símbolos masculinos, al tiempo que impulsa a un nuevo descubrimiento del misterio sagrado que llamamos Dios.” (Idem, 153). En este sentido, la toma de conciencia de las mujeres de su propia dignidad humana puede ser entendida como una nueva experiencia de Dios. El lúcido y progresivo despertar de este sujeto emergente es el acontecer de un hecho que va permitiendo crear nuevos perfiles de un lenguaje más integrador sobre el misterio de Dios.

 

                      Dada la valoración negativa de las mujeres en la sociedad patriarcal, es necesario un proceso de transformación que lleve a dejar de lado la denigración de las que han sido objeto a lo largo de la historia. Es preciso reconocerlas como personas dignas de consideración y como auténtico don, no sólo por lo que hacen, sino, fundamentalmente, por lo que son. En otras palabras, hace falta conversión en el modo de concebirlas. Sin embargo, la conversión no sólo ha de apuntar a un cambio de valoración positiva hacia ellas, sino en el modo mismo de entender la palabra conversión en relación a las mismas.

 

                      A este respecto, la teología clásica apunta típicamente al proceso de desprendimiento o debilitación del propio ego. No obstante, lo cierto es que este discurso es pertinente, y hasta necesario, para un varón con poder, cuya tentación primordial es la del pecado de orgullo, que busca autoafirmarse frente a los demás. Pero el caso de la mujer es absolutamente diferente. Ellas, en las instituciones, sobre todo en las iglesias, se hallan relegadas en los márgenes de lo verdaderamente importante y excluidas del ejercicio del poder y de las instancias donde se toman las decisiones más relevantes. “Para tales personas, el lenguaje de la conversión como desprendimiento del yo, como alejamiento del amor sui, funciona como instrumento ideológico para arrebatarles el poder, manteniéndolas en una posición subordinada en beneficio de quienes gobiernan.” (Idem, 93-94). En este caso, del marginal poder que tienen. De ahí que, se trata del máximo despojo imaginable, lo cual frena e impide una auténtica experiencia de Dios en las mujeres.

 

                      “El desarrollo del yo personal constituye también el desarrollo de la experiencia de Dios; la pérdida de la autoidentidad implica también una pérdida de la experiencia de Dios. Se trata de dos facetas de una y la misma historia de experiencia.” (Idem, 95) Es oportuno que recordar que la persona, también la mujer, es una unidad; lo que sucede con ella, en cualquiera de las dimensiones, tiene un impacto en todo su ser. En consecuencia, un yo psicológico fortalecido facilita una experiencia espiritual auténticamente humana y armónica. Encontrarse con nuevas experiencias espirituales articuladas desemboca, sin duda alguna, en un nuevo lenguaje sobre Dios. La legitimidad de los símbolos femeninos se comprende, entonces, desde esta perspectiva experiencial de integración y liberación de las mujeres. Si la mujer es tan imagen de Dios, como el varón, por qué éste ha de ostentar la prerrogativa y exclusividad del nombre divino: padre, rey, juez, etc.

 

                      “A partir del encuentro de las mujeres con el misterio sagrado de su propio yo como objeto de bendición, el lenguaje proporcionado sobre el misterio sagrado a través de metáforas y símbolos femeninos resulta gratificante, convincente y necesario.” (Idem, 96). La presencia de símbolos femeninos expresa que también la mujer, al igual que el varón, es honrosa imagen de Dios. Cuanto más variadas y ricas sean estas imágenes, habrá más posibilidades de mostrar las innumerables aristas de su misterio divino. Enunciar a Dios sólo de modo conceptual empobrece su polifacético rostro, pues el concepto pretende capturar y cristalizar la realidad; en cambio, las imágenes o analogías, al ser más dinámicas, sugieren realidades complejas y abiertas. Son capaces también de acoger como gracia los cambios que van emergiendo. En otras palabras, tienen menos posibilidades de ser dogmáticas. De ahí que la analogía siempre ha de ir junto al concepto. Éste sólo impacta de modo directo el intelecto, mientras que la analogía no se remite únicamente a lo claro y distinto, sino a aquello que se mueve en la línea de lo oscuro, de lo vulnerable, de lo frágil, de lo entrañable: de los afectos. Área donde el ser humano realmente se la juega. “La introducción de símbolos femeninos pone claramente de manifiesto que la analogía tiene todavía una función que cumplir: purificar el lenguaje sobre Dios de su directo literalismo masculino, aunque no sea intencionado.” (Idem, 158)

 

            De este modo, con la presencia de la analogía, estamos introduciéndonos en el misterio humano que nos habla de enigma, de complejidad, de trascendencia, de incertidumbre… Otear al ser humano es introducirse en las entrañas mismas de lo divino. La visión y los nombres que le damos a Dios van ensanchándose no solamente en la línea masculina, sino en la profundidad de la realidad misma. Estamos permitiendo a este ser tan cercano y lejano, como es Dios, expresarse con la mayor libertad y amplitud posibles. Vamos dejando a Dios la posibilidad de ser Dios y de ser nombrado con los más ricos matices. “El lenguaje puede ser liberado y orientado a la altura y la profundidad, la longitud y la anchura del Dios inaprehensible”. (Idem, 153). Esta es una misión apasionante que nos compete a todas y a todos. Liberar el lenguaje sobre los nombres de Dios revela que la experiencia va en esta línea; y si no, que al menos, se está en la búsqueda de construir y estructurar una realidad más incluyente, más justa, más humana, más fiel a lo que es.

 

Así pues, la analogía funciona como un instrumento que permite a las mujeres ensayar un lenguaje emancipador, en fidelidad al misterio de Dios y su propio misterio femenino de bondad, que participa de esa Bondad con mayúsculas. Las imágenes y conceptos femeninos, masculinos, cósmicos, etc. ofrecen sólo fragmentos, destellos de belleza, bondad y verdad divina. Pero ninguno de esos aspectos, ni siquiera todos juntos, puede agotar la realidad del misterio divino. “Cada símbolo tiene una única inteligibilidad, que añade su propio significado al pequeño depósito de sabiduría humana sobre lo divino.” (Idem, 159) En otros términos, hace de correctivo a cualquier pretensión de absolutizar o monopolizar el nombre de Dios.

 

Sin embargo, como los símbolos femeninos están insertos en un contexto patriarcal, no pueden ser asumidos sin que antes hayan pasado por una revisión exhaustiva de los principios críticos feministas. “De otro modo, lo que resulta sin más es una visión de los símbolos femeninos como ‘complementarios’ de los generados por la experiencia masculina, visión que desemboca en la consideración de los símbolos femeninos como suplementarios, subordinados y estereotipados dentro de un marco dualista”. (Idem, 141) En cambio, cuando dichas imágenes han pasado por esta hermenéutica de género se hace más factible la práctica liberadora de una comunidad de discípulos y discípulas en relación de reciprocidad. Situación que, a su vez, podrá generar un lenguaje que incluya la experiencia de las mujeres, se entrelace con la riqueza de antiguos símbolos y permita construir un discurso y símbolos más emancipadores sobre Dios. ¡Es justicia!

 

 

 

 

 

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sáb

24

sep

2011

CONVERTIRME Y MORAR EN MI MISMA... (Segunda Parte)

Me uno nuevamente en este sendero de experiencias y reflexiones. Este capitulo me conecta con situaciones particulares de mi vida, que como puedo ver, a través de escritos, ocurre también con cada una de ustedes.

 

Recientemente mis búsquedas personales me han llevado a provocar el descenso al interior de mi misma, lo cual tiene que ver particularmente en mi caso con la paradoja que vivimos en el mundo actual: cada vez es necesario producir más en el mundo externo, aunque creamos menos en el mundo interno, ganamos más tiempo y espacio a nuestro alrededor, pero tenemos que admitir que estamos perdiendo la habilidad de lidiar con nuestro tiempo y espacio interno. La habilidad de mantener una postura holística e integradora de nosotras mismas y nuestras experiencias es un desafío en cada momento de nuestra vida. Desde este lugar, dos expresiones desarrolladas por la autora provocan resonancia en mi. Por un lado:  “Convertirse es afirmar la fortaleza, la dotación y la responsabilidad propias… la llamada a la existencia de muchos yo suprimidos”…, y  “El espíritu de Dios como símbolo femenino Shekinah, que significa “morada” o  “el que mora”.

 

Cuando al autora expresa el sentido de convertirse nos hace una invitación a conocer nuestra la fuerza, nuestros recursos y nuestras responsabilidades, en sus palabras “a conectarse con el poder que esta en nosotras”. Pero, Cómo ocurre esa conexión, en nuestra vida concreta?, es decir, Cuál es el significado detrás de las palabras?. Qué tan conectadas nos sentimos con nosotras mismas?, Cómo anda nuestra sintonía propia cuando:  sentimos que todo se derrumba?, que nuestras más sólidas creencias se quedan sin piso?, que estamos atascadas? En las situaciones difíciles qué significa llamar a la existencia a los yo suprimidos? Cuáles son esos “yo suprimidos”. En la diversidad de nuestra experiencia, qué creemos, sentimos y vivimos las mujeres como conexión con el poder interior?.

 

La preguntas son ejercicios de simple curiosidad, de querer investigar, de ir en pos de nuestra propia sabiduría, de detenerse a observarnos, mirando con honestidad lo que somos, pero sobre todo, como los dicen varias tradiciones, haciéndolo con amor incondicional. Creo que muchas veces podemos saber cosas intelectualmente, pero no necesariamente estos saberes están integrados a nuestra vida, al menos este ha sido mi descubrimiento recientemente, el cual,  por cierto ha sido revelador e inspirador en la construcción de una forma distinta de relacionarme conmigo misma. Convertirnos a nosotras mismas, es regalarnos el tiempo para conocernos, para encontrar el propio ritmo interno y seguirlo. Convertirse es una acción de compromiso permanente para ir al encuentro con nosotras mismas, sabiendo que la invitación constante es ir hacia fuera, es descentrarnos. Convertirnos es estar disponibles para nosotras mismas, aceptando aquellos aspectos que nos resultan poco agradables y que tendemos a evadir cuando aparecen así como aceptar aquellos aspectos que consideramos motivo de orgullo. Como lo expresa la autora “El encuentro silencioso no verbal con el misterio infinito constituye la condición que posibilita  cualquier experiencia de uno mismo lo cual se conecta con mi experiencia de Dios…, En y a través de la experiencia de conversión de las mujeres sus múltiples formulaciones posibilitan nuevos lenguajes de Dios”

 

Creo que para nosotras las mujeres no es tan fácil llamar a la existencia a los “yo suprimidos”. Primero, porque muchas veces están tan suprimidos que son completamente ajenos a nosotras mismas, por eso, es necesario reconciliarse con ellos, ser sus amigas, sus aliadas.  Segundo, creo que de algún modo los protegemos, por temor a que sean lastimados, como lo fueron en el pasado, por eso en su lugar exponemos abiertamente los “yo deberías” o los “yo condicionados”, que se sustentan en la fértil carrera loca de nuestro mundo moderno. Aquí la tarea nuevamente es ir a su encuentro, para dejarlos ser frente al diario mandato de mantenerlos cubiertos. 

 

La segunda expresión Shekinah como “la que mora” me remite nuevamente al interior de nosotras mismas, morar no es otra cosa que tomar tiempo y espacio para estar aquí y ahora, por eso creo que la presencia de la Diosa sabiduría esta justamente aquí y ahora con cada una de nosotras, y esa presencia se hace real en nuestra diversidad, en nuestras cercanías, en nuestros miedos y resistencias. Aunque muchas situaciones nos tienten a huir de nosotras mismas, a huir de la presencia de la Diosa Sabiduría en nosotras, podemos retomar el camino cuantas veces sea necesario, creo que hay momentos donde no podemos mentirnos, ni contarnos historias. Shekinah nos invita a sumergirnos en la profundidad de nosotras mismas, para pasar a través de sombras, para sumergirnos en nuestra propia experiencia de reconocer que es lo que requiere morir en nosotras y a la vez descubrir lo que no muere.    

 

Termino con unas palabras de Maureen Murdock: “cuando una mujer se toma el tiempo necesario para examinar su vida y deja de hacer cosas, puede empezar a aprender el arte de limitarse a sentirse a gusto consigo misma. Aprender a ser en lugar de hacer no es un lujo, es una disciplina.” Yo diría es el arte de convertirme en mi misma, de morar en mi misma y de esta manera permitir que la fuerza del espíritu de la Diosa sabiduría sencillamente fluya…    

 

Un abrazo para cada una

 

 Blanca Camacho Sandoval

 

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sáb

10

sep

2011

Hablar de Dios desde la historia del mundo (Tercera Parte)

Ya me parece sugerente el título de este nuevo apartado de nuestra lectura; pues nos permite así tomar conciencia del nexo de unión invisible y al mismo tiempo evidente entre Dios* y su criatura. 

La historia del mundo, en definitiva, y de todo lo creado, es o puede llegar a interpretarse como evidente presencia de lo trascendente en nosotros/as. Aunque como dice la autora, “se acerca y pasa de largo” y añade: “si nos preguntamos más en concreto por los momentos mediadores del Espíritu de Dios, potencialmente puede servir de mediación toda experiencia, el mundo entero”. 


Y es “este vasto horizonte de la experiencia histórica dónde encuentra su origen y su hogar el lenguaje sobre el Espíritu de Dios”. Esto perfectamente se puede aplicar a la experiencia histórica personal. En un ejercicio de síntesis y de búsqueda de sentido a mi espiritualidad y a mi nueva vida iniciada desde una dolorosa ruptura. Soy consciente de esta presencia de la trascendencia, en mi cotidianidad y como analizando esos momentos claves de una historia personal con mis miedos, mis dudas, mis ilusiones, mis sueños, mis decisiones…lo veo cercano y presente. Todo ello fundamentado, como no podía ser de otro modo en una confianza ciega en Aquel que nos conduce. Y si me es posible leer su presencia en mi vida, con tanta nitidez, de la misma forma que está en las historias personales de todos los seres humanos, independientemente del nombre que queramos darle a esta trascendencia, o acepten o no su presencia. No me va a costar nada por tanto, identificar esa presencia divina en la historia de toda la Humanidad. 


Como dice la autora, “experiencia mediada del Espíritu en los macrosistemas que estructuran a los seres humanos como grupos”. En este sentido, actualmente entré en contradicción al leer estas páginas. Somos conscientes que los sistemas que  nos gobiernan, que estructuran nuestras formas de vida y de pensamiento están a unos niveles muy superiores a los sistemas de gobierno locales o nacionales. Son unos hilos invisibles que manipulan y dirigen la Humanidad, sin que los seres humanos “de a pie” podamos casi darnos cuenta o evitarlo. Y desde luego no quiero pensar que dios* esté presente en estas estructuras que alinean a la persona y no la dejan crecer desde la libertad y la autonomía, sino relegadas a los intereses de poder económico. ¿En qué estructuras entonces creemos que está presente esta trascendencia?   


Pienso más bien que es la experiencia de las personas, esa experiencia intransferible e interna la que nos permite darnos cuenta de su Presencia cercana junto a nosotros.  Esa presencia en nuestra individualidad, además se comparte, se entiende, se convierte en experiencia similar y comunitaria, y quizás extendida a fronteras, países y culturas. En ese poder sí que creo firmemente. Pero claro, se trata de otro tipo de estructuras, de otra modalidad de redes de conexión entre los seres humanos, y que de alguna forma no hace sentirnos unidos/as en Algo.


Destaco esta afirmación de la autora cuando dice que “el Espíritu es la forma principal y más íntima de experimentar a Dios”, a pesar de que en muchas ocasiones desde los entornos teológicos, se le haya relegado a posiciones de privilegio inferiores. Quizás porque así haya interesado al sistema patriarcal y androcéntrico que ha dirigido tantas estructuras humanas de todos los tiempos. Y prosigue la autora “lo más desconcertante del olvido del Espíritu es que lo minusvalorado es ni más ni menos que el  misterio del compromiso personal de Dios con el mundo en su historia de amor y desastres…nada menos que la presencia fortalecida de Dios…una presencia que exige una praxis de vida y libertad…Olvidarse del Espíritu es ignorar el misterio de un Dios más cercano a nosotros que nosotros mismos”.


Creo que desde la nueva fe renaciente en los creyentes de base, que cuestionando las estructuras ansían “volver a las fuentes”, hace posible ir dejando lugar privilegiado a esa Ruah que constantemente nos interpela. Nos sabemos que quiere de nosotros, hacia dónde dirige nuestros pasos, hacia qué meta. Sin embargo, no podemos evitar sentir “su permanente (y en ocasiones incómodo) susurro”  en nuestros oídos y en nuestras entrañas que nos remueve a creer, confiar, continuar, hacia dónde desee conducirnos.


En la lectura de este apartado, vuelve a hacerse mención al nombre de Dios. En concreto a la esencia masculina de la figura de Jesús, que se ha justificado desde la teología patriarcal para excluir a las mujeres de muchos lugares de misión y apostolado, pues no compartimos esa naturaleza biológica de varón-sacerdote-apóstol.


Afortunadamente muchas de nosotras, desde luego con el juicio alterado al permanecer aquí dentro dando pequeñitos pasos y grandes derrotas; y a pesar de todo, seguimos creyendo que es necesario dar ese paso en la identificación con el Jesús histórico.

 

Personalmente no me afecta que Cristo sea varón, para sentirme seguidora suya. NO voy a entrar en el juicio de la redención, que es una cuestión compleja para una “aprendiz de teóloga”. Pero su vida, su mensaje, su ejemplo, siempre han constituido un referente de fe para mí. Me alienta a imitarle desde mi limitada humanidad, siempre dispuesta a equivocarse. Y me incita a seguir sus pasado desde donde mi cotidianidad me permita, a pesar de ser consciente también de cómo terminan sus días personas con este itinerario cuestionadores de las estructuras establecidas. Estructuras aparentemente sólidas, aferradas al orden previsto y capaces de deshacerse de los elementos discordantes, sin ningún escrúpulo.


El siglo actual en relación a esto, no ha cambiado demasiado respecto a hace dos mil años. Y elimina de múltiples formas a este tipo de “alborotadores” de la estructura, “en beneficio –parece ser- del resto de la colectividad” y por supuesto, en aras del mantenimientos de las posiciones de poder y dominio. Esta eliminación puede ser física o centrada en la minusvaloración social del resto, consiguiendo el aislamiento o la desacreditación de sus voces. Esto lo tengo más cerca, desgraciadamente.


Me vienen a la memoria en estos momentos, estos movimientos sociales resurgentes, en algunas ciudades de europa, “indignad@s” con el sistema de gobierno y que se dejaron escuchar armando jaleo suficiente, pero que desde los medios de comunicación y los tentáculos del sistema se han encargado de silenciar. De lo que se no se habla en los medios, prácticamente no existe. Y asi, son silenciadas de nuevo, las voces molestas. ¡Es tan fácil silenciar en nombre de la estabilidad…!


No me he perdido de la idea original de este fragmento. No penséis que me dio un brote psicótico. En absoluto, y cada vez tengo más claro, que cuanto más estudio o reflexiono sobre temas teológicos como éstos, más me arden las manos para la acción  y la misión. Esa pastoral misionera desde la teología feminista, y que aún no constituye una línea seria de formación en ningún sitio. Nuestra historia de fe, impregnada como decimos de esta presencia del Espíritu requiere ahora más que nunca, acción-denuncia-grito. Aunque moleste lo que se diga.   


Por otra parte, querría destacar el último capítulo sobre la Madre-Sophia en su exaltación de lo femenino, a la vez que se explica su subordinación a lo largo de todos estos siglos, por la misma razón de la que hablábamos más arriba: la justificación de la estabilidad y del orden impuesto. Y en palabras de la autora, por ejemplo: “la decisión de crear un sacerdocio jerárquico integrado sólo por hombres exigía una imágenes de Dios exclusivamente masculinas”


Todo ello legitimado además por autores y líneas de pensamiento que refuerzan aún más si cabe, con un lenguaje engañoso de falsa sublimación de lo femenino, la subordinación de las mujeres. Me apena y me molesta soberanamente darme cuenta de que autores y maestros que he estudiado en la universidad, como padres y referentes de las disciplinas psicológicas, como Freud o Jung, reconozcan sin tapujos su concepto de subordinación de lo femenino y hayan elaborado sus postulados terapéuticos en base a estos fundamentos teóricos.


Y aunque de muchas formas posibles y sublimando la maternidad femenina como un rasgo que enriquece y a la vez domina a las mujeres, comparto con la autora, su afirmación cuando habla de “la idealización romántica de la maternidad” y como ésta “ha perdido su poder de convicción, dada la experiencia que tienen las mujeres de su propia dignidad”. Y añade un poco más adelante, “hay algo más en el ser mujer que en ser madre”, aunque la maternidad  sea uno de los  fenómeno biológicos y psicoemocionales más significativos por los que pueda pasar una mujer. Porque podríamos preguntarnos entonces ¿y el resto de las mujeres del mundo, que bien por circunstancias externas o bien por libre decisión, nunca experimentarán la maternidad? ¿Deben ser por ello, consideradas mujeres de segunda categoría? Aunque esta cuestión suene demasiado brusca, no hablo desde la teoría, y son muchos círculos y entornos sociales y culturales en los que las mujeres empiezan a ser consideradas como tales, desde el momento y hora en el que dan a luz por primera vez. Es como si a partir de ese instante, su voz comenzara a tener peso en la comunidad.


No es tan sencillo modificar desde la raíz, todos estos principios y prejuicios que constituyen las bases de nuestro pensamiento por generaciones. Aún así, la autora se esmera en culminar estos capítulos bajo el título de “el alumbramiento materno del universo”.


“La santa sabiduría – dice- es la madre del universo, la fuente viva sin origen de todo cuanto existe”. Es cierto que para todas las mujeres, aunque no hayamos experimentado la maternidad en nuestra propia piel, siempre hemos tenido referentes de madres a nuestro alrededor, comenzando por nuestra propia madre biológica, por ejemplo. Y estos vínculos de vida, protección, cuidado, guía, referente…de madres e hij@s no nos resultan contradictorios de aplicar a los vínculos establecidos entre dios y sus criaturas. En este sentido, pienso que las mujeres podemos comprender y aceptar sin bloqueos ni contradicciones, esta identidad también femenina de la trascendencia.


La autora termina el capítulo con una magnifica síntesis de evolución desde el Espíritu-Sophia, pasando por el Cristo-Sophia y llegando a la Madre-Sophia, que no es otra cosa que un modelo trinitario de la experiencia de Dios con el que introducirá el capitulo siguiente.


En este caso, la lectura de esta apartado ha sido un curioso y profundo ejercicio de reflexión y andadura teológico con el que he disfrutado.        

 

Maria José Rosillo

 

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mié

24

ago

2011

Cuando la Imagen de Dios se concibe desde la experiencia humana de las mujeres

La experiencia es la manera cómo hacemos presente dentro de nosotras el mundo y lo que pasa en él, pero es también la manera como nos hacemos presentes en el mundo. En un nivel más amplio, es la forma específica de interpretar, aunque dentro de una cultura y con los condicionamientos de ésta, toda la realidad (Boff, Gracia y experiencia humana, 57). En el plano existencial, quienes hemos experimentado, terminamos afrontando la vida, con los peligros que ello comporta y los desafíos. Este proceso nos ha supuesto seguramente ensayar, equivocarnos, vencer dificultades, intentar, comenzar otra vez. Por tanto, sólo quien ha “experimentado” es capaz de entender lo que una “experiencia de vida” implica. La gente dice “nadie sabe la sed con la que bebe la otra”. El caso es que de esta manera la experiencia lleva al conocimiento, la experiencia de vida te hace conocer, y la experiencia de Dios te hace conocerle a Él.

A lo mejor no tenemos definiciones ni discursos sistemáticos sobre el dolor, la alegría, el sufrimiento, la felicidad, pero si los hemos experimentado sabemos “qué son”; y plantearnos estas preguntas tampoco es gratis, es algo que se da en cada una/o porque tenemos una capacidad de abrirnos a lo trascendente. También suele ocurrir que tenemos una concepción o idea sobre alguna de estas realidades, pero sólo al narrarlas, esa “idea” parece cobrar vida y sentido. Es pues, muy grave, cuando no conjugamos las ideas que nos transmiten desde fuera con la propia narración atravesada por la experiencia. Porque entonces, realidades y experiencias como la experiencia de Dios, quedan sin consistencia. En palabras de una teóloga que leí alguna vez, quedan “como un conjunto de dogmas bien aprendidos para colgar en un perchero”, pero vacíos de sentido, o en otros casos, se llega a prescindir por completo de ese tipo de ideas o conceptos que derivan en apatía por todo lo que tenga que ver con ellos.

¿Pero Dios cómo tiene que ver con la experiencia de las mujeres? Si es el anciano de barba blanca, pater, que vive en los cielos, creo que muy poca. Pero si se trata del Dios de la revelación, que acontece en la historia, y además en la historia humana de mujeres y hombres, creo que tiene que ver con todas. Es algo tan simple como esto: si creo que Dios es justo, y yo misma soy imagen de Dios, ¿Cómo entiendo en mi misma la justicia? ¿Qué arquetipos están presentes allí? Infortunadamente, la justicia, o Dios justo, se entiende y además se transmite, mayoritariamente bajo un imaginario masculino; pero es tarea de cada una (y cada uno también) identificar la manera como esos atributos se hacen carne, vida, realidad en su propia experiencia, y también desde la perspectiva de la fe, juzgando a la luz de la Escritura, que según E. Johnson, es muy iluminadora sobre todo cuando se cuenta con los textos  en los que se habla de Dios a partir de metáforas que aluden a la experiencia de las mujeres (la justicia de Agar en el Génesis, por ejemplo).

Las metáforas que se usan para hablar de Dios determinan nuestra orientación vital. Dios fundamenta los principios, las opciones, los valores de la persona creyente; por lo tanto el lenguaje de la imagen de Dios expresa la visión de mundo, el ordenamiento y el sentido de la vida, de las relaciones y por supuesto también la imagen de ser humano que se tiene. (E. Johnson, La que es). Las experiencias en las cuales se ha modificado esa cosmovisión, la imagen de ser humano, mi propia imagen, la imagen de Dios, constituyen realidades vitales en las que hay que buscar la manera como acontece Dios, son los lugares de experiencia teológica que cada persona, lo reconozca o no, tiene.

Expresar a Dios, significa en el fondo hablar de la imagen de ser humano que se concibe, y ¿Cuál sería entonces tal imagen de ser humano cuando Dios es concebido como un ser masculino omnisciente, jerarca?, o quizás como una Trinidad descrita únicamente con rasgos masculinos. Estas concepciones terminan teniendo unas consecuencias muy concretas porque si negamos atributos femeninos a Dios, o mejor, si negamos que la experiencia de las mujeres es imagen de Dios, consecuentemente mantenemos una dependencia sicológica de lo masculino; lo masculino en sí mismo se sacraliza como salvífico, en cambio el poder femenino aparece como insuficiente, e inferior.

Una de las metáforas más generalizadas es la del padre, anciano de barba blanca que todo lo ve y lo sabe. Según E. Johnson, “el simbolismo del Dios patriarca funciona para legitimar las estructuras sociales patriarcales en la familia, la sociedad y la iglesia”. Podemos olvidar con frecuencia que todas las expresiones utilizadas para definir a Dios son analogías, y por tanto absolutizar alguna metáfora de Dios como oficial, única, es idolatría, porque en no pocas ocasiones esa imagen le ha cerrado el paso a otras igualmente válidas, e igualmente limitadas. Ninguna expresión masculina sobre Dios es superior a cualquier analogía femenina que intente expresar el Misterio. Se trata entonces, de liberar a Dios de su ancestral cárcel patriarcal (E. Johnson, 160). Imágenes hermosas citadas por la autora son: Dios Sabiduría sagrada (libro de la Sabiduría), Dios Madre (Mt 27, la comparación de la gallina que reúne a sus pollos), Dios como Mujer que amasa el pan (Lc 13, 8), Dios como Mujer que teje (Sal 139, 15) Dios como Mujer que persigue a su amado (Cantar de los cantares), Dios como ave madre escondiendo a su nidada bajo sus alas (Sal 17, 8), Dios como Mujer que busca una moneda y barre la casa (Lc 15, 8-10).

¿Qué es lo concluyente entonces? Que Dios acontece en mi experiencia vital y la tuya, y que por ello, la biografía se convierte en lugar de encuentro con Él/Ella. Que Dios revela nuestra identidad más profunda; pero también que yo misma y las demás personas, somos metáfora de Dios. (“Y creó Dios al ser humano a su imagen y semejanza, a imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó” Gen 1, 27)

Un saludos a todas y todos.

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vie

22

jul

2011

Lenguajes liberadores sobre Dios. "Definir experimentando..."

II Parte del libro LA QUE ES, de Elizabeth A. Johnson


Mientras leía esta segunda parte del libro, tomo conciencia de la trascendencia de este foro. Esto sí que es un misterio hecho vida, un aliento de la Ruah que nos impulsa a hacerlo y a hacerlo en grupo, en la misma línea universal y transformadora del Evangelio de Jesús, cada una desde un lugar distinto del mundo y desde una experiencia de vida diferente.


Un grupo de mujeres, y quizás algún hombre cuerdo que reflexionan junt@s y comparten su experiencia de Dios en una red trascendente, fortalecedora y transformadora. Me emocionó la idea de pensar que el cambio de mentalidades, de corazones y de cosmovisiones todavía puede ser posible. Nosotras sin duda, lo estamos haciendo. Y este sentimiento quería compartirlo con vosotras.


En esta ocasión, me quedo con esta afirmación extraída de la autora sobre la imposibilidad de cercar a Dios bajo ningún concepto conocido (la inaprehensibilidad divina) y sin embargo, cómo la experiencia del ser humano, y en este caso concreto, la experiencia nuestra de las mujeres, nos permite sentir esa trascendencia presente en nuestra cotidianidad.


Quería compartir con vosotras una anécdota que me ha sucedido estos días. Este verano está siendo un poco peculiar para mí, y muy intenso. Alguna de vosotras ya sabéis la razón. Lo cierto es que estoy haciendo coincidir los días de descanso con las semanas inmediatamente anteriores a la sesión de quimioterapia de mi pareja, y poder así disfrutar de algunos días antes del tratamiento que tanto le afectan después. El asunto: Nos habíamos ido a la otra punta del país. Conduciendo yo en esta ocasión casi tres mil kilómetros (algo impensable en otra época de mi vida) y he tenido la ocasión de conocer Asturias y el País Vasco (dos provincias del norte de España situadas a orillas del mar cantábrico y que si tenéis ocasión de visitar no dejéis de hacerlo). Pues bien, aquí he comprendido muchas de las ideas que la autora nos detallaba en su libro en esta ocasión.


Los paisajes del norte, su entorno es muy diferente al que yo estoy acostumbrada en Andalucía (situada al sur de España). Los paisajes hermosísimos, contrastan permanentemente con puertos de montaña verdes intensos, y cuando menos te lo esperas, aparece el mar abierto…y pensé. “Dios no puede reducirse sin duda a toda este belleza…pero tengo la seguridad de que está en ella”, de la misma forma que no puede reducirse a un reto de superación personal, pero no tengo ninguna duda de que también está en ella”. Y que me quedé con esa sensación de paz interior intensa, tan hermosa que no recordaba haberla tenido desde hacia tiempo en mis ratos de oración. Fue como un sentimiento asimilado, certero, pleno de la presencia de Dios en mi dia cotidiano, con todo lo hermoso y doloroso que recoge últimamente. Y lloré, pero de emoción. Por llegar a sentir con tanta intensidad esa paz suya en mi.


Había seleccionado muchas frases para compartir con vosotras en este foro, pero he comenzado a escribir y ha salido esto, así que las iré dejando para unirlas a las partes siguientes. Porque este libro es toda una continuidad. Me lo permitís ¿verdad? Ahora estoy recordando ese apartado referido a los diferentes nombres atribuidos a Dios que la autora relata en el capitulo titulado “Pluralidad de nombres”. Pero me pregunto ¿cuál de ellos le vendría bien para describir mi experiencia de Dios en estos días concretos? ¿Cómo nombrar una experiencia tan intensa, clara y liberadora al mismo tiempo? Coincido con el autor mencionado De Lubac al hablar de nuestra “pobreza de vocabulario” en este sentido.


Y me inclino a pensar que mas que nombrar a Dios, quizás tengamos que Experimentarle-sentirle. De la misma forma que es terriblemente complejo describir un sentimiento, pero no tenemos ninguna duda de su existencia, porque es tan nuestro y tan claro como evidente, pasa con ese sentir a Dios en nosotros. Os amo. Eso también lo tengo claro. Un abrazo sincero desde Sevilla (España).

 

MJ Rosillo.     

 

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lun

27

jun

2011

YO TE NOMBRO...

Hace algunos días una teóloga cuáquera nos comentaba como para ella la realidad de la crucifixión de Jesús le había sido tan ajena, hasta que un día una de sus profesoras llevó una imagen en la que aparecía Crista Crucificada.

 

Para mí ha sido muy interesante acercarme por primera vez a esta autora, me parecen muy útiles y claves sus aportes, especialmente para nosotras las mujeres por la posibilidad de transformar nuestro concepto, imagen, símbolos de Dios, resignificando nuestra relación con la Divinidad, así como también nuestra condición y posición en la sociedad y en nuestras iglesias.

 

En primer lugar quiero compartirles que por los años 90, cuando me acerque a la teología desde su definición más básica, como el estudio de Dios, de las cosas o hechos relacionados con Dios, del conjunto de conocimientos acerca de la divinidad, me pareció un atrevimiento que las humanas y humanos tuviéramos la osadía de haber creado una ciencia ‘dizque para estudiar a Dios’, pero hoy lo entiendo como una necesidad, una posibilidad, un derecho que nos permite entendernos más a nosotras(os) mismas(os), ser más felices, más plenas(os) e indagar por nuestro ser más profundo en relación con lo Trascendente.

 

Sin embargo, como dice Anne E. Carr: “El Dios desconocido y oculto del misterio es un modo definitivo de hablar del Dios que es siempre más de lo que las imágenes humanas… son capaces de sugerir” porque Dios es más lo que no sabemos, que lo que sabemos, Dios es siempre más y nos implica una historia de comprensión sin límites.

 

Además sé que muchas mujeres a lo largo de la historia hemos llegado a un punto en el que hemos dicho: “Quiero un Dios diferente, un Dios que sea Madre. Estoy cansada del Dios Padre legislador, con tiara y anillo. Quiero un Dios que sea energía fecunda portadora de vida.

 

Por esta misma razón, en el año 2008 en el marco del I Encuentro Ecuménico de Mujeres Constructoras de Paz y gracias a una charla de Alicia Winters decidí abandonar el término Señor para referirme a Dios, debo confesarles que no ha sido fácil, en muchas ocasiones se me ha vuelto a salir este término, además en todas las oraciones, salmos, cantos esta.

 

En segundo lugar, encuentro también que realmente no ha existido un lenguaje atemporal sobre Dios, a lo largo de la historia, de nuestras historias personales y colectivas nuestro propio concepto de Dios ha cambiado y podemos afirmar que nunca puede darse por concluido.


El dinamismo y la actitud de búsqueda permanente afortunadamente es el que nos caracteriza a muchas y muchos, aunque algunos y algunas prefieran instalarse en lugares cómodos, en los sillones de la tradición, de la costumbre, en la seguridad de lo ya conocido, de que las cosas son así y punto -porque así nos le enseñaron, nos lo transmitieron, nos lo dijeron- pues desde allí pareciera que la vida les resulta más fácil, pueden manipular y mantener en sus manos el poder.

 

En tercer lugar quiero resaltar una de las preguntas que aparecen en esta primera parte del libro: ¿Cuál es el modo adecuado de hablar de Dios frente a la recuperación de la dignidad y la igualdad humanas de la mujer?, a esto agregaría que no sólo se trata del modo de hablar (aunque soy consciente que este es el punto de partida que desencadena lo demás), sino del modo de vivenciar, de hacer realidad, presente y concreto a Dios en la historia de nuestros pueblos; me parece muy justo que la preocupación de la autora esté relacionada con la recuperación de la dignidad e igualdad de las mujeres, pues considero que hacia allí se deben dirigir todos los esfuerzos que hagamos y de hecho muchas mujeres en otros campos como el de los Derechos Humanos lo están haciendo.

 

En cuarto lugar, reafirmo que el lenguaje que se utilice sobre Dios no se puede separar del pensamiento y acciones con las que busquemos profundizar en la justicia de género, que el cambio lingüístico implica paralelamente un cambio estructural.

 

Desafortunadamente “el lenguaje cristiano sobre Dios que hemos heredado ha evolucionado en un marco que no valora la humanidad única e igual de las mujeres, desposee de bondad y de profundo misterio a la realidad divina” ha sido una pérdida para ambas partes.

 

Este lenguaje terriblemente opresor e idolátrico, que nos ha hecho tanto daño, debemos convertirlo en un lenguaje que sea capaz de resistir y transformar el sufrimiento de quienes se encuentran en las periferias, en las fronteras y en los márgenes.

 

Para terminar decir con la autora que: “es necesario fortalecer a las mujeres en su lucha por hacer históricamente tangible su humanidad, que debemos trabajar sin descanso por el alumbramiento de nuevas formas de relación salvíficas con toda la creación, convertirnos a un nuevo tipo de humanidad, sin sexismo, que nivela la variedad y las particularidades, que crea un modelo inclusivo, entusiasta de la diferencia, circular, feminista.

 

“Tenemos el desafío de romper el frasco para cuestionar y abandonar muchas rutinas e inercias muy instaladas en nuestro imaginario colectivo, a no ceder en el empeño de la transgresión, aunque los vientos eclesiales no lo favorezcan, ir más allá de lo eclesial y políticamente correcto, más allá de los límites heredados de una cosmovisión dualista e interesada de Dios y del mundo” María José Torres Pérez, Apostólicas del Corazón de Jesús.

 

Finalmente les envío con mucho amor esta Bendición escrita por María Helena Céspedes:

 

“Bendita tú, por haber nacido, Bendito sea el fuego, que te dio la Vida.

 

Bendita la luz, que inundó tus ojos.

Bendito sea el canto modulado por tus labios,

Bendito sean los caminos, transitados por tus pasos

Benditos los colores que alegran tus entrañas.

Bendita sea la tierra que acoge tus días.

Bendita toda tu,

porque has sido tocada

por el misterio del Amor.

 

                                                                                                        Rosa Emma Carrión


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mar

21

jun

2011

Recuperar el legado de la experiencia de la Imagen de Dios

Un día una de mis profesoras lanzó la pregunta ¿Te sientes Imagen de Dios? ¿Crees que incluso los varones se sienten Imagen de Dios? Pensé mucho en ello y como ocurre con las preguntas profundas no sacas respuestas fáciles ni absolutas. Pero reflexionaba que es cierto que la Imagen de Dios se ha asociado con algo que hay que lograr, “algún día”, cuando se consiga trascender lo pecaminoso o lo malo. Es decir la realidad de la persona a imagen de Dios se asocia a connotaciones éticas y morales; sin hablar de las dificultades que plantea el que en las primeras catequesis de niñas y niños (yo incluida), las láminas y dibujos mostrasen a un Dios de barba, masculino, todopoderoso, etc.

A lo mejor no fue la intención de mis catequistas, párrocos, etc, pero absoluticé esa imagen, hasta el punto de que sólo apenas comienzo a pensar en Dios con otro tipo de metáforas, y a considerarlas tan válidas y a la vez tan limitadas, como las masculinas. Hablando con muchas personas, mujeres y hombres, sé que no sólo a mi me sucedió así.

Algo que me ayudó de la lectura de esta parte del libro y de otras lecturas que he hecho, es la invitación a reflexionar en Dios, entendiendo que nuestra comprensión de Ella/Él siempre serán imágenes, o metáforas, y para ello es muy útil acudir a experiencias trascendentales y fundantes, dadas en muchos casos en la cotidianidad de la existencia: un viaje, la muerte de alguien, una decisión importante, un encuentro con otras y/u otros, el lanzarse a hacer aquello que pensamos que no era lo nuestro, y a lo mejor allí, justo en ese “espacio y lugar”, estaba la experiencia que nos revelaría un poco más nuestra identidad más profunda. En otras palabras la imagen de Dios se configura acudiendo a la vida de las mujeres (y los varones) como espacio donde acontece y se revela Dios.

Personalmente estoy cansada de identificarme con la experiencia masculina, en muchos ámbitos, especialmente el religioso. Ha habido varones que me ayudaron y me aportaron, pero ahora cuando les intento escuchar de nuevo, encuentro en su mensaje rasgos excluyentes e incluso condescendientes hacia las mujeres. En algunas conferencias espirituales, clases en la universidad y otros espacios, siempre tuve la sensación de que el profesor nos hablaba de una experiencia en parte ajena, que nos era prestada en la medida en que teníamos la inteligencia y la audacia de parecernos a ellos, de ser como ellos, quienes en últimas la habían redactado. En la oración me molesta repetir en tantos salmos la palabra “hombre” como generalización de la experiencia humana, supongo que en esto se necesita la creatividad y la conciencia para decir lo que se quiere decir hoy y desde quien se dice, en mi caso una mujer.

Estos días leí una frase de Madonna Kolbenshlag, una teóloga estupenda quien decía: “mi metáfora sobre Dios es la de una luna con muchas fases que van cambiando a medida que avanzo en el camino”. Definitivamente me siento así, feliz con esta experiencia de reflexión sobre Dios ahora en mi vida y si lo permiten en las vidas de quienes compartimos en este blog; no la cambiaría por nada; Mónica escribió hace poco algo sobre la temporalidad de la Imagen de Dios “seguramente esta actual se romperá de nuevo”, para volverse a construir una nueva, parecida o distinta pero por su gracia, liberadora.

Un saludo a todas y a todos.

Claudia Guzmán

 

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vie

17

jun

2011

Hablar de Dios en la encrucijada de las grandes preocupaciones

Comentario al libro “La que es”: El misterio de Dios en el discurso teológico feminista”. De Elisabeth A. Johnson. Parte I.


Me atrasé en la lectura de esta obra, pero ha merecido la pena llegar al final de la primera parte, y darle coherencia a todas estas aportaciones de la autora. Uno de los objetivos de esta obra, se resume perfectamente en uno de los epígrafes y que habla de “poner en contacto la sabiduría feminista con la sabiduría clásica”, y desde ese intento, se desarrollará el resto de la argumentación. Podría extenderme tanto como lo permiten las continuas reflexiones surgidas de cada idea, pero intentaré destacar las más llamativas. Porque estas páginas dan mucho de sí.


La autora nos hace tomar conciencia de cómo la forma que tenemos de hablar y mencionar a Dios como masculino, va a conllevar que lo masculino, se identifique a lo divino, como nos recuerda la teóloga Mary Daly. Desde esta concepción masculinizada de lo divino, lo femenino, es como si apareciera excluida de la divinidad.


En estas páginas se hace un tratado del “lenguaje sobre Dios”. ¿Cuál es el modo adecuado de hablar de Dios?. Dependiendo de cómo abordemos el asunto, nos estaremos refiriendo al “punto decisivo de referencia para la comprensión de la experiencia humana, de la vida y del mundo…y este lenguaje moldea la identidad de la comunidad y guía su praxis


Llegamos a conocer a ese Dios*, porque en nosotros hay esencia de divinidad, pero no podemos conocerle de otro modo que no sea el humano, porque es lo que somos. Esta es una forma limitada de conocer, pero no debemos además limitar el término aún más, sesgándola al lado masculino de su esencia.


Por otra parte, la autora nos dice que hablar de un Dios benéfico y amoroso que perdona las ofensas “haría que la comunidad de fe se preocupe por el prójimo y por el perdón mutuo”.


A partir de la nueva concepción del Dios/diosa, que siempre se nos olvida contemplar, podríamos incluir en ese sentir de la presencia divina, la experiencia de las mujeres, como seres igualmente semejantes a él/ella, porque formamos parte de su esencia. Y “un lenguaje sobre Dios acuñado exclusivamente en términos masculinos, no apunta a la participación por igual de hombres y mujeres en ámbito de lo divino”… “Las imágenes masculinas permiten a los hombres participar plenamente en él, mientras que las mujeres sólo pueden conseguirlo haciendo abstracciones de su identidad concreta y corporal de mujeres, y su disposición (según palabras de Carol Christ), será la de confiar en el poder masculino”.


Dios entonces es una palabra limitadora que deja a las mujeres apartadas de su posibilidad de conocerlo y experimentarlo.


Recuerdo que esta misma afirmación me chocó cuando comencé mis estudios de teología feminista. Luego mis compañeras me enseñaron a nombrarla como Diosa, y recordar en ella la espiritualidad ancestral que se nos ha perdido por la influencia patriarcal y occidentalizada. Después de siglos de enseñanzas fragmentadas por el tamiz patriarcal, resulta muy difícil o muy extraño a nuestros labios, orar con la diosa, o con la madre/Dios. Es como si nuestros esquemas mentales nos “chirriaran”. Sin embargo, es bueno tomar conciencia de estas limitaciones del lenguaje, que de forma subliminar condicionan nuestros esquemas de conocimiento y de pensamiento. Y al mismo tiempo, volver a nuestras fuentes.


La autora explica más adelante como “la Escritura y la tradición son ambiguos monumentos históricos a la visión que tiene el patriarcado de su propia justicia…y no puede darse por supuesta sin más…


A pesar de todo, siguen siendo fuente de vida para millones de seres humanos.(…)

Por otra parte, (y esto creo que es el pilar que va a conducir esta obra), la experiencia interpretada de las mujeres es tan diversa como mujeres concretas hay,La sensibilidad ante lo diferente es una virtud intelectual acogida por el pensamiento feminista que se resiste a siglos de definición unívoca sobre la naturaleza de la mujer.” Y es precisamente un reto a esta reformulación de Dios, que a su vez nos haga posible una nueva reformulación de nuestros esquemas de pensamiento.


Y así,Mujeres pertenecientes a tradiciones judías y cristianas han ofrecido nuevas lecturas de la tradición. Mujeres de diferente orientación sexual y de distintas relaciones familiares, aclaran el sentido de la fe desde la ventaja de sus propios puntos de vista vitales.”


Quiero destacar esta frase en la que dice que existen “Numerosos modos de hablar de Dios…entre esa sinfonía de voces, a veces claramente discordantes”, pero que deberían convertirse en una visión multicultural de la identidad de lo divino, y que permitiría la convivencia entre los pueblos, con un único Dios de referencia. No tienen desperdicio las palabras de la autora cuando nos recuerda el mal uso que se ha hecho de la palabra “Dios” y las barbaridades contra la humanidad y contra las mujeres en particular, en su nombre. “Ese simbolismo de dios, rey, masculino, señor, dominante…refuerza las estructuras patriarcales”. Y estas estructuras consiguen mantenerse durante siglos. La autora habla de “escotosis” para referirse a esa cerrazón de mente ante una sabiduría que cree innecesaria, pero que en el fondo lo que anuncia es miedo al conocimiento y al avance. O el término “escotoma”, como la ceguera resultante que dificulta el pensamiento posterior o la apertura de miras.


En este sentido, continua la autora diciendo que “Cualquier grupo particular puede padecer una pizca de ceguera… Tal prejuicio grupal tiende decididamente a excluir algunas ideas provechosas y mutilar otras por compromiso. La escotosis se produce cuando el interés por el grupo se sitúa por encima de la inteligencia. Cuando los seres humanos son violados, humillados, desprovistos de dignidad, la gloria de Dios queda empañada y deshonrada. Una comunidad de justicia y paz y la gloria de Dios crecen en proporción directa.” Algunas criaturas son degradadas en nombre de una visión distorsionada de la voluntad divina.


Pero es rotunda la autora al afirmar que “La gloria de dios es la mujer, todas las mujeres, cada mujer de cualquier lugar, plenamente vivas. Cuando las mujeres son violadas, humilladas y desprovistas de dignidad…la gloria de Dios queda empañada.”(…) “La teología elaborada desde esta nueva perspectiva de la mujer, apremia a una dura crítica del lenguaje tradicional sobre Dios, porque excluye las experiencias de las mujeres, así como la posibilidad de que todas nosotras podamos identificarnos con un dios dominador, explotador, masculino y defensor de estructuras patriarcales, cuando tenemos la seguridad de que el discurso sobre Dios, va mucho más allá de esta limitación lingüística.”


Tenemos que hablar de “crisis de reformulación”, y este término es lo bastante contundente como para darse cuenta de lo que supone reflexionar, aunar criterios y volver a definir.


¿Y cómo percibimos y conocemos a Dios? “La realidad divina no puede ser captada en conceptos e imágenes; pero al mismo tiempo Dios es personal. A veces es preferible hablar de Dios con símbolos personales. Pensamos a través de imágenes y hasta los conceptos de raíz más abstracta llevan restos de imágenes originales que le dan vida.”

La teología universal, el mundo en general, no puede seguir descartando la experiencia religiosa de las mujeres, con lo ello supone de cambio de esquemas y estructuras aparentemente inamovibles. “La experiencia religiosa de las mujeres es una fuerza generadora de estos símbolos. La mujer se convierte así en un nuevo canal para hablar de dios…hablar del misterio divino con símbolos femeninos para demostrar su capacidad de transmitir la presencia y el poder divinos. El discurso emancipador cristiano feminista pretende fortalecer a las mujeres en su lucha por hacer históricamente tangible su propia humanidad como imago Dei. Este esfuerzo por renovar el lenguaje sobre Dios es vital para la iglesia y para el mundo”.


El resurgir de la mujer, como título del siguiente epígrafe del libro nos anuncia un enfoque liberador para nosotras.

 

María José Rosillo

 

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lun

06

jun

2011

EL LENGUAJE NO ES INOCENTE

El lenguaje no es inocente y condiciona no sólo un modo de comunicación, sino que, ante todo, es fruto de una cosmovisión, de una manera de situarse ante las cosas. Es más, la lengua nos conduce a estar de un modo determinado en la realidad. “Dado que el lenguaje no sólo expresa el mundo, sino que ayuda a darle forma y a crearlo, aprender a hablar una lengua en la que la hembra es sometida al macho gramaticalmente comunica a las chicas desde el principio la experiencia de un mundo en el que lo masculino es la norma de la que aparta su propio yo.” (Schüssler, 48)

Lo que no se nombra no existe. Esto, trasladado al género, implica que la no representación simbólica de las mujeres en la lengua, contribuye no sólo a su invisibilización, sino a su efectiva discriminación en los distintos ámbitos de la vida. De ahí la necesidad de un lenguaje que represente a mujeres y hombres de modo equitativo. El lenguaje sexista, el que hemos aprendido, contribuye a la perpetuación del patriarcado. Desenmascarar esta realidad y reemplazarla por una lengua que nos represente y nos nombre, ayudará a cambiar dicha realidad.

El lenguaje, como obra patriarcal, lleva las huellas de su autor: el hombre (varón), canon y medida de todas las cosas. La variedad lingüística femenina siempre se ha considerado como una desviación de “la” norma, y no es mera casualidad que las formas lingüísticas de la lengua se correspondan con una realidad en la que las mujeres ocupan un lugar subordinado, con roles previamente adjudicados, según una supuesta “esencia”.

Pensamos, hablamos y vivimos conforme a un paradigma estructural androcéntrico. Es el momento histórico de revisar con mayor sentido crítico y lucidez cada una de estas instancias, pero sobre todo la de nuestro lenguaje sobre Dios. Descubriremos hasta qué punto estamos condicionados/as por un marco teórico firmemente arraigado en el imaginario colectivo, cuyas prácticas son nefastas. Dicho lenguaje patriarcal impregna todos los ámbitos de la vida, lo cual significa que nuestro hablar sobre Dios no está exento de esta perspectiva. Si bien el uso del lenguaje inclusivo, a pesar de las resistencias, se va implementando cada vez más, el lenguaje cristiano sobre Dios todavía permanece reacio a incluir la realidad de las mujeres.

“El lenguaje cristiano sobre Dios que hemos heredado ha evolucionado en un marco que no valora la humanidad única e igual de las mujeres y que lleva los estigmas de tal parcialidad y dominio. Este lenguaje soporta ahora una serie de ataques, tanto por su complicidad con la opresión humana cuanto por su capacidad de desposeer de bondad y de profundo misterio a la realidad divina. (Schüssler, 33).

De ahí que en un contexto histórico, donde la cuestión de género es un tema emergente, es oportuno preguntarse: ¿cuál es el modo adecuado de hablar de Dios frente a la búsqueda de recuperación de la dignidad y la igualdad humanas de la mujer? Se trata de una cuestión crucial. Lo que está juego es la verdad sobre Dios, inseparable de la situación de los seres humanos y su dinámica en el mundo de hoy, en diálogo con la más sana tradición de las comunidades de fe.

“El lenguaje sobre Dios en términos exclusivos y literales de la patriarquía es un instrumento capaz de acomodar sutilmente la realidad, y que actúa para debilitar el sentido de la dignidad, el poder y la autoestima de las mujeres.” (Schüssler, 62). “Lo que necesita ser hecho añicos según la crítica teológica feminista es el yugo que supone el lenguaje religioso del Dios-él. Las imágenes y la conceptualización normativas de Dios siguiendo exclusivamente el modelo de los hombres con poder equivalen teológicamente a un ídolo, a una representación finita e impuesta y adorada como si fuera la plenitud de la realidad divina. Lo que se viola al mismo tiempo es la limitación de la creatura y el insondable misterio del Dios vivo”. (Schüssler, 62).

Efectivamente, este lenguaje excluyente que nombra a Dios de modo unilateralmente masculino conlleva rasgos de opresión e idolatría, porque pretende justificar las estructuras sociales de dominio-subordinación, opuestas a la genuina e igual dignidad humana de las mujeres, al mismo tiempo que limita el misterio de Dios. En otras palabras, intentar reducir la grandeza de Dios al monopolizante símbolo masculino, es un acto de idolatría porque convierte al varón en el dios a ser adorado. Este dios varonil quiere erigirse en la única representación válida para hablar de Dios, así también, aspira a concentrar en sí mimo la dignidad de toda persona humana, independientemente del género. Y esta prerrogativa se traslada a todos los estratos de la vida. En definitiva, el hombre pasa a ser el dios por excelencia.

Lo más curioso es que nombrando a Dios como: padre, señor, rey, soberano, etc. las homilías y pláticas “espirituales” se llenan de denuncias contra diferentes tipos de idolatrías. Pero no hay un atisbo de conciencia de que la postura existencial básica desde la cual se acusa es precisamente la misma en que se incurre. En este sentido, las palabras textuales de un sacerdote durante una eucaristía repleta de fieles fueron las siguientes: “el feminismo es cosa del diablo.” Lo rescatable de este hecho, aunque grotesco, es que al menos se verbaliza lo que se piensa. En cambio, lo deplorable es aquella situación que tras una fachada de amabilidad y espíritu amplio, se nombra, ensalza y mistifica el nombre de María, y en ella a todas las mujeres. Se piensa que, de este modo, las mismas quedan suficientemente incluidas. Ya no tienen derecho a reclamar absolutamente nada. Es el máximo acto de justicia para con ellas. Es todo lo que se merecen.

Ahora bien, dado que las visiones están empapadas de idolatría masculina: ¿cómo hablar de Dios incluyendo la experiencia de las mujeres? ¿Cómo nombrar y simbolizar a Dios de modo que la experiencia (de Dios), de las mujeres, quede suficientemente reflejada? Las mujeres, en las iglesias, no tenemos suficiente autoridad para nombrar a Dios en los “estrados” oficiales. Sólo lo tienen algunos varones con “poder”. Si lo hacemos, nuestro espacio es la periferia, detrás de los telones. Sin embargo, no podemos renunciar al que tenemos mientras vamos luchando por lo que debemos, por lo que en justicia nos corresponde.

De ahí que los nombres que le demos a Dios siempre irán marcados no sólo por nuestra identidad dinámica de mujeres, sino por nuestra realidad existencial concreta: experiencia de marginalidad, de dolor esperanzado, de resistencia activa, de sub-versión, de rebeldía digna, de misericordia crítica…

Lo cierto es que, por ahora, la infinita riqueza de Dios queda opacada por el monopolio de los nombres masculinos y de los atributos culturales que se les atribuye a los hombres.

Con todo, pienso que este momento histórico de incansable búsqueda debe mostrar a las generaciones venideras la experiencia real de las mujeres, sea cual fuere. Así como somos testigos del silencio secular al que han sido sometidas las mujeres que nos antecedieron, también lo serán las generaciones sucesivas respecto a nuestra realidad actual. No podemos ocultar nuestras heridas, nuestra tristeza, nuestros intentos fallidos, nuestros balbuceos, nuestras búsquedas, nuestras alegrías, nuestros sueños…

Queremos un mundo más equitativo que represente a Dios y hable de ELLA/Él de modo inclusivo, de manera que sea “natural” hablar de lo divino desde todas las experiencias humanas posibles. No podemos seguir encasillando a Dios/a en nuestros estrechos esquemas mentales y existenciales, pues lo que hacemos es ir matando el misterio de Dios/a, de la realidad en general y de la persona humana. Anhelamos vida y vida en abundancia, aquélla que se manifiesta en los estrados oficiales, en la periferia, en lo cotidiano, en lo irrelevante… Este anhelo que surge desde la periferia ha de ir transformando todos los demás espacios, incluyendo, naturalmente, las más “encumbradas” ágoras. Desde adentro hacia afuera, y desde abajo hacia el centro…

 

Teresa del Pilar Ríos

 

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jue

02

jun

2011

Los nombre de Dios/a y su carga política en los grupos sociales

Debo decir que gocé mucho releyendo la primera parte del libro de Elizabeth A. JohnsonLA QUE ES”. Y de una manera sencilla y breve, quisiera ir de su mano, glosando algunos de sus planteamientos pero no a manera de síntesis sino más bien, compartiendo mis reflexiones sobre aquello que produjo en mi mayor resonancia.

 

Deseo comenzar recordando las mujeres importantes de mi vida, aquellas que me contuvieron, nutrieron, orientaron, acompañaron, perdonaron, defendieron, confiaron... En fin, todas aquellas que contribuyeron y están contribuyendo de alguna manera a mi liberación: mi abuela materna, mi querida madre, mis tías solteras (maternas), mis maestras y mis amigas íntimas. Sin ellas imposible ser la que soy. Por lo tanto, comparto con Elizabeth Johnson la convicción de que “es perfectamente justo hablar del misterio de Dios en metáforas femeninas”, como no.

 

Creo que el imaginario que tengamos de Dios/a configura la forma como interpretamos y nos relacionamos con la realidad. “El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia, él lo detesta. Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre, les tocará en suerte un viento huracanado” (salmo 10[1]) ¿Qué imagen de Dios transmite esta oración? O esta otra: “Señor, inclina tu cielo y desciende, toca los montes, y echarán humo, fulmina el rayo y dispérsalos, dispara tus saetas y desbarátalos” (salmo 143[2]) ¿Quién desea rendirle culto a ese Dios? ¿Qué conductas puede provocar en sus devotas/os? Una pregunta más ¿Quién da nombre a ese Dios? Las respuestas las encontramos en nuestra historia personal, en la historia de la humanidad, de las religiones, de las iglesias. Y lo malo es que arropadas/os con ese imaginario, seguimos cometiendo los más crueles y despiadados atropellos y delitos contra la humanidad, sobre todo contra, la humanidad que está más alejada de los centros del poder económico y militar.

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente… porque has asumido el gran poder y comenzaste a reinar… llegó tu cólera y el tiempo de que sean juzgados los muertos…” (Cantico[3]). El libro de la liturgia de las horas recoge toda la imaginería del teísmo medieval y de principios de la edad moderna. Dios es un ser supremo, juez, monarca, patriarca universal que exige sumisión y lealtad sin tolerar la más mínima oposición. Tal como dice la autora del libro, son las características de los hombres de gobierno, con gran poder militar y situados en la cúspide de la pirámide social. Con razón, estas imágenes son rechazadas y catalogadas como proyecciones alienantes que adormecen el sufrimiento provocado por la opresión social y económica. Se corrobora ese principio que conocemos: “el lenguaje no sólo expresa el mundo sino que lo crea”. ¿Estamos contentas/os con este mundo hecho a imagen y semejanza de ese concepto de divinidad? ¿A quién favorece o aprovecha esa conceptualización? Respuesta: A unos pocos, lo sabemos de sobra, por eso es imperativo conjurar esas imágenes de la mente y el corazón ¿y cómo? ¿Dónde buscar un lenguaje distinto, alternativo e inclusivo?

 

Ese es precisamente el esfuerzo contenido en el libro “LA QUE ES”. La autora dice que hay que buscar la sabiduría ignorada, suprimida o alternativa dentro y fuera. Por ejemplo en las aportaciones de las mujeres y su construcción alternativa de la realidad, en las fuentes de otras tradiciones religiosas cuyas intuiciones nos abren horizontes, o en las narraciones y experiencias de las/los pobres y excluidos que nos sitúan en otra posición de la pirámide social. Hay esperanzas, se van modelando nuevos lenguajes sobre Dios/a y en coherencia, se van orientando modo nuevos de vivir juntas/os, con todas/os y con la tierra.

 

Ahora bien, si aceptamos que pensamos e interpretamos el mundo a través de imágenes, que éstas insinúan realidades distintas de sí mismas, pero que de alguna manera participan de aquello que indican, y que tienen la propiedad de sacar a flote nuestra subjetividad y determinar la conducta humana, entonces la búsqueda de una imaginería para hablar del misterio divino y es un asunto central en la teología y la espiritualidad. Elizabeth Johnson analiza las vías posibles y toma postura. Voy a describir lacónicamente lo que la autora expone magistralmente en las páginas 74 a la 86:

  1. VIA 1: Conferir cualidades femeninas a Dios. Estás imágenes no logran transformar el modelo androcéntrico. Lo femenino vuelve a utilizarse para ensalzar al varón y no viceversa. La mujer nunca aparece como símbolo de Dios en toda su plenitud divina de manera equivalente al varón. ¿Con qué derecho puede decirse que la compasión, el respeto y la nutrición son concebidos como características primordialmente femeninas, y no como humanas? ¿Por qué la fuerza, el gobierno y la racionalidad son propiedades exclusivamente masculinas? ¿No será que el concepto mismo de femenino es una invención patriarcal, un ideal proyectado por los hombres en las mujeres y vigorosamente defendido porque da estupendos resultados para mantener a los hombres en posiciones de poder, y a las mujeres en posiciones de servicio a los hombres? Esto no quiere decir que no existan diferencias, sino que se trata de cuestionar la justificación de la actual distribución de virtudes y atributos y que no pueden imponerse como descripción de la realidad. En definitiva esta perspectiva no sirve adecuadamente para hablar de Dios en una dirección más inclusiva y liberadora.
  2. VIA 2: Descubrir la dimensión femenina de Dios. En las escrituras hebreas, el Espíritu está vinculado a la realidad femenina: “ruah” (Gn 1,2 y Lc 1,35 y 3,22). La primera dificultad, el Espíritu Santo carece de rostro, amorfa y es la tercera, subordinada a las otras dos personas que tienen claramente imagen de varón. Por otro lado, esa dimensión femenina de Dios la identifican casi exclusivamente con su rol materno, la autodonación, lo afectivo, lo silencioso, la humildad, la obediencia… algunos teólogos aceptan sin critica el principio de Jung que identifica lo femenino con el ánima: lo oscuro, lo inmanente, la muerte, la profundidad y la receptividad… lo masculino con la luz, la trascendencia, la apertura y la razón. Este planteamiento no es liberador para las mujeres. Las mujeres no se pueden reducir a estas categorías preestablecidas que limitan sus roles históricos que no incluyen la iniciativa, la dirección, lo intelectual, lo artístico o público que exteriorizan las mujeres hoy. Hoy las mujeres necesitamos explorar nuestro orgullo y cólera más que las oscuridades y pasividades. La capacidad de las mujeres no se agota en la crianza, la ternura, la corporeidad o el instinto. Tampoco hay que pensar que la inteligencia y la actividad creativa y transformadora están más allá de la meta del poder de las mujeres. ¿Cómo decir que Dios tiene dimensiones sin mencionar dualísticamente lo masculino y lo femenino? No debemos ontologizar el sexo en Dios, haciendo de la sexualidad una dimensión del ser divino. Las metáforas femeninas para Dios no quieren decir que Dios tenga una dimensión femenina. No es ninguna solución definir al Espíritu Santo como la dimensión femenina de lo divino en un marco patriarcal.
  3. VIA 3: Lenguaje sobre Dios en el que pueda servir la humanidad femenina, la masculina y lo cósmica de manera equivalente. Dios no es ni femenino ni masculino, no tiene sexo como las personas, pero siendo imágenes de Dios pueden servir igualmente de metáforas con referencia al misterio divino. Esta forma es muy benéfica para las mujeres porque pone de manifiesto desde el comienzo que las mujeres gozan de la dignidad de seres hechas a imagen de Dios y se relativiza el énfasis puesto en lo masculino. Las religiones antiguas que hablaban de Dios con símbolos femeninos y masculinos pueden ayudarnos mucho en el alcance de esta aproximación. En ellos el varón y la mujer gozaban de poderes amplios y equivalentes. Una diosa como Istar era concebida como fuente de soberanía y poder divinos: separaba el cielo y la tierra, liberaba los cautivos, hace la guerra y establece la paz, administra la justicia, dicta sentencias e ilumina los seres humanos con su verdad… poderosa en lo privado como en lo público. A Horus, imagen masculina se le confieren similares funciones. Istar es expresión de la plenitud del cuidado y del poder divino manifestado en imagen femenina (Lc 15,4-10): ambos buscan con ardor lo perdido y se alegra tras haberlo encontrado. Al hablar del trabajo habitual de hombres y mujeres, orientan al oyente hacia la acción redentora de Dios con imágenes en las que se consideren equivalentes a hombres y mujeres. El misterio de Dios trasciende todas las imágenes, pero puede ser formulado igual de bien y con las mismas limitaciones en conceptos tomados de la realidad femenina y masculina. Usemos con naturalidad y habitualidad estas imágenes.
Nancy Olaya Monsalve

[1]     LITURGIA DE LAS HORAS PARA LOS FIELES, presentado por Pedro Farnés Scherer, Pbro. Versión litúrgica oficial. 1988. Pág 498.

[2]     Ibíd. Pág 757.

[3]    Ibíd. Pág 784.

 

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sáb

28

may

2011

Pocas palabras

 

Me había topado ya con el texto de Elizabeth cuando estaba estudiando, volver a hacerlo fue como reencontrarme con un buen sabor y darme cuenta de cuánto me habían marcado algunas de sus reflexiones, de hecho en este blog hice algún comentario sobre las imágenes masculinas de Dios que colonizan nuestros espacios. Imágenes que muchas veces tienen que ver con una forma de relacionarnos no desde la reciprocidad sino desde el dominio.

El camino que la autora marca para la transformación de la teología en diálogo con el feminismo, pasa por la tarea de encontrar formas correctas de dirigirnos a D**s, no es un camino simple, no se trata de convertir a una de las tres personas en femenina presentando una visión dualista de la divinidad. Tampoco se trata de inyectar atributos considerados femeninos a la Trinidad, porque podemos atribuirle sólo aquellos que consideramos femeninos en nuestra cultura o exaltar sólo los rasgos que nos parecen santos (como virgen o madre). Se trata entonces de buscar, de rescatar todo símbolo que tienda a mostrar a D**s manifestado en una imagen femenina y que sirva para enriquecernos a todos y todas.

Mi sensación es que a veces me quedo sin palabras, pero prefiero quedarme en silencio que seguir pronunciando nombres que no me ayuden. Me conformo con algunos que surgen… a Ti, Tú, en Quien todo existe… es como el momento de salir de la cueva y ver que no está en el trueno, ni en el viento o la violencia, sino en la suave brisa.

También me gusta al escuchar a otras/os hablar de su experiencia de D**s y compartir la mía,  descubrir en nuestras tímidas narraciones las imágenes que necesitamos para seguir buscando. Imágenes que se romperán una y otra vez, pero sin las cuales no podemos seguir andando. 

 

Mónica R

 

Reflexión a partir de los dos primeros capítulos del libro Elizabeth Johnson (1992) La que es.

 

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dom

22

may

2011

DENTRO DE CADA MUJER HABITA EL VALOR Y LA MATERIA PRIMA DE CADA HOMBRE CON EL QUE NOS QUEREMOS RELACIONAR

Bien dice el principio, tus palabras te condenaran, pero estoy reivindicando a mi sentido de conciencia con mis sentimientos de culpa y ya casi logro conciliarlos. Cuando crece tu conciencia disminuye tu culpa. Es por ello que me voy a permitir hacer algunas afirmaciones que he podido comprobar en mi vida y en la vida de otras y otros que han querido compartirme sus experiencias.

Si fuimos madres, hijas, hermanas, amigas, novias, amantes, esposas, siempre hubo dentro de nosotras, en cada etapa de nuestra vida, un estereotipo de hombre que en la interacción con ellos hicimos que se representara tal cual. La expectativa de su rol en nuestras vidas era tan clara que si no se daba, hacíamos lo necesario (sumisión, perdones sin enmienda, etc.) para que se cumpliera. No vale la pena culpabilizar a nadie.

Por si acaso había algún despistado le recordábamos lo que debía hacer. Recuerdo algún silencio cómplice que tuve que mantener con mis hermanos varones frente a sus novias, que resultaban ser “mis amigas”, para que no se percataran de las infidelidades que les cometían. Ni que decir cuando recuerdo a mi mamá minimizando las faltas de mi papá delante de nosotros su hijos por aquello de que es su papá y le deben respeto y cariño, a él se le permitía el mal genio, salir con sus amigos para desestresarse, etc. En la época de la universidad pienso en esas apuestas locas de nuestros compañeros hombres, en presencia de nosotras las mujeres, para conquistar primero a una niña de primer semestre y llevarla a la cama, nuestra reacción no paso de oírlos pero jamás impedirlo; o verlos competir quien se terminaba primero una gran cantidad de licor y nosotras expectantes haciendo barra a nuestro compañero de semestre. Y así hoy en la calle, en la vecindad, en cualquier lugar donde interactuamos, seguimos presenciando actitudes y hechos que están tan normalizados que pareciera que no queremos atajar.

Las mujeres, todas, en alguna medida, participamos y co-creamos al lado de los hombres, seres como aquellos que luego nos irían a asustar y que terminaríamos rechazando tanto. Jamás creí que callar en esos momentos era afrontar consecuencias directas o indirectas en esos y en otros momentos de mi vida como mujer.

Nuestra revolución, ya lo decía alguien, es la de las cosas pequeñas, en el diario vivir, en la casa, en la escuela, en el trabajo, en el supermercado, en todo lugar y en todo momento debemos estar trabajando en ampliar conciencia y en no admitir la desigualdad y la manipulación de los derechos de la mujer. A hombres y a mujeres nos conviene reflexionar y hacer propuestas inéditas de relación. Ya hemos ido logrando algunos cambios importantes, pero la tarea nos tiene que abarcar a mujeres y a hombres para alcanzar la transformación de esas formas caducas de relación patriarcal y con ello quiero decir, autoritarias, violentas y manipuladoras, por parte de ellos, y sumisas, pasivas y cómodas por parte de nosotras.  En la medida que nosotras transformemos en nuestro interior las expectativas de hombre, ellos se verán en la necesidad de transformarse.

Gracias por escuchar con su sentir de mujeres. Con su sentir femenino para los hombres.

María Esther Revelo M.

 

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mié

04

may

2011

Un camino similar, conjunto, propio...

Las mujeres hemos tenido que realizar nuestro propio camino para ir descubriendo quienes somos, quienes no somos y quienes nos gustaría seguir siendo. Para muchas de nosotras el camino ha significado encontrarnos con una desconocida, que responde a un único modelo impuesto, y tras resignificaciones y la construcción de versiones propias nos hemos reencontrado. Sin embargo, el reencuentro sigue siendo un desafío diario, porque estamos inmersas en una cultura que de todos los modos posibles nos impone seguir siendo desconocidas en tanto responsamos a la deseabilidad social. Al leer el material “Así aprendimos a ser hombres” me conecté poco a poco con ese camino propio, colectivo y me pregunté ¿cuál es el camino para los hombres? ¿cuáles son las luchas que requieren librar para reencontrarse mas allá del modelo tradicional? ¿cuáles son las redefiniciones y construcciones que necesitan hacer para lograrlo? y finalmente me pregunté ¿Sí los caminos recorridos por las mujeres y por los hombres en sus procesos de reencuentro se entrecruzan?... de ser así ¿podrían esas intercepciones fortalecer aún más propósitos propios, comunes, mutuos? ¿cómo podría ser esto?

 

El modelo positivista nos ha dejado como legado una visión fragmentada de vida y sus realidades, haciendo uso de una causalidad lineal reduccionista, con pocas posibilidades de cambio. Sin embargo, nuevas apuestas nos invitan a comprender nos nuestras vidas y realidades, reconociendo sus relaciones múltiples y diversas, nos invitan a movernos en un contexto de racionalidad e incertidumbres combinados, a través de las cuales podamos leer nuestras realidades de manera interconectada, en sus recorridos a veces sorprendentes y a veces, impredecibles. El sistema patriarcal afecta a las mujeres y hombres, de forma diferencial, sí, las mujeres hemos sido las primeras en denunciarlo y trabajar para trasformarlo, logrando avances y siendo concientes del camino que aún queda por recorrer. Por esta razón, este libro es para mi una invitación a comprender y asumir esta transformación desde una lectura más interconectada, poniendo bisagras para abrir nuevas puertas de liberación para mujeres y hombres.

 

Quiero señalar dos claves del cuento de Barba Azul, del libro de Clarissa Pinkola: “Mujeres que corren con lobos”, a modo de ejemplo de lo que pienso cuando hablo de una lectura interconectada de nuestras realidades. El primero: la posibilidad de hacerse preguntas. En el cuento se expresa a través del símbolo de una llave: la llave de la liberación es preguntarse por sí misma, por mi lugar, por lo prohibido, por la natural. Cuando nos hacemos preguntas descubrimos verdades, muchas veces dolorosas, horribles, injustas, pero necesarias para no conformarse, para trasformarla la realidad, para liberarse. El deseo de liberación surge cuando somos concientes de la opresión y su destrucción, cuando notamos sus efectos avasalladores en nosotras y nuestro entorno. Por eso preguntarse no es fácil, es riesgoso y trasgresor. La masculinidad y la feminidad son productos culturales, pero mientras que para muchas de nosotras, este es un hecho conocido y reflexionado, los hombres no han dedicado el tiempo necesario para pensar sobre sí mismos. Es paradójico, desde el patriarcado la racionalidad es una característica masculina, sin embargo, las preguntas se dirigen hacia afuera y no hacia dentro. De manera general, los hombres desconocen su realidad, al no dedicar tiempo para pensar sobre sí mismos, son ajenos a la construcción tradicional de la masculinidad que los configura, perpetuándola ya que no la someten a análisis. Me pregunto, ¿podemos las mujeres interconectarnos en ese punto del camino con los hombres? ¿qué desafíos significaría esta conexión?. No estoy pensando en hacer el trabajo que les corresponde, más bien en reflexionar en nuestro/s propio/s modelo/s de masculinidad y su arraigo en nosotras…


El planteamiento tiene que ver con pensarse en qué momento, aunque los hombres sienten tanto como las mujeres, aprendieron a cauterizar sus sentimientos. Pensarse para qué el patriarcado les robo la posibilidad de ternura, la expresión de sentimientos y la capacidad de crianza, caracterizándolos de débiles al tener alguna de estas características. Tiene que ver además, con cuestionar la creencia de que no existe la masculinidad en singular sino múltiples masculinidades, que las concepciones y las practicas sociales en torno a la masculinidad varían según los tiempos y los lugares, que no hay un modelo universal y permanente de la masculinidad válido para cualquier espacio o para cualquier momento. Y por supuesto, cuestionar todas las demás creencias en las que se sostiene el patriarcado.


Además de reflexionar sobre sí misma-mismo, es necesario inventar nuevas formas de relación, y aquí señalo la segunda clave del cuento de Barba Azul: la pequeña chica pudo liberarse de su fantasma/opresor, cuando hizo alianzas; sus hermanas y hermanos participaron en su liberación, en su rencuentro consigo misma, tanto ellas como ellos ayudaron a destruir a su opresor, juntas y juntos conformaron una alianza capaz de destruir la misma muerte. Por eso creo que necesitamos acompañarnos mujeres y hombres en nuestra apuesta por la nuevas formas de ser mujeres y hombres hombre, libres, iguales y plurales.  

 

Y termino con las palabras de Ellacuría, cuando nos plantea ser conscientes del lugar desde donde nos movemos y desde el que orientamos nuestras opciones. Acompañarnos en este proceso trasformador mujeres y hombres tiene que ver con la trasformación global de nuestra forma de experimentar el mundo. Asumir la mirada compleja del mundo y de nosotras/os mismas/os en el contexto de este mundo simplificado requeriría suspender el ritmo acostumbrado, cotidiano para revisar valientemente todos los pensamientos tenidos como verdades. Es quizá desde el lugar de las incertidumbres desde donde podamos encontrar y construir otros modos de ser, hacer, tener y estar frente a la vida.

 

Blanca Camacho Sandoval

 

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dom

17

abr

2011

Así Aprendimos

Uno de los puntos que más me cuestiona del documento “Así aprendimos a ser hombres” es la afirmación de que para que el sistema de la masculinidad hegemónica funcione debe darse una educación paralela a las niñas y a las mujeres. No quisiera caer en el cliché que dice que somos las mujeres las que formamos a los varones y que por consiguiente somos las víctimas de la desgracia que labramos nosotras mismas; sino más bien hacer un momento de reflexión sobre los cómos (creo que son varios) aprendimos a ser mujeres.

 

La reflexión que sea necesario hacer tanto con hombres como con mujeres es urgente, escribo esto en un día en el que uno de los titulares del periódico de mayor circulación en mi país (El Tiempo) afirma que el 40% de los homicidios de mujeres son cometidos por su pareja. Eso sin contar las lesiones personales y otro tipo de abusos que muchas veces no son denunciados por las propias víctimas, porque se considera que estas cosas corresponden a los ámbitos privados.

 

Veo hoy en los círculos que me desenvuelvo que las formas de machismo clásico han sido matizadas con lo que menciona en la cartilla como “machismo invisible”, los chistes descalificadores sobre lo emocional, afectivo, adjudicado sólo a las mujeres y tenido por secundario, prescindible y hasta peligros para el desarrollo de la persona.

Recuerdo una celebración del 8 de marzo, en la que los varones del lugar donde me encontraba trajeron como homenaje unos mariachis. Una de las canciones que todas y todos coreaban fue “Pero sigo siendo el rey”, la consideré contradictoria y lo comenté sólo con algunas personas porque no quise entrar en polémicas, pero me hizo notar cuán ambiguas pueden ser este tipo de celebraciones de “homenaje a la mujer”, además con “Mujer” en singular y no con el reconocimiento y la inclusión que hay de las distintas formas de ser mujeres, como las habrá de ser hombres.

 

Ejercicios de reflexión crítica en los que las niñas y las mujeres pensemos en situaciones cotidianas en las que se ponen en juego las posturas, los marcos de sentido que realmente nos mueven a la hora de actuar y comportarnos. Siempre en estos ejercicios es necesario el referente teórico, en relación a ello otro de los aspectos que valoro en la cartilla es que frecuentemente remiten a los autores y estudios científicos que sustentan su contenido, sin embargo con una capacidad de colocarlos en lenguaje sencillo y accesible desde la ejemplificación de situaciones cotidianas.

 

¿Cómo aprendí a ser mujer? ¿Qué se me permitió y qué no? Como educadora ¿Qué espero yo de una niña, joven o adulta desde el género? Son preguntas que me quedan para la reflexión sabiendo que paralelamente a ellas debo tener unos imaginarios que correspondan al arquetipo masculino.

 

Un saludo a todas y todos en el blog.

 

Claudia Guzmán 

 

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dom

17

abr

2011

DE MACHOS A HOMBRES

La experiencia de trabajo con las mujeres durante estos años me ha llevado a las siguientes convicciones:

 

En primer lugar es necesario realizar procesos de trabajo únicamente con mujeres durante un buen período de tiempo, a fin de que ellas puedan hacer un camino que las lleve a fortalecer su autoestima, el crecimiento de su autonomía, recuperar su propia voz, pensamientos, deseos, necesidades… su ser femenino.

 

En segundo lugar también es clave, hacer un trabajo paralelo con los hombres, hubo un momento en que los grupos de mujeres empezaron a decirme que hacemos nosotras aquí quejándonos por las violencias de que hemos sido objeto, ¿donde están los hombres?

 

Por ello, me parecen muy interesantes las iniciativas que han ido surgiendo de los colectivos masculinos, que están trabajando en el tema de las nuevas masculinidades, aplaudo y me alegro por los hombres que han empezado a dar este paso.

 

También valoro la Campaña de Lazo Blanco que nació en Canadá a finales de los años 80’s, un hecho -como en España el caso de Ana Orantes-, conmocionó a todas y todos: el 6 de diciembre de 1989 fueron asesinadas 14 adolescentes por el solo hecho de cursar una carrera destinada a hombres. El asesino, al grito de "feministas", se introdujo en la facultad y las mató. A partir de esa fecha un grupo de varones pensó que tenían la responsabilidad de implicarse, e implicar a otros hombres, en hacer algo para que cosas así no sucediesen más, y lo primero era dejar de permanecer en silencio.

 

De otra parte, de un tiempo para acá empecé a pensar en los hombres en relación con el libreto que han recibido a lo largo de su crianza, socialización y educación, y que ha hecho parte de sus vidas durante miles de años (5.000?, 7.000?):

 

“Los hombres no lloran”, “Los hombres son de la calle”, “El último que llegue es una niña”, “Juego de manos, juego de marranos”, “Porque te quiero, te aporrio”, “Cuando el hombre ama, se vuelve débil”, “Los hombres machos pelean, no hablan”

 

Y el modelo que deben encarnar para mantener su hegemonía: Joven, Adulto, Heterosexual, Blanco, Exitoso, Citadino, Fuerte, Duro, Agresivo, este es el super macho, el apetecido!!!

 

Empecé a tener un sentimiento de compasión por ellos, debido a la pesada carga que han tenido que llevar a cuestas por la imposición tan fuerte y radical de no poder expresar sus sentimientos, ni compartir con nadie lo que les está pasando, para no mostrarse débiles, entonces, también ellos han sufrido, ha sido alto precio que han tenido que pagar, realmente ha sido una pérdida grande para su vida, para su desarrollo, para su felicidad!!! Siempre tienen que hacer cosas, mostrar logros, actuar, controlar, proveer, esto me parece muy triste!!!

 

En cuanto a los arquetipos que nos plantean en el material quiero comentar que “son conjuntos de energía que contienen el poder para producir nuevas experiencias. Son pautas de comportamiento instintivo comprendidas dentro del inconsciente colectivo. Ciertas experiencias fundamentales ocurren y se repiten durante millones de años. Estas experiencias, junto con las emociones que las acompañan, forman un estrato residual debajo de la conciencia inmediata. Así, las nuevas experiencias tienden a ser organizadas de acuerdo al patrón preexistente.

Carl Jung

 

Por su parte los Arquetipos femeninos son: Madre - La Dadora de Vida-, Amazona –Guerrera, Lideresa-, Sabia –Médium, Sibila, Profetisa-, Hetera –Compañera, Amante y los Masculinos: Mago, Rey, Guerrero, Amante, aquí es bueno analizar la diferencia entre unos y otros.


Por último recuerdo la película española “Te doy mis ojos” en la que Pilar es una víctima más de los malos tratos conyugales, que intenta rehacer su vida y empieza a trabajar como cajera de visitas turísticas, a través de su nuevo trabajo comienza a relacionarse con otras mujeres. Antonio, su marido, emprende su busca y su recuperación, promete cambiar y busca ayuda en un psicólogo. Pilar le da otra oportunidad a su marido, con la oposición de su hermana, que es incapaz de entender su actitud.


A pesar de los esfuerzos de Antonio por seguir los consejos de la terapia, su personalidad violenta e inseguridades le pueden y acaba desnudando y humillando públicamente en un balcón a su mujer. La película termina con un final abierto en el que Pilar, escoltada por sus compañeros de trabajo, recoge sus cosas del domicilio para emprender una nueva vida, mientras Antonio la mira pensativo. Según palabras de Icíar Bollaín:

 

«Te doy mis ojos cuenta la historia de Pilar y Antonio pero también de quienes los rodean, una madre que consiente, una hermana que no entiende, un hijo que mira y calla, unas amigas, una sociedad y una ciudad como Toledo que añade con su esplendor artístico y su peso histórico y religioso una dimensión más a esta historia de amor, de miedo, de control y de poder.»


Me llama la atención la situación de Antonio que no logra dejar de ser violento, me surgen las preguntas: ¿Dónde nace la violencia? ¿Cuáles estrategias permiten controlarla? ¿Qué ingredientes debe tener un proceso para lograrlo? Un camino de trabajo personal profundo, dedicado, serio, disciplinado, ¿Cómo lograr que los hombres decidan emprender este camino?

 

Y finalmente, pienso en la importancia de las personas e instituciones que rodean a hombres y mujeres que viven estas situaciones de violencia, ¿qué mensajes se transmiten?, ¿cómo se apoya? ¿cómo se pueden convertir en acompañantes que permitan tramitar estas situaciones?

 

Rosa Emma Carrión

 

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mié

13

abr

2011

Repensar, desaprender y reinventar las relaciones

¡Hola todas y todos!!! Aquí estamos con la intención de compartir algunas reflexiones que suscitó la lectura de la cartilla “Así aprendimos a ser hombres”, un aprendizaje milenario y desafortunado que ha hecho mucho mal a nuestras organizaciones, colectivos, familias y personas.

 

Cuando pienso en la necesidad de reconfigurar las relaciones de género y las relaciones en general, mi imaginación se remonta hasta los albores de la humanidad. Existían otros tipos de relaciones, otras formas de organización e intercambio. Esto me da gran esperanza, porque también en nuestro inconsciente colectivo quedan poderosos resquicios de esas formas primigenias en donde las cosas eran distintas (la cartilla lo menciona de una manera sencilla y clara). Es una verdad que conocemos ¡Ese mundo existió, fue real!!!


Imaginemos una humanidad conformada por pueblos pacíficos, vinculados con el mar y con la tierra. Grupos sedentarios, amantes de las artes, el comercio y las buenas relaciones con sus vecinos. En sus tribus no existían diferencias jerárquicas entre los géneros. Su religión estaba basada la GRAN DIOSA, ¡qué bello!!! Esta información y otras muchas no son leyendas o mitos, es un conocimiento científico, no es el caso detenerme en ello, sólo quiero afirmar lo que dije en el párrafo anterior: ese mundo existió, hubo un tiempo en el que las relaciones de género eran equitativas, respetuosas, justas y reciprocas. ¡Volvamos al comienzo!!!


En la cartilla se nos recuerda que todas y todos sufrimos las consecuencias del sistema patriarcal, cuya dinámica es violenta, excluyente e inequitativa desde el comienzo. Las culturas de corte androcéntrico impusieron por la fuerza y la violencia sus dioses masculinos, su cultura, su organización y absorbieron lo femenino a un rol secundario e inferior. ¿Cómo subvertir este orden injusto e inhumano?


La propuesta educativa de la cartilla trae algunas claves muy interesantes, destaco las más significativas para mí, sabiendo que no solo los varones deben vivirlas, aprenderlas y reconfigurarse en consecuencia, sino que nosotras mujeres, niñas y jóvenes, socializadas en este sistema debemos convertirnos, volver a los orígenes. Cada una somos una “Atenea”, una hija de Zeus, quien se comió a su compañera y a la madre de su hija. “La absorción de Metis por Zeus puede verse también como un símbolo de la transición de la historia de la cultura griega, desde una sociedad matrilineal a una sociedad masculina, mundo dominado por el ego” (Maureen Murdock en “SER MUJER, UN VIAJE HEROICO”). Me encantaría abundar en estas miradas, pero paso a señalar esas pautas educativas propuestas por la cartilla y que como digo, son claves pedagógicas para ellos y ellas:

 

  • Debemos trabajar con los niños, jóvenes y adultos varones la expresión y el manejo de las emociones y los sentimientos. Expresar nuestro enojo sin llegar a la violencia. Esto vale también para nosotras las mujeres. Fuimos absorbidas a la cultura patriarcal, “somos hijas del padre” (expresión de Maureen Murdock).
  • Debemos desarrollar nuestra sensibilidad, la capacidad de escuchar, dialogar, manejar las diferencias de manera pacífica… Trabajar en equipo, aceptar las ideas distintas.
  • Aprender a respetas y hacernos cargo del medio ambiente y sus problemas actuales.
  • Vivir sexualidad de manera autónoma, responsable y afectiva.
  • Nutrir el cuerpo y el alma, dejar emerger la intuición, la creatividad, el sentido del humor y aprender de los sueños…
  • Debemos entender nuevas formas de liderazgo, basadas en el compañerismo en lugar de la dominación, en la cooperación en lugar de la avaricia, en el dialogo en lugar de la imposición.
  • Borrar de nuestra vida, nuestras posturas y criterios, ese código masculino de "todo está bien", que usamos para ocultar los sentimientos más profundos y para negar nuestra vulnerabilidad, necesidad y deseos.
  • … … …

En este sistema, a las mujeres nos toca la peor parte, pero tanto a hombres como a mujeres, nos corresponde por igual el empeño de resignificar los rasgos de género, las tareas, las pautas de comportamiento, los valores y las expectativas de acuerdo a todo este avance de la conciencia. Si el machismo se expresa fundamentalmente en los llamados estereotipos de género, ideas simplificadas y distorsionadas, como bien lo dice la cartilla, debemos con todas nuestras fuerzas, capacidades y poderes:

 

¡CONVOCAR A MUJERES Y HOMBRES PARA QUE DECIDAMOS ABANDONAR LAS REGLAS PATRIARCALES, YA!!!

 

Nancy Olaya Monsalve

 

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vie

08

abr

2011

MASCULINIDAD HEGEMÓNICA EN CRISIS

 

        “Al hablar de lo masculino es indispensable hablar de lo femenino en el sentido histórico, ya que el movimiento feminista, ha influido de una manera sólida en el surgimiento de los movimientos de reflexión y práctica de masculinidades alternativas, no en el sentido de movimientos de revancha, sino en el sentido de un aprendizaje, de diálogo, de intercambio fructífero, de rebelarse a un modo único de masculinidad impuesto por la ideología predominante y que tanto ha costado a los hombres y mujeres.” .” (Reyes y Madrigal, citado en Schwantes, 2007: 14)

        Mientras que los varones aún permanecían fijados a un modelo estereotipado, homofóbico, de hombre; las mujeres ya habíamos empezado, mucho antes que ellos, a descubrir la existencia de diferentes formas de ser mujer. Aunque el atreverse sea una característica atribuida al género masculino, sin embargo, en este caso, hemos sido las mujeres quienes la encarnamos. De todos modos, actualmente la resistencia al modelo patriarcal no sólo se visualiza en las mujeres, sino también en los hombres al constatar que ya no es posible seguir reproduciendo los roles asignados por el patriarcalismo.

        Los cambios sociales y culturales van debilitando los referentes de la masculinidad dominante. El hombre ya no es la persona irremplazable, ha perdido la exclusividad y con ellos los recursos del poder. Lo que está realmente en crisis es el modelo hegemónico de ser hombre: la masculinidad hegemónica. Si bien dicha masculinidad presenta posibilidades, también manifiesta fisuras, grietas, fallas, en las cuales “muchos hombres descubren maneras diversas de ser hombres. Si esto es posible, no hay un modelo de masculinidad, sólo hay masculinidades, muchos modos de ser hombre.” (Ídem: 13)

        “El hecho de juzgar que sólo hay una masculinidad y que ésta es la ‘correcta’ deja a una gran cantidad de hombres, (por no decir a la mayoría) fuera de lo ‘correcto’. Juzgar a los hombres o a las mujeres desde esta forma maniquea nos lleva a formas de discriminación desde las más sutiles, hasta las más burdas y que van en contra de los derechos humanos (especialmente de hombres y de mujeres).” (Ídem: 13)

        Los hombres, y por supuesto las mujeres, pagan un precio elevado al intentar vivir según este modelo de masculinidad autoritario, siempre y cuando éste no acepta la diversidad de masculinidades en un plano de igualdad y respeto. Cada vez más varones expresan que la forma de ser hombre a la que los somete el paradigma arquetípico patriarcal no corresponde a sus experiencias y los transforma, en alguna medida, en prisioneros de un modelo que les resulta enajenante y deshumanizador. Además, para aquellos varones pertenecientes a grupos sociales subordinados el ejercicio del poder de otros hombres sobre ellos, se convierte en fuente de humillación y sufrimiento.

        En relación con los otros hombres esta masculinidad los coloca en permanente situación de competitividad, obligándolos a ocultar sus sentimientos, afectos, emociones, vulnerabilidades, miedos y dificultades. Asimismo, reprime a los varones que tienen una orientación sexual distinta a la heterosexual y les dificulta asumir públicamente en su vida la condición de tales, conforme a sus identidades sexuales. En los ámbitos públicos, como el trabajo y la política, este tipo de masculinidad impone al varón situarse desde un comportamiento agresivo, con miras a salvaguardar sus posiciones y recursos de poder, tratando de impedir su acceso a lugares de mayor importancia.

        Todas estas actitudes y modos de proceder responden a la socialización androcéntrica que los varones han ido recibiendo desde pequeños. Los mensajes y mandatos explícitos o no se van repitiendo sistemática y persistentemente en todas las instituciones, empezando, naturalmente, en el seno de la misma familia. Así las cosas, son los prejuicios patriarcales los que van constituyendo la masculinidad del varón de modo estereotipado, sin que la diversidad en el modo de ser hombre tenga el lugar esperado.

        “No se trata necesariamente de una masculinidad alternativa, o nueva masculinidad, como única opción a la hegemónica, sino más bien de asumir la diversidad existente de las masculinidades, en un proceso transversal desde la interioridad de cada varón hasta los discursos ideológicos imaginarios.” (Ídem: 14). Abrirse a la complejidad de la realidad implica una postura opuesta a la dogmática. Supone estar abiertos y abiertas para escuchar respetuosamente los diferentes reclamos de la realidad en todas sus expresiones. Sólo desde una actitud asertiva sería posible dialogar con las masculinidades emergentes.

        Esta condición o modo de posicionarse está ausente en el arquetipo hegemónico masculino. De ahí que los parámetros o marcadores de virilidad son rígidos y autoritarios. Responden a una pretendida “esencia” masculina que ostenta y monopoliza la verdad como única y superior a otras posibilidades de ser. Cabe resaltar que el mencionado paradigma supone un estrado desde el cual profiere las verdades de modo categórico, despreciativo y condenatorio hacia aquellos que no se ajustan a las exigencias naturales de todo hombre.

        Entre dichas verdades inalterables se encuentran los encargos básicos que las sociedades patriarcales les asignan. Éstos han de ser varones falocéntricos-autosuficientes, que proveen, protegen y procrean. (Cf. Campos Guadamuz, 2007: 41- 43) Sin embargo, lo que no se ha logrado dimensionar adecuadamente es que estas asignaciones patriarcales les ha arrebatado a los varones la legítima capacidad para expresar sus afectos, ejercer su paternidad responsable con predominio de la comunicación afectiva con sus hijos e hijas, desarrollar proyectos de vida asociados al espacio privado y participar en las tareas del hogar, así como poder vivir una sexualidad más responsable. Igualmente, a las mujeres les han expropiado planes vinculados al espacio público en igualdad de condiciones con el varón, les han restado la posibilidad de desarrollar suficientemente su capacidad intelectual, de situarse como persona a partir de una sexualidad integradora y no meramente cosificadora.

        Es evidente que estas reducciones deshumanizantes constituyen uno de los factores fundamentales que provocan la crisis de un modelo que cada vez más presenta resquebrajaduras difíciles de subsanar. Dicha situación muestra que el proceso es irreversible, la historia ha ido dando señales claras de que el paradigma hegemónico de ser hombre está obsoleto y caduco. Se presenta la oportunidad para que las diversidades en el modo de ser varón tengan su legítimo espacio de expresión, sin sentirse inferior a la masculinidad arquetípica.

        Lo que se busca es aprender a convivir desde un diálogo armónico en sociedades pluralistas, poniendo en práctica los conceptos de: democracia, justicia, equidad e igualdad. De tal modo que hombres y mujeres podamos ser cada vez menos opresores y opresoras de otros/as que pretenden expresar su derecho a la diversidad. Esto hará posible forjar culturas más transparentes, con menos discriminación y sufrimientos innecesarios. Sólo así la crisis podrá transformarse en una oportunidad de crecimiento para todos y para todas

 

Teresa del Pilar

 

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mié

06

abr

2011

"Así aprendimos a ser hombres"

Este material me ha resultado muy curioso y útil para los grupos de adolescentes con los que trabajo habitualmente así como para trasladarlos a los grupos de hombres por la igualdad, que están tomando fuerza en mi comunidad; son hombres sensibilizados con su toma de conciencia de otro modo necesario de ser-estar-comunicar-se con sus compañeras de vida. Con el permiso de sus autores, me gustaría re-adaptarlo un poco a la sociedad sevillana, aunque en la base de los contenidos no existan demasiadas diferencias.


Me parece un material muy cercano que permite además reflexionar sobre conceptor y estereotipos muy arraigados en nuestra “conciencia colectiva”, y no sólo de hombres sino también de muchas mujeres.


Me gusta la invitación de sus autores/as en la introducción del material, cuando hablan de “una incitación al reto”. Estoy totalmente de acuerdo con ellos/as cuando afirman que la “construcción de la equidad de género y la prevención de la violencia, son tarea de hombres y de mujeres”. Es un convencimiento cada más vez más certero. Desde mi incipiente formación en teología feminista, y con todo lo que aún tengo que aprender, tomo conciencia de que, si bien, las mujeres hemos de tener presente en todo momento, nuestra capacidad de empoderamiento, y así lo hemos reflexionado en el material anterior de Marcela Lagarde, no podemos perder de vista que la comunidad humana la configuramos hombres y mujeres. (Tampoco quisiera quedarme en esa bipolaridad de género, porque por mi trabajo y en el reciente servicio público puesto en marcha, de atención a la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, el género va más allá de la bipolaridad…Eso sería tema de debate para otro foro). Y teniendo en cuenta, así mismo, mi experiencia de vida, en muchos casos, pasando por situaciones terriblemente dolorosas, debido a estos esquemas mentales no lo bastante abiertos y tolerantes como para entender estas realidades humanas.

 

Volviendo al hilo inicial, me parece acertado el título del material “Así aprendimos a ser hombres”. Podría decir con toda seguridad que es el primer material formativo y sistematizado que llega a mis manos sobre esta temática. A medida que he ido ahondando en estas páginas, me doy cuenta de lo poco que sé de mis compañeros varones. Quizás me he centrado tanto en salir de la situación de desventaja en la que los diferentes factores sociales me han colocado, que “pecas” de generalizar y prejuiciar. Desde luego, deseo ampliar misd perspectiva y siento la necesidad de compartir, dialogar y consturio con hombres, eso sí, con capacidad de escucha; que dicho sea de paso, no son excesivamente frecuentes, al menos en el entorno en el que suelo desenvolverme habitualmente.


Retomo una de las afirmaciones del autor en las que dice que “el trabajo de género con hombres es una tarea compleja…porque los hombres como género no estamos acostumbrados a cuestionarnos acerca de cómo somos o cómo nos comportamos. Sin embargo, continuamos diciendo que El cambio es posible”.


Respecto a los estereotipos de hombres, auqnue estén contextualizados en am-erica Central, existen una serie de indicativos que podrían generalizarse a todos los hombres machistas del mundo actual. Me refiero, como no a los siguientes:

  • Control e inexpresion de sentimiento y emociones.
  • Sentimiento de obligación hacia el cuidado y manutención de su familia.
  • Convencimiento absoluto de que él decide, piensa, y actuad rente al sometimiento y obediencia del resto de su familia.
  • Prioridad de su estado de ánimo y aficiones por encima de los miembros de su familia.
  • Convencimiento de ser quien debe dar placer a su pareja y de la misma forma, marcar los límites.


Con semejante responsabilidad sobre sus espaldas, ¿no se van a sentir angustiados? Esto no hay humano que lo resista. Y además, todo comportamiento que no se ajusta a éstos esquemas se minusvalora y se le descalifica con denominaciones con connotaciones femeninas, e incluso insultantes (“chuchinga” que equivale a poco hombre). 

 

Por otra parte me resulta novedoso tomar conciencia de la existencia de “masculinidades” para referirnos a diferentes formas “de ser hombre”, en función de la clase social, etnia, nivel educativo, orientación sexual, estado civil, grupo de edad, etc. Me parece interesante la breve reseña de los orígenes del Patriarcado y como desde él se van definiendo los roles del varon en las comunidades, a pesar de que mucho antes, existía una comunidad igualitaria.


Me resulta muy gráfica la extensión del patriarcado a través de los “tentáculos” extendidos por todos los ámbitos fundamentales: familia, escuela, medios de comunicación, grupo de iguales, iglesia…Al fin y al cabo, estas son las fuerzas vivas que sieguen educando y configurando a la persona también hoy. ¿Por tanto, que es lo que hace que el patriarcado siga ofreciendo tanta resistencia al cambio a pesar de todos los avances producidos en los modos de pensamiento?


A partir de estos mensajes adquiridos e interiorizados se generan los encargos y responsabilidades a la masculinidad, Y hablamos de algo similar al mencionar las “obligaciones” de los hombres respecto a las mujeres o a sus familias. Y una de sus principales responsabilidades y encargos que se les hace a los hombres, es su “autosuficiencia” aunque esta no es real porque ha asumido que sea la mujer quien le sirve en todas sus necesidades. Asi que el concepto de “autosuficiencia” es muy discutible por otra parte.


Me resultan especialmente curiosos los “marcadores” de la virilidad; y que me hacen reconocer una vez más, cuanto de interiorizados están estos marcadores en la conciencia colectiva ( por no decir en los genes) de hombres (y también de otras partes del mundo).


Destacar la celebración de la “balseria” como ceremonia de iniciación para hombres. Como no podría ser de otro modo, tienen que poner a prueba su fuerza física, su resistencia.


En el entorno de trabajo en el que me muevo habitualmente (un barrio con muchas necesidades sociales y educativas) se dan con mucha frecuencia este tipo de manifestaciones sociales violentas y agresiones entre grupos y bandas rivales, generalmente competidores en el sector del tráfico de drogas y que sin llegar a ser ceremonias sociales, sí ponen de manifiesto quién tiene el poder, quién manda sobre los demás, cuál es terreno de poder de cada uno, constituyendo todo un rito de iniciación.


El incluir preguntas para la reflexión en cada una de las unidades, permiten añadir conclusiones muy interesantes que se enriquecerían enormemente si se trabajaran de forma conjunta, primero en grupos de hombres, y en un segundo nivel de avance, con grupos mixtos, a poder ser de diferentes niveles de edad. Voy a intentarlo. Ya os contaré. 

 

María José Rosillo

 

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vie

01

abr

2011

¡La tierra prometida!!!

 

 

Por aquí voy llegando a este espacio, para todas mi saludo amoroso.

 

Ha sido una interesante experiencia para mí, la lectura de Marcela Lagarde, agradezco profundamente a Nancy por su persistencia conmigo. Desde hace varios años había escuchado nombrar a esta mujer mexicana feminista, pero no me había acercado a su pensamiento y prácticas.

 

De mí quiero contarles que soy bogotana, hija única, siempre viví sola con mi mamá, amo el trabajo con la gente de las comunidades, desde lo más sencillo compartir la vida, esto me hace profundamente feliz.

 

Desde el año 2005 inicié procesos de trabajo con mujeres, ha sido una experiencia maravillosa que me ha enriquecido hermosamente.

 

Actualmente trabajo en Soacha, lugar que he disfrutado y me he gozado al máximo, acompaño un proceso con mujeres del grupo “Mujeres Dejando Huellas”, también realizo un voluntariado desde hace tres años en el Barrio Santafé con Mujeres en ejercicio de prostitución.

 

La primera sensación que experimenté al ir leyendo el libro fue: esto es prácticamente algo imposible de lograr, será que lo veré algún día en mí, en las mujeres con las que comparto mi camino, o me pasará como a Moisés que no pudo ver la Tierra Prometida.

 

Luego surgen mis preguntas al pensar en las mujeres con las que trabajo: ¿cuál es el proceso que se debe hacer para lograr la autonomía?

A esta pregunta respondo: en primer lugar debe ser muy bien pensado, quienes hemos trabajado con comunidades, con las mejores intenciones, desafortunadamente en muchos casos hemos hecho demasiado daño; me preocupo en muchas ocasiones en poner más cargas a las mujeres de las ya pesadísimas que llevan por no saber plantear de manera adecuada, asertiva un proceso.

 

El ejercicio que realizo con los grupos con los que he trabajado es en un primer momento de diagnóstico de las necesidades, inquietudes, sueños y a partir de ahí se elaboran las propuestas de Itinerarios, mi pregunta ahora es: si las mujeres no sienten esta necesidad de autonomía en este momento de su vida, ¿debo yo crear esa necesidad?, si yo creo la necesidad y esto no es una opción personal profunda ¿llegarán hasta el final?, se podrán sostener a pesar de todas las dificultades, tropiezos, luchas que deban asumir, ¿será tan atractiva la manera cómo lo podamos ir haciendo que se entregarán al proceso y lo haremos entre todas?

 

De otra parte, considero que son procesos de largo aliento que requieren acompañamiento permanente, muchos esfuerzos grandes han quedado a medias por falta de estar ahí, esto lógicamente sin crear dependencias, porque ahí si iría en contra de lo que se quiere que es precisamente la Autonomía.

 

Por otro lado, constato que son varios los niveles de intervención que se requieren para conseguir la Autonomía, porque no solo es un trabajo de mujeres con mujeres, para mujeres, es un trabajo que implica múltiples instancias: lo personal, lo familiar, lo social, lo cultural, lo político, involucrar igualmente múltiples actores: los hombres, las instituciones, los medios de comunicación, las entidades gubernamentales.

 

Por otra parte en nuestra sociedad encuentro una influencia gigantesca del denominado cuarto poder que son los medios de comunicación social y este hueso es duro de roer, aunque reconozco que ya algunos periodistas y medios alternativos están poniendo estos temas sobre el tapete, pero ahí también queda mucha tela por cortar.

 

Otro aspecto que he encontrado en mi práctica es la utilización del lenguaje inclusivo, especialmente como nos ha costado hacerlo, porque la ridiculización a la que hemos estado sometidas ha sido toda una lucha, recuerdo cuando trabaje en la Conferencia Episcopal, empezar a pronunciar la palabra “laica” todas las burlas y risas que produjo en mis compañeros y peor aún en mis compañeras; la utilización de la palabra “una” también la recuerdo porque la única a quien siempre la escuchaba decirlo era el personaje de Josefa Chivatá, empleada de servicio doméstico que interpreto Maru Yamayusa en la comedia “Dejémonos de Vainas”

 

Algo adicional que deseo comentar es que desde hace varios años cuando empecé a trabajar el tema de género con los grupos de mujeres, siempre he tenido de fondo, me ha acompañado el texto de Rm. 12, 2 “Transfórmense por medio de la renovación de su mente…”

 

Finalmente llegan a mi mente muchas canciones que nos recalcan todo el día, todos los días la dependencia, muchas veces quizás las cantamos o las hemos cantado, han escuchado una de Juanes que se llama “Nada valgo sin tu amor” dice: “ porque nada valgo, porque nada tengo, sino tengo lo mejor tu amor y compañía en mi corazón. Me siento débil cuando estoy sin ti y me hago fuerte cuando estás aquí, sin ti yo ya no sé qué es vivir, mi vida es un túnel sin tu amor, quiero pasar más tiempo junto a ti…, allí hay otro campo para trabajar, que creo debe ser el Análisis Crítico.

 

De otra parte conozco un trabajo musical muy interesante de un grupo de ocho mujeres costarricenses que nació en el año 1991 “Claroscuro”, ellas han vivido un proceso feminista desde la música. Su propósito es que la producción e interpretación tengan un carácter formativo, representativo y reinvidicador de la cotidianidad de las mujeres en sus múltiples expresiones.

 

Aquí seguiremos en contacto, gracias por este espacio que nos permite darnos a conocer, descubrir y profundizar pensamientos de otras y otros, formarnos, compartir sabidurías y seguir caminando aún cuando parezca que no veremos la Tierra Prometida!!!

 

Rosa Emma Carrión

 

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mié

30

mar

2011

Para que haya autonomía se requiere repensar la propia vida...

Hola a todas y todos quienes participan en Nakawé, hoy me subo al bus aunque ustedes ya han iniciado el recorrido, me animada compartir este viaje y nutrirme de otras versiones parecidas, distintas, emergentes. Mi compartir tiene que ver con la manera como Marcela Lagarde conecta autonomía e identidad, usando expresiones como: “en la identidad de las mujeres se construye la marca de incompletud” “se construye para colocarnos en una posición periférica” “la autoidentidad desde afuera, desde el mundo externo es la ser perfecta”. Sin embargo, más aún, me desafía su propuesta metodológica: trabajar nuestra biografía. Su propuesta es un ejercicio para repensar la vida, para historizar nuestra vida, lo cual, de hecho me lleva a pensar en las narrativas de vida, las cuales entiendo como todas aquellas experiencias que se dan en el universo vivencial, provocadas en el lenguaje y que dan cuenta de la historia, de nuestras historias. Creo que las narrativas son principios organizadores y operadores de nuestras vidas que dan cuenta de formas de ser, sentir, estar, relacionarse, convivir: Todas nuestras experiencias se configuran a través de relatos los cuales están llenos de significados, que interpretan circunstancias.

 

Entonces, cuando trabajamos nuestra biografía, tenemos la posibilidad de reconocer nuestras vidas a través de relatos que configuran modos de ser y actuar, lo cual es muy revelador y liberador, porque valida nuestra vivencia y los significados que la constituyen. La biografía en este sentido es útil, porque da la oportunidad de ser observadoras y no jueces de nuestras relatos de vida, a la vez permite que actuamos desde un lugar de agenciamiento, pues reconoce en el relato y no en nosotras lo que constriñe, descalifica, somete, domina, así como lo que libera, afirma, fortalece. Cuando vemos como se construye el sentido y significado del relato, cómo se construye su interpretación es posible también cambiar la interpretación de este relato y generar nuevos relatos. Es posible desconstruir, para recuperar la trasparencia de los modos en que determinados historias son diseñadas, sentidas, pensadas y realizadas. Así por ejemplo, cuando nosotras trabajamos o vivimos procesos de transición, en los cuales nos separamos de ciertos aspectos que queremos trasformar, que en la mayoría de las ocasiones se caracterizan por cierto malestar, o mejor mucho malestar, confusión, desorganización podemos ver este proceso como ruptura y desorganización, lo cual puede llevarnos a sentimientos de culpa, de no cumplir con el deber ser. Sin embargo, nuevos relatos, nuevas interpretaciones nos puede permitir ver ese proceso como una transición de un pasado de sumisión a un presente y futuro como una expresión de resistencia, de cuidado y no como desorganización.

 

La biografía se convierte en un revelador de relatos dominantes que la cultura nos impone sobre nosotras mismas, que modelan nuestras vidas y nuestras relaciones. La biografía nos ayudara a identificar o generar relatos alternativos que permitan representar nuevos significados, aportando con ellos posibilidades más deseables, nuevos significados, que podamos experimentar cómo más útiles satisfactorios y con un final abierto. La biografía tiene en su semilla una fuente llena de riqueza y fertilidad, para la generación y regeneración de relatos alternativos. Aquí me remito a la idea que Foucault, quien señala hay conocimientos que pretenden constituir verdades unitarias y globales y destinan a un cierto modo de vivir, por eso poder y conocimiento son inseparables.

 

Para terminar mis reflexiones, la biografía es una invitación a la autoconciencia, como un proceso reflexivo, que entiendo como una vuelta sobre sí misma, una practica de auto-observación, de posibilidades de ser. Como dicen Morín: “La posibilidad de quien voy siendo se construye a través de quién soy, al tiempo que el “mí” se construye a través de quien voy siendo. Todo lo anterior con el propósito de restaurar el sentido de agencia. Imaginar otra realidad es al mismo tiempo imaginar las acciones que conducen a ella, y por tanto otra existencia para quien la imagina, así se van construyendo modelos de lo posible:   llegar a ver, a ver-se, a experimentar-se, a describir-se, a tomar posición de manera diferente. Construir nuestra autonomía.

 

¿Cuáles son nuestras historias y relatos de vida? ¿Cuáles son los significados que las sostienen? ¿Cuáles de esos relatos son de competencia, bienestar? ¿Cuáles historias pueden dar confianza, animar, revitalizar, o curar? Algunas preguntas orientadoras…

 

Blanca Camacho Sandoval

 

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mié

23

mar

2011

Una nueva ética desde el modo de sentir y actuar de las mujeres

Hola queridas, me disculpo por la demora en compartir mi escrito. Más vale tarde ¿verdad? Ahí va.

 

No me detendré en aspectos como los prejuicios que ampliamente toca la autora y que están ya comentados por todas nosotras en el blog. Más bien, voy a plantear desde la autora, las líneas de una ética desde el feminismo. Recordemos que a grandes rasgos, la ética es el estudio del arte de vivir bien y se refiere entonces a lo "bueno", "malo", "correcto" e "incorrecto" referido a la acción, decisión o incluso a la intención de quien decide y actua.

 

¿Qué es lo bueno y correcto para las mujeres en el patriarcado? ¡Ya lo sabemos de sobra!!! Abrámonos a otra clase de ética, alternativa y centrada en el modo de sentir, decidir y actuar de las mujeres. Marcela nos permite entrever algunas claves: 

  • La conversión (vuelta) hacia si misma, expresada en el AUTOCUIDADO.
  • La atención a los propios deseos: nombrándolos, clasificándolos y priorizándolos ¿cuáles liberan y cuales oprimen? ¿cuáles conducen a la centralidad de nuestro yo?, etc.
  • El desarrollo de la conciencia de lo que puedo, es decir del poder real, sabiendo que ese poder es susceptible de desarrollo y evolución.
  • El reconocimiento de las NECESIDADES para buscar recursos y poderes para alcanzar este vivir desde esos principios éticos.
  • Y lograr la concordancia entre lo que deseo-quiero-puedo y hago. Lo que implica no solo fuerza de voluntad, sino además y sobre todo: conocimientos, recursos, conciencia y acciones puntuales y eficaces.

La imagen de mujer que se deriva de esta ética es bien distinta a la tradicional-patriarcal. Permítanme citar a Elizabeth Johnson: "Las mujeres son personas humanas con capacidad de acción moral, con toda la libertad y responsabilidad que ello implica. Antiguas y androcéntricas definiciones de las mujeres como esencialmente pasivas han sido superadas en este impulso hacia la AUTONOMÍA MORAL (de las mujeres), conseguida merced a la lucha y a la acción creativa. Al mismo tiempo, la ética feminista renuncia a la visión del agente moral aislado, tan apreciado en la concepción masculina". Por eso encuentro tan coherente la propuesta de plantear la ética en relación con las/os otras/os en esta tercera parte del libro. Las características de esta ética relacional ya algunas de Ustedes las han comentado muy bien, solo quiero recordarlas:

  • La equivalencia
  • La equipolencia
  • LA equidistancia
  • La equifonia
  • La equipotencia  

Estas características se desprenden del modo como se relacionan las mujeres entre sí, con los demás y con lo demás. En las relaciones de mujeres y entre mujeres existe la mutualidad, la interdependencia, la corresponsabilidad, la valoración mutua, la confianza, el respeto y el afecto, etc., etc., etc.; se renuncia a la competencia, el dominio y a las actitudes de superioridad.

 

En sintesis, la persona no se construye desde la oposición como lo fue y es en el sistema androcéntrico, sino desde la autonomia relacional y de comunión con las otras/os. ¿Suena familiar? Pues tiene que sonar familiar, allí radica el centro de la espritualidad teresiana ¿verdad? Un abrazo a cada una y cada uno.

 

Nancy Olaya.

 

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mar

15

mar

2011

La costumbre de actuar según el prejuicio

M. Lagarde nos coloca en su escrito varios ejemplos en los que se evidencian los prejuicios que se tiene hacia todo lo que implique diversidad, casi que el prejuicio se constituye en una defensa para enfrentar los diverso, lo desconocido, lo disidente.

Lo curioso es que en nuestra individualidad todas somos diferentes por lo tanto ejercemos el prejuicio hacia otras, pero también lo sufrimos en carne propia, en algún momento de la vida.

Una de las manifestaciones de estas creencias inconscientes son los comentarios descalificadores, sin embargo hay otra que en mi opinión se convierte en costumbre y es la de opinar sobre las maneras en las que las y los demás construyen su vida y toman sus decisiones.

Lagarde menciona otra manera de expresión benévola del prejuicio en el consejo no pedido, pero también está el de los comentarios con terceras personas sobre la vida de otras personas, lo que nos parece que deberían hacer en asuntos que ni siquiera incumben a ninguna-o de quienes lo comentan.

Detrás de todo ello creo que se escoden de nuevo el miedo a lo diferente y que se sale del esquema aprendido e interiorizado.

Otra reflexión que he tenido al abordar el texto tiene relación con lo que en la cultura religiosa a la cual pertenezco se considera “pastoral”. La mera palabra pastoral me cuestiona por la connotación que tiene detrás de dirigir, de pretender saber lo que es bueno para quien se dirige, es decir toda una connotación de poder y jerarquía; esto sin mencionar las actitudes que se le atribuyen a quien debe dejarse dirigir con la resonancia de la pasividad y obediencia por la imagen de la oveja o el cordero. Así, en quienes lideran trabajos de pastoral se considera una virtud dar consejos, vigilar, opinar y decir lo que es mejor para tal o cual persona. Este tema del pastoreo ya fue abordado por Michel de Foucault en una conferencia titulada “sexualidad y poder” y al hacer mi reflexión sobre el texto de Lagarde me pareció pertinente hacer la relación.

Finalmente quiero decir que el texto me ha cuestionado en su totalidad, algo de ello lo he compartido en este blog; otros aspectos todavía me resuenan y me encuentro en fase de síntesis, pero es innegable que el aporte de Lagarde es valioso como herramienta de reflexión sobre mi autonomía en el estilo de vida que he escogido.

 

Claudia Guzmán 

 

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vie

25

feb

2011

La autonomía como alternativa concreta al poder de dominio y la dependencia

Este último bloque de la obra de M. Lagarde constituye una defensa definitiva del concepto de “autonomía”, y cómo este valor debería considerarse el principio rector hacia el que fueran encaminadas todas las propuestas de promoción de las mujeres, porque sin autonomía, el desarrollo personal, familiar, comunitario en todas las dimensiones de la vida cotidiana de las mujeres, nunca será posible. Me quedo con esta definición propuesta por la autora, después de toda la reflexión realizada en los bloques anteriores, en la que define la autonomía como “el proceso por el cual se logra que cada quién adquiere los recursos necesarios para transformarse de objeto a sujeto. Las mujeres queremos transformarnos en sujetas de nuestra propia vida y ello significa: ser protagonistas, ser pensantes, ser actuantes, elegir, priorizar y también tomar las riendas de nuestra libertad sexual”. Creo que es una perfecta y completa definición del término.

 

A continuación hace una breve pero detallada relación de factores que en nuestros días, constituyen claros impedimentos a la conquista de nuestra autonomía; según estos prejuicios, la autonomía en las mujeres es calificada como “antinatural, libertina, inmoral, inusual, innecesaria, indigna…”


Me llama poderosamente la atención cómo todos estos prejuicios de los que habla la autora, siguen estando muy enraizados en nuestra cultura y en nuestra vida diaria. Aunque parezca que en el siglo en el que estamos, ya hemos superado las mujeres todos los obstáculos. Desgraciadamente no es así.


Me permito utilizar un ejemplo de mi trabajo cotidiano hace unos días con preadolescentes de 12 y 13 años. La actividad de coeducación y corresponsabilidad en las tareas domésticas, consistía en una serie de preguntas y de pruebas. En una de ellas se trataba de separar la ropa blanca y la de color para supuesta colada, y luego tenderla. Algunos chicos participantes, se negaban a hacer la actividad “porque eso era trabajo de mujeres, y ellos nunca tendrían que hacerlo”.


En el mismo grupo, poco después, surgió el debate sobre las relaciones de pareja y afectivas en población adolescente. Algunos de los intervinientes (varones) se afianzaban en la opinión de ser “dueños de sus novias y que por tanto, no les permitían salir a la calle con faldas cortas porque otros chicos las miraban”.


En los días anteriores, impartiendo un módulo temático sobre Exclusión Social a treinta alumnos y alumnas de 25 a 50 años, participantes de una iniciativa de formación para el empleo, surgió un acalorado debate sobre lo injusto de los derechos homosexuales (a tener hijos, a unirse en pareja, a manifestar su amor sin doble vida…) y hasta se vislumbraba la posibilidad de contagio de la homosexualidad entre los niños.


¡¡¡¡Estamos en el siglo XXI, pero parece que muchas personas, instituciones e ideologías políticas todavía no se han dado cuenta!!!!! Es doloroso cómo se extreman los posicionamientos ideológicos en estos momentos históricos y culturales.  


He disfrutado mucho leyendo y reflexionando con este documento de Marcela Lagarde y que ahora comparto con vosotras. Para mí ha sido todo un descubrimiento y un disfrute. Creo que seguiré “desmembrándolo” hasta extraerle el máximo jugo, para mí o para cualquier proceso de acompañamiento en el que me pueda ser necesario. 

 

Ma. José Rosillo

 

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vie

25

feb

2011

Prejuicios que impiden la autonomía de las mujeres

“El poder de dominio, cuando nos cosifica o cuando nos hace cosificadoras de otros, impone valores, prejuicios, normas, formas de comportamiento, normas de vida, expectativas que para las mujeres aunque sean muy importantes son desfavorables en el desarrollo de cada mujer.” (Lagarde, Marcela, 109).

 

Ahora bien, la realidad tiene un poder que se expresa en cada realidad humana, varón o mujer. Dicho poder, en las mujeres no autónomas, se manifiesta en forma de omni-potencia o de im-potencia. Lo importante es superar las anteriores y saber cuál es mi potencia real, tangible, no la que imagino o fantaseo. (Cf. Lagarde, Marcela, 125)

 

Si no tomo conciencia y me hago cargo de lo que realmente puedo, actuaré con “poder de dominio” cosificado o cosificador. En otras palabras, seré víctima o victimaria. En el último caso, no dejaré que la realidad acontezca, sino que trataré de imponer valores, puntos de vista, iniciativas, normas, prejuicios, etc. Cuando pretendo adelantarme a la realidad, intentando “crear” desfiguradamente la realidad misma, a través de “pre-juicios”, lo que hago es avasallar irrespetuosamente lo que es.

 

El pre-juicio trata de anular la realidad a través de juicios que son omni-potentes, que lo pueden todo, hasta son capaces de matar la realidad. La persona prejuiciosa no necesita contactarse con lo que las cosas son, no precisa escuchar lo que ellas son, puesto que le basta su quimérica y autosuficiente perspectiva. Vive desde empobrecedoras creencias e invenciones. Las prefiere, ya que situarse de modo descalzo ante la realidad implica demasiado vaciamiento, para lo cual no se siente preparada. La complejidad de la realidad le asusta, y ante este miedo se ve empujada a respuestas injustas, simplistas y simplificadoras: manipulaciones, etiquetas, estigmatizaciones, afán de control…

 

Efectivamente, el prejuicio tiene un efecto narcótico en tanto que produce una pseudo tranquilidad que inhibe la aridez de la búsqueda. De ahí que se recurre a un supuesto control de la realidad. La ilusión del control es una especie de ungüento para la desazón que produce lo otro. Es demasiado doloroso tener que enfrentarse a un mundo diferente al suyo. La diversidad es una amenaza peligrosa. Desde esta postura ya no se precisa la humilde fatiga de escudriñar la verdad de las cosas. Sólo queda acogerse a un reduccionismo que amodorra y evita el peregrinaje de la sorpresa, de lo nuevo, de lo desafiante.

 

“Todo prejuicio funciona como un dogma: es una verdad absoluta. Y también funciona como un mecanismo que imposibilita el pensamiento porque si ya lo sabemos todo, no tenemos que pensar. Si en los prejuicios ya tenemos las respuestas en los prejuicios no tenemos que indagar. Los prejuicios son juicios ultrageneralizadores. Generalizamos cuando decimos “todas las mujeres”, “ninguna mujer”. Nunca, siempre, jamás, todo, nadie, nada son conceptos que totalizan la experiencia. (Lagarde, Marcela, 122).

 

Ante el dogma no hay diálogo posible, sino un rotundo y autoritario “no”; las cosas son blancas o negras, son como son (o creemos que son). Allí no hay lugar para la duda, el matiz, la alternativa, la creatividad, ni la discusión. “Hay prejuicios anti-intelectuales que han hecho estragos entre las mujeres, particularmente entre aquellas que vivimos en sociedades carenciadas de recursos académicos, escolares y de difusión del pensamiento intelectual.” (Lagarde, Marcela, 122).

 

Una de las manifestaciones de la reacción prejuiciosa anti-intelectualista en las mujeres se expresa a través del activismo, lo cual es considerado “como superior, antagónico y opuesto.” (Lagarde, Marcela, 123). “Hay que dejar de valorar el activismo como una calidad en las mujeres y pasar a construir la capacidad actuante de las mujeres.” (Lagarde, Marcela, 108) 

 

Desde este paradigma – activista - las mujeres que viven haciendo y emprendiendo cosas, en desmedro de una reflexión profunda y serena, son sobrevaloradas. Dicha sobrevaloración supone una violencia androcéntrica para la que pretenden fundamentar con lucidez sus acciones y decisiones. “Con esos prejuicios acabamos reivindicando la ignorancia como un derecho, como un valor positivo en las mujeres para defendernos de lo que consideramos inadecuado. No criticamos el orden injusto que hace que unas podamos tener acceso a unos espacios y actividades y otras no; sino que más bien satanizamos a las mujeres que tienen esos recursos y esos bienes.” (Lagarde, Marcela, 123).

 

“Pero todo eso lo hacemos de manera excluyente y prejuiciada y seguimos clasificándolas patriarcalmente como las buenas y las malas.” (Lagarde, Marcela, 123). Lo paradójico es que, por un lado, intentamos proyectos incluyentes, sin embargo, por otro, en nuestra propia casa nos estamos excluyendo. Lo hacemos cuando encasillamos a las personas en tal o cual destreza, descalificándola automáticamente de otras posibilidades. El pensamiento o creencia prejuiciosa se desencadena inconsciente y automáticamente. No obstante, cuando se intenta tomar conciencia de ello, confrontarlo, dialogar sobre la dinámica que implica, aparecen las resistencias y los conflictos. Los prejuicios androcéntricos se han hecho connaturales a nuestra manera de ser y de proceder.

 

Y no sólo esto, “el uso de los prejuicios es utilitario, es oportunista. Eso tiene que ver con la fuente de enormes dificultades, por ejemplo de las mujeres, para construir la coalición de las mujeres, porque nos defendemos de los prejuicios, pero se los aplicamos a las demás. Eso impide la construcción de la alianza de las mujeres.” (Lagarde, Marcela, 122). Tenemos que considerar que el poderío sororal es una forma de empoderamiento que no está basado en la exclusión, el autoritarismo, la descalificación y la violencia. Estas son formas patriarcales de poder, las utilizamos porque no hemos hecho la crítica deconstructiva, sino que nos posicionamos desde lo introyectado culturalmente.  

 

De ahí que, es fundamental “asumir que soy misógina, por lo tanto, me cuido, pongo atención a lo que digo y lo que hago. En las asambleas, las mujeres no estamos en un espacio de diálogo entre mujeres, sino que muchas veces instalamos una inquisición para debatir, para enjuiciar y descalificar.” (Lagarde, Marcela, 130) Detectar los rasgos tóxicos de estas actitudes aparentemente es fácil. En cambio, es más difícil caer en la cuenta de que invadir constantemente la vida de las/os demás con consejos o indicaciones no pedidos es imposibilitar la construcción de la autonomía. Pues, “el consejo también es una manifestación misógina.” (Lagarde, Marcela, 130).

 

Así las cosas, la lectura de este material me está haciendo tomar conciencia lo arraigada que está en mí la perspectiva patriarcal, la cual se expresa en pre-juicios de toda índole. Nuestra autora menciona las diversas formas de sexismo, que se expresan en la sexualidad, a ser desmontadas: “la homofobia, lesbofobia, castofobia, heterofobia. Fobia significa horror, rechazo, indiferencia, reprobación, patologización hacia las prácticas, pensamientos, etc. de homosexuales, lesbianas, castas, heterosexuales.” (Lagarde, Marcela, 113)

 

También alude a los prejuicios de edad, clasismo, nacionalismo, racismo, esteticismo, ideológicos, políticos y religiosos. Ninguno de estos puntos tiene desperdicio, asimismo, a ninguno de ellos estamos ajenas, más de lo que pudiéramos imaginar. Esta es la razón por la cual, urge revisar críticamente cuáles son nuestros valores, perspectivas, criterios, creencias y posturas en las situaciones concretas del diario vivir.

 

Asimismo, nos apremia acceder a los recursos de la palabra hablada y escrita. “Hay que hacer discurso y escribir discurso.” (Lagarde, Marcela, 127). “No podemos seguir aspirando a hablar desde el closet. Todas tenemos que salir del closet, de la segregación, del ghetto, de hablar para el autoconsumo.” (Lagarde, Marcela, 128) Estas son formas de ir desenmascarando y combatiendo con fundamentos sólidos los pre-juicios patriarcales que se yerguen en detrimento de la autonomía de las mujeres. “Necesitamos apropiarnos del conocimiento y entender que nada es más práctico que una buena teoría, una buena filosofía. Debemos aspirar a ser ilustradas.” (Lagarde, Marcela, 128) Ya es hora de despertarnos del sueño.

 

 Teresa del Pilar

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vie

25

feb

2011

La construcción de los sujetos

Las mujeres llevamos cincuenta años planteando que hemos sido invisibilizadas como sujetos históricos y sobre visibilizadas como cuerpo para otros. Es importante cambiar esta concepción de la mujer y para ello es necesario ser conscientes de que las representaciones de la mujer, no son naturales sino que tenemos que construirlas, aprendiendo a realizarlo en forma colectiva.

 

Es fundamental para la vida de la mujer, darse cuenta que todavía en el siglo XXI, no tenemos las condiciones en igualdad, para construir discursos, porque siempre han existido los imaginarios: desde este punto de vista, quise analizar, qué peso tiene la representación que la mujer hace frente a la propuesta de cómo “construir sujetos” Se nos dice que el sujeto es siempre una construcción de la democracia y afirma: que la propuesta feminista , no consiste que en aquellos o aquellas que se conviertan en sujetos adquieran características que dominan. Convertirse en sujeto es siempre una construcción que comprende múltiples procesos, por ello veo, que vale la pena seguir apostándole a Marcela Lagarde.

 

El segundo aspecto, señalado por Touraine, afirma que la construcción del sujeto es la construcción de la individualidad, este principio, es el llamado a formar personas actoras de la propia vida.

 

Quiero hacerles partícipes de mis conclusiones elaboradas a lo largo de esta lectura, donde el lenguaje de la estructura feminista me pone alerta al llamado de la “auto identidad” lo cual conlleva a un proceso como gestoras de la propia vida. Ya que de alguna manera se ha dicho que somos libres, pero en realidad, no hemos logrado serlo. He podido darme cuenta, que ser autora de la propia vida, significa tener recursos para comprenderla desde otra dimensión   que requiere una correspondencia filosófica entre lo que queremos alcanzar y los recursos que tenemos para reinterpretar la vida. Hoy se hace necesario este procedimiento de darnos cuenta y saber valorarnos como mujeres que necesita el mundo actual; ahondando cada día en estos procesos e interrogándonos acerca de qué nos está pasando, que juicios nos han ayudado a construir lo que somos y cuales no nos han dejado ser lo que queremos y desmontarlos de una forma contundente.

 

La lectura del feminismo, hace una convocación a realizar un análisis sobre las dimensiones de la vida y no sólo en la vida privada de la mujer, sino un despertar para afirmarse en ese mundo de la cultura feminista, tan fundamental para la preparación de la mujer en los distintos campos de la vida: económico, político, social, e integrar con una mirada crítica unos parámetros firmes, que ayuden a resolver lo que parece imposible.

 

Es también, un llamado a despertar ciertos estereotipos que han marcado la vida de la mujer, ya que en ocasiones nos creemos que tenemos que ser madres todopoderosas, desde cualquier punto de vista y se puede caer en el riesgo de no saber cuidar de nosotras mismas y muchas veces sentir frustraciones en la vida, se necesita formar mujeres en el auto cuidado y saber defender nuestros intereses para saber estar en el centro de nuestras propias vidas.

 

Me sorprende ver la diversidad de mitos que hay en la formación de la mujer y he venido observando, que la mujer no está hecha para estar sola. Existen un sinnúmero de fetiches que hay que desmontar en esta cultura feminista de la mujer. Marcela, me ha ido reafirmando en la necesidad de dejar el pasado, para lograr ser personas autónomas.

 

Es importante dar a conocer a las nuevas generaciones el que no se puede continuar con esa herencia patriarcal. Hay que aprender a desmontar la lealtad que tenemos a todo lo que se nos ha comunicado. Según Marcela, deconstruir para empezar a construir, enmarcando desde esa visión crítica de la propia cultura el despertar a algo nuevo en cuanto ideas, valores, etc. abriéndonos a una concepción feminista de género, nada fácil pero tampoco imposible, desde nuestra realidad.

 

Ana Lucia Cruz

 

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mar

15

feb

2011

Imagen y Soledad

En este momento me encuentro realizando el trabajo de grado sobre un tema que M. Lagarde toca en el libro que estamos leyendo y es el poder de la Imagen para la construcción de la persona.  La construcción de las personas es siempre una construcción social es decir determinada por las características de la sociedad y la cultura y veo que en la nuestra hay una serie de presupuestos que nos configuran y nos determinan en cuanto a los valores, las necesidades, los intereses, es decir toda la volición y las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida.

 

Y qué decir cuando de lo que se habla es de la imagen de Dios. Como creyente he identificado a Dios con la “Imagen” más bien patriarcal de la visión y la tradición judeocristiana, de igual manera a Jesucristo. Hay un canto que hoy me choca mucho; como lo dice Lagarde, comienza a entrar en conflicto con mi reflexión y es el de adjudicar a Jesús la visión del “hombre perfecto de verdad” porque con frecuencia no sé dónde colocarme a mí y a las demás mujeres en relación a ese hombre perfecto y en la pastoral con la figura de hombre varón perfecto y además Dios se explican muchas experiencias de fe: los milagros, la resurrección. De otra parte encuentro mayor sintonía con la explicación de lo profundamente humano en Jesús y su propio proceso de madurez y desarrollo como persona.

 

Sin embargo y también desde la espiritualidad teresiana ha sido para mí buena noticia el que M. Lagarde nos proponga que la autonomía se construye no sólo socialmente sino que abarca la subjetividad y la experiencia personal de cada quien (p. 87). Y en este segundo tema toca una de las experiencias más humanas: la soledad.

 

“Estar muchas veces tratando a solas” dice Teresa de Jesús y le encuentro una gran concordancia con lo que el texto nos propone de asumir la soledad como un espacio en el que no hay otros que actúen como intermediaros con nosotras mismas. (p 94). Hacer ejercicios de legitimar experiencias en soledad, sin necesidad de compartirlos con nadie porque vivir la soledad es una posibilidad de construir autonomía. A lo mejor el primer ejercicio de autonomía en ellos sería preguntarme: qué llevo a esos espacios, qué poderes me otorgo allí, sobre qué o cómo quiero hacer mi reflexión. Es en definitiva aprender a  vivir el momento presente y a mí misma en él en plenitud.

 

Claudia Guzmán

 

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mar

15

feb

2011

Un, dos, tres, calabaza

En la tercera parte del texto de Marcela Lagarde, “Autonomía como alternativa concreta al poder de dominio y dependencia” se revisan los prejuicios que alimentan la no-autonomía de las mujeres y el eficaz mecanismo que los mantiene.

Considero que una buena forma de desenmascararlos consiste en participar en una comunidad de diálogo, que presupone voluntad de las partes para dialogar. Esto difiere de los semi-diálogos en los que nos enfrascamos empeñadas/os en tener la razón, cada argumento del otro/a debe ser superado con el propio, resulta casi inútil participar en esas cansadas discusiones, pues no tiene mucho caso dar una opinión que no será escuchada, esto sigue siendo una forma de dominación.

Muy distinto me sucede cuando participo en una comunidad de diálogo en la que el objetivo no es tener la razón, sino construir, aprender, encontrar juntos nuevos conocimientos a partir de evidencias y argumentos sólidos pero no absolutos. Para mí la alternativa al poder de dominio y dependencia tiene mucho que ver con la posibilidad de este tipo de diálogo que conocí mejor al tener contacto con el programa de Filosofía para Niños/as, desde entonces creo en el diálogo más profundamente y he visto que es posible construir conceptos y sentido a partir de lo que cada uno/a aporta. En este tipo de diálogo hay autonomía pero también interdependencia.

En estas comunidades y en todo espacio público es importante como propone Amelia Valcárcel cuidar “la equifonía”. Hace un año estaba en un grupo universitario en el que había pocos varones y me impresionaba que cuando ellos tomaban la palabra el grupo hacía silencio para escucharles de una forma que no sucedía con las mujeres. En los grupos de jóvenes y adolescentes he visto cómo muchas veces se pide un representante por equipo, aunque sean mayoría mujeres se elije a un varón y a veces los cuidamos mucho más que a las mujeres, lo que me hace pensar en lo mucho que falta para lograr una cultura democrática real, no sólo en el ejercicio del voto o en cubrir las cuotas de mujeres en puestos importantes sino en la conciencia de igualdad, hasta en la toma de la palabra cotidianamente.

En el artículo se nos llama a “enfrentar estratégicamente la pobreza de género de las mujeres”, “estratégicamente, incluye acciones locales y globales. ¿Por qué la migración ahora es en mayor porcentaje femenina? ¿En qué trabajan las mujeres inmigrantes? Muchas cuidan niños mientras sus niños son cuidados por las abuelas, cuidan ancianos mientras sus ancianos son cuidados por otras mujeres, cuidan a cambio de un dinero que enviarán para que su familia esté cuidada. Es un gran reto que no podemos enfrentar eficazmente desde una visión sólo local.

Dice Marcela Lagarde que solemos criticarnos demasiado entre mujeres y es verdad, pero hay críticas necesarias y no estar de acuerdo no significa enemistad ni descalificación. En este sentido hay algunos puntos en los que no coincido como cuando critica las dinámicas de “hablar con tu niña” ya que quizás está generalizando algunas experiencias que infantilizan dejando de lado otras dinámicas que lo que buscan es lo contrario, escuchar para poder soltar, dar para no vivir respondiendo inconscientemente a los reclamos infantiles.

Quiero compartir una imagen que escuché hace una semana a Dolores Aleixandre que viene a ilustrar cómo se da la misoginia especialmente en el campo de los estudios teológicos. Nos hizo pensar en el juego del “escondite inglés” (en mi tierra “un dos tres calabaza”) que consiste en avanzar a la meta mientras la persona que dirige se da la vuelta, si alguno/a es sorprendida/o “moviéndose” es descalificada del juego. Ella equipara con humor, este juego con la dinámica que se da cuando una teóloga trata de avanzar, ¡más le vale no ser vista!

 

Hasta aquí mi reflexión un saludo!!

Mónica Robledo

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mar

08

feb

2011

Asegurarle a cada niña, a cada joven y a cada adulta ser el centro de su vida

¡Hola todas!!!

 

Me dispongo a compartir algo de mi reflexión a propósito de la parte del libro de Marcela L. que nos ocupa. Continúo en clave educativa, esta vez, haciendo critica de la educación que hemos recibido o aquella que aún ofrecemos desde paradigmas tradicionales, patriarcales y/o autoritarios. Hay un cuento de Clarissa Pinkola Estés de su libro "Mujeres que corren con los lobos" con el que quiero ilustrar lo que plantea M. Lagarde en esta parte de su libro y que deseo resonar. Aunque se haga largo lo transcribo, omito algunas partecitas para acortarlo:

 

"Un hombre fue a casa del sastre Szabó y se probó un traje. Mientras permanecía de pie delante del espejo se dio cuenta de que la parte inferior del chaleco era un poco desigual. - Bueno no se preocupe por eso - le dijo el sastre - Sujete el extremo más corto con la mano izquierda y nadie se dará cuenta.

 

Mientras así lo hacía, el cliente se dio cuenta de que la solapa de la chaqueta se curvaba en lugar de estar plana. - Ah ¿eso? - dijo el sastre - Eso no es nada. doble un poco la cabeza y asísela con la barbilla.

 

El cliente así lo hizo y entonces vio que la costura interior de los pantalones era un poco corta y notó que la entrepierna le apretaba demasiado. - Ah, no se preocupe por eso - dijo el sastre - Tire de la costura hacia abajo con la mano derecha y todo le caerá perfecto. El cliente accedió a hacerlo y se compró el traje.

 

Al dia siguiente se puso el nuevo traje, modificándolo con la ayuda de la mano y la barbilla... dos ancianos que estaban jugando a las damas interrumpieron la partida para verle pasar ranqueando por delante de ellos. - ¡Oh, Dios mío! - exclamó el primero hombre - ¡Fíjate en este pobre tullido! - El segundo hombre reflexionó un instante y después dijo en un susurro: - Sí, lástima que esté tan lisiado, pero lo que yo quisiera saber... es de dónde habrá sacado un traje tan bonito -".

 

Desde la sicología profunda ese hombre, somos nosotras, es nuestro animus lisiado, incapaz de iniciativa, de realizar actos premeditados y autónomos. Marcela habla de como la cultura patriarcal nos ha hecho creer que en la vida de las mujeres hay cosas imponderables, imposibles, inalcanzables para nosotras... renqueamos, cojeamos y nos sumergimos en un mundo de pasividad y auto-descuido.

 

Fuimos educadas y educamos para ser madres, cuidar de otros (aunque ni siguiera somos capaces de cuidar de nosotras mismas), nos convirtieron en cuidadoras y hacemos lo mismo con las niñas y las jovencitas de nuestros espacios educativos. Es hora de enseñar el autocuidado, es hora, bien lo dice Marcela Lagarde, de asegurarle a cada niña a cada mujer ser el centro de su vida, con nombre propio, con espacio propio, con reconocimiento y capacidad para elegir. 

 

¿Caben en las competencias que desarrollamos aspectos como el autocuidado, la protección de los propios intereses y la capacidad de mantenerse en el centro de la propia vida? En este sentido, la autora da algunas claves, solo las señalo:

 

  • Diferenciar entre soledad y desolación. Vivir la soledad como capacidad de crear espacios de "UNA" en los que no hay intermediarios entre yo y mi subjetividad y sentirme ¡MUY  bien!!!
  • Convertir mi soledad en un espacio de pensamiento propio, de afectividad, erotismo y sexualidad propias, no para otros/as. Llenar ese espacio con creatividad, goce, reflexión, protagonismo... sin soledad no desarrollaremos la autonomía... ¡mmm se dice rápido!!!
  • Separación y distancia emocional y sicológca. Se trata de construir límites, respetar nuestros límites y los de los demás. No ser invasoras, no ser quejetas, no fusionarme, no poblar con palabras el silencio. En positivo: ampliar mi experiencia de subjetividad... ¡para mi, aquí y ahora!!!
  • Resistir la dominación sobre nuestra personalidad y subjetividad. Vivir la propia vida es la creación más importante que se pueda hacer.
  • Capacidad para decidir. Desarrollar alternativas, inventar, ser interlocutoras...
  • Construir sororidad. Ya lo hemos dicho, debemos reconocer y legitimar la autoridad de las otras mujeres y entablar una relación entre nosotras de mutuo reconocimiento.
  • ... ... ...

Bueno, hasta acá. Es una sección muy rica e iluminadora. Espero que nos esté ayudando como lo está haciendo conmigo. Les envío un abrazo. 

 

Nancy Olaya

 

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mié

26

ene

2011

La autonomía y el poderío de las mujeres. Bloque segundo del libro de M. Lagarde

En este segundo bloque, la autora se centra en el concepto de “sujeto” y cuando esta identidad se asume permite la construcción de nuestra autonomía, de la que hablo en la primera parte de su trabajo. Este “ser” y “sentirse” sujetos de la propia historia y protagonistas de ésta, es lo que determina el cómo la vivamos realmente y si somos capaces de despojarnos y renunciar a todo aquello que nos atrasa en nuestro itinerario de construcción de nuestro “ser”.

 

Para llevar a cabo una nueva definición de nosotras mismas, lo que la autora menciona como “re-definirse”, es asumir que hemos de empezar de nuevo a construirnos, al margen de los esquemas patriarcales que muchas de nosotras, aun tenemos demasiado interiorizados. Este proceso de “deconstrucción” de nuestro yo-sujetos, requiere la re-definición también de otros conceptos que van aparejados a el, como son:

  • Asumir que no somos perfectas ni impotentes.
  • Asumir que podemos superar los sentimientos de soledad (porque ya aprendimos en la primera parte de este trabajo, el significado de la palabra “autonomía”)
  • Asumir la distancia y la separación de los otros, como espacios en ocasiones, necesarios para nuestro crecimiento.
  • Asumir el peso que sobre nosotras ejerce la herencia aprendida y adquirida de nuestra cultura, diferenciándola de nuestra identidad real.
  • Asumir que este proceso de re-construcción de nuestro yo irremediablemente debe hacerse en un contexto de pacto social, en el que nos movemos entre los polos de la resistencia al cambio, tanto promovido por nosotras mismas, o por otros agentes externos, y el polo de nuestro deseo de autonomía.

Me satisface ese concepto del que habla la autora, y que tan familiar me está resultando también en los estudios, de teología feminista, y me refiero al concepto de “reconstrucción”, que lleva aparejado un poderoso componente crítico a partir del cual poner en tela de juicio el sistema en el que vamos a apoyarnos para definirnos como sujetos nuevos. Es preciso pues, desmontar el orden previo para desarrollar el nuevo – dice la autora.


En esta segunda parte, la autora va a ser muy clara y directa con los conceptos de poder y de representación de las mujeres, y cómo éstos adquieren peso fundamental en el proceso de desarrollo y consolidación de nuestros derechos de autonomía e independencia. ¿qué significará para las mujeres tener poder real? ¿qué supone para las mujeres ser representativas/tener representación?


Sin duda, empezamos a movernos ya en terrenos pantanosos e inestables, ya que hablamos de estar en verdaderos lugares en los que se tomen decisiones vitales de índole económico, social, político, y que afectan a hombres y por supuesto a mujeres.

“Dar legitimidad al ser de las otras”- reproduciendo la frase de Celia Amorós, o como dice Mary Daly “construir la sororidad entre las mujeres”. ¿Reconocemos el poder que otras mujeres puedan tener? ¿Reconocemos las diferencias entre “autoridad” y autoritarismo”?  Quizás seria positivo que en los grupos de mujeres podamos reflexionar sobre ello, y extraer conclusiones en común. Me gusta la frase de la autora que dice que “la autoridad es la capacidad de mando para convocar”. Me quedo con este lema para mis talleres de formación de líderes. El principio de autoridad se fundamenta entre otros factores en un concepto que me gustaría destacar: “affidarse” entendido como “confianza en la otra”. 

 

María José Rosillo

 

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mar

25

ene

2011

La soldedad y la desolación en las mujeres

“Nos han enseñado a tener miedo a la libertad: miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. (Lagarde, Marcela, 67). La cultura patriarcal, con la sutil, pero eficaz dinámica, ha ido introyectando en las mujeres el miedo a la libertad, lo cual se ha ido perpetuando de generación en generación. Tal es así que vamos incorporando existencialmente en nuestro modo ser y de proceder un talante temeroso de la vida misma. “El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad: porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se no ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos.” (Lagarde, Marcela, 67).


El sentimiento de orfandad nos lleva a sentirnos incompletas sin la fusión con los otros/as, llámense personas, instituciones, proyectos, etc. La dependencia es la expresión de un yo raquítico, minusvalorado y desdeñado. Sólo satisfecho y contento cuando está puesto al cuidado de los “otros” y no de sí mismo. Es un yo enajenado, hipotecado, exteriorizado, que encuentra su razón de ser siempre en los demás. De ahí que son los “otros/as” quienes han de legitimar cualquier experiencia por nimia que sea. Solas no podemos, y si acaso lo pudiéramos, no somos libres para hacerlo. De este modo, el temor a la libertad nos sumerge en la soledad, lo cual nos conduce a “dos dimensiones reales y fantásticas, que provienen de la configuración tradicional de género y que precisamos desmontar: una es la omnipotencia de género, esa creencia fantástica de que lo podemos todo (…).” (Lagarde, Marcela, 65).

 

Pero, por otro lado, no somos capaces ni tan siquiera de dominar nuestras más básicas emociones; esto es, de ser soberana en nuestro propio territorio emocional. La otra creencia a deconstruir es la impotencia, “que es uno de los resultados de la dominación.” (Lagarde, Marcela, 66). Hemos sido dominadas por el sentimiento de orfandad. De ahí que la soledad, en cualquiera de sus expresiones, nos produce pánico. Basta fijarse en los comentarios, aparentemente triviales, para constatar esta verdad. Por ejemplo, “voy a probar yo también para que no seas la única en hacerlo”, “es la única de la comunidad que se dedica a ello”, “es la única que ha hecho tal carrera”, etc., etc.


Este miedo a la soledad nos impide ser libres en situaciones concretas de la vida. Supongamos que recibimos una invitación para acudir a un evento determinado, pero no nos sentimos en condiciones de hacerlo, por el motivo que fuera. No obstante, nos vemos obligadas a acompañar porque no somos suficientemente libres (yo débil) para decir “no”. Y tampoco queremos dejar de complacer. ¡Cómo quedaría nuestra menguada imagen! Además, esto sería traicionar nuestra “esencia” de ser para los otros/as. Sería egoísmo y falta de generosidad. En realidad, dicha mistificación ¿no sería más que un solapado androcentrismo que late como trasfondo de la motivación?


Así las cosas, la soledad vuelta omnipotencia para los/as demás, es finalmente impotencia ante la propia vida, ante la propia salud, ante la propia autonomía, ante el propio yo… “La precocidad y la dominación que se ejerce sobre las mujeres hacen que no desarrollemos capacidades para el autocuidado, para proteger nuestros intereses ni para mantenernos en el centro de nuestras vidas.” (Lagarde, Marcela, 66). Es más, que el centro de nuestra vida sean los otros/as viene avalado por el mismo “dios padre”, ese Dios patriarcal que nos señala qué es lo “bueno” para las mujeres.


Es impresionante la cantidad de mitos que se han ido construyendo respecto al tema de la soledad en las mujeres. Nos han enseñado que experimentar alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. “Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.” (Lagarde, Marcela, 68). Se nos ha dicho que tenemos que ser comunicativas y “comunitarias”. Esto es lo contrario a usufructuar los propios espacios. Incluso, dichos espacios han de venir determinados por voces ajenas a la persona interesada. Voces que se imponen, a veces diplomáticamente, a veces consensuadamente, a veces groseramente. Dichos mitos nos indican que hay en nosotras una necesitad vital de contacto personal, de establecer una conexión de fusión con los/as otros/as.

 

Que precisamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo. Sin embargo, la autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales que no hacen más que aniñarnos, despersonalizarnos y empobrecernos. “La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.” (Lagarde, Marcela, 67). A propósito, me surge la pregunta, ¿no será la fuerza de este mito la que esté latiendo en la prohibición del sacerdocio femenino? Las mujeres podemos ejercer todos los sacramentos, menos el del “orden”. Necesitamos de alguienmasculino que pueda hacer acontecer este orden sagrado en nuestras vidas. Es sabido que sin dicho sacramento, no hay plenitud de vida cristiana. Con todo, recordemos que los mitos, supuestamente, han sido superados por los primeros filósofos griegos. He dicho filósofos y no filósofas.


A propósito de mitos y supersticiones, veamos lo que nos dice un pensador postmoderno sobre la negación del sacerdocio femenino. “Aquí se ve claramente la puesta en práctica de una superstición metafísica (la mujer tiene un determinado papel natural que no comprende la posibilidad del sacerdocio) contra un deber de caridad que consiste en atender a la nueva conciencia de las mujeres en nuestra sociedad.” (Vattimo, Gianni, Creer que se cree, 93).


Ahora bien, según nuestra autora, es conveniente diferenciar la soledad de la desolación. “Estar desolada es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.” (Lagarde, Marcela, 67). Las mujeres podemos sentir desolación cuando los/as otros/as no piensan como yo, cuando no responden a mis expectativas, cuando no me acompañan en lo que me hace ilusión, cuando no tengo poder sobre el otro/a… “Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica para la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.” (Lagarde, Marcela, 67).


“Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona.” (Lagarde, Marcela, 68). Poner nuestro yo en el centro significa decidirse a construir la autonomía personal, a asumir la soledad y a tomar la distancia que corresponde respecto a la relación con las otras personas, con los objetos, con las causas. “Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas.” (Lagarde, Marcela, 68).


Se trata de “convertir la soledad en un estado placentero, de goce, de creatividad, con posibilidad de pensamiento, de duda, meditación, de reflexión.” (Lagarde, Marcela, 70). Recuerdo que apenas acababa de conocer a un amigo, y en una de esas pláticas, me dice: “tengo asumida la soledad en mi vida”. Esas palabras quedaron resonando en mí por mucho tiempo, tal vez sin lograr entenderlas. Creo que recién ahora estaría en condiciones de poder intuir el significado de las mismas en el contexto de lo que venimos hablando. “La soledad es un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía. Sin soledad (…) no desarrollaremos las habilidades del yo. La soledad puede ser vivida como metodología, como proceso de vida. Tener momentos de aislamiento en relación con otras personas es fundamental. Y se requiere disciplina para aislarse sistemáticamente en un proceso de búsqueda del estado de soledad.” (Lagarde, Marcela, 70).

 

Teresa del Pilar

 

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mié

12

ene

2011

Construir nuestra identidad- individualidad es camino de autonomía

Leyendo un artículo de Marcela Lagarde sobre Identidad-feminidad decía: “Quien soy es la pregunta que organiza nuestra subjetividad al vivir. Y, al vivir, la respondemos, tenemos identidad” . Esta frase me llamó la atención y me dejé movilizar por la propuesta sugerente de describir algunos rasgos de mi propia identidad. Identidad entendida como aquellos rasgos que más nos definen y que nos hacen personas únicas. Inmediatamente cogí el computador y dejé que fueran saliendo características que describieran mi identidad. Hoy no sólo se las comparto, sino que las invito a realizar este ejercicio, aparentemente sencillo, pero que nos da rostro propio y éste es uno de los requisitos para adquirir autonomía.

 

Como dice ella misma en claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres: “No hay autonomía sin biografía. Hacer biografía quiere decir historizar nuestra vida… Tenemos que decirnos nosotras mismas quiénes somos”. (pág. 50-51). Hay tres palabras que Marcela utiliza en sus escritos y que tienen hoy tienen para mí una profunda relación: autonomía, individualidad e identidad. “Si no hay autonomía no hay individualidad posible”. “La autonomía se estructura como autoidentidad” (pág. 52). Yo diría que la construcción de nuestra identidad nos hace individuas y este es el comienzo de nuestro camino de autonomía.

 

Mi identidad genérica:

-Soy una mujer

-De clase social media baja

-Pertenezco al mundo urbano

-Soy hispana, latina, Colombiana, paisa

-Mi lengua materna es el Español, domino el Inglés, sé el Tagalog y entiendo el Portugués

-Soy una religiosa católica, teresiana por vocación y formación

- Soy una mujer con capacidad de relaciones duraderas y profundas, leal a mis seres queridos

-Soy educadora por vocación y profesión

-No pertenezco a ningún partido político específico, pero me gusta y defiendo la democracia

-Adscrita al movimiento feminista. Me estoy haciendo teóloga feminista.

-Identifico como mi vocación personal el acompañar a otras personas en sus experiencias y en su proceso de crecimiento y maduración.

-Soy una mujer de la vida media, consciente de las etapas pasadas ya experimentadas

-Poseo una rica experiencia de contacto intercultural, por vivir en culturas diferentes a la mía y por convivir mucho tiempo en comunidades multiculturales.

-Me caracteriza una constante búsqueda que empuja mi naturaleza humana a ir más allá de lo concreto, tangible, finito.

- Me reconozco con capacidad de escucha a lo que se dice y a lo que se calla

- Me apasiona Jesús y su Reino, trato de aprender a experimentar su preferencia por las personas más sencillas y vulnerables.

- Me encanta la aventura, lo desconocido y el afrontar retos aunque me acerque a ellos con sea con temor y temblor…

 

Reconozco con gratitud que éstas y otras características de quien soy y que hoy puedo nombrar, son fruto de la capacidad de observarme, conocerme, confrontarme, repensarme y repensar la vida. Esta capacidad aprendida y desarrollada en mí es fruto del carisma teresiano que tanto enfatiza el propio conocimiento. También reconozco esta invitación en Marcela Lagarde cuando nos invita a hacer nuestra propia biografía. Considero que los rasgos de nuestra IDENTIEDAD se convierten en la materia prima de nuestra AUTOBIOGRAFÍA.

 

En su libro Claves feministas para la autoestima de las mujeres dice: “Lo que en realidad constituye la autoestima son percepciones, pensamientos y creencias ligadas a deseos, emociones y afectos” (pág. 29). Y nos plantea preguntas provocativas que nos invitan a explorarnos y conocernos para crecer en consciencia de nuestra identidad y como consecuencia en autonomía. Cito algunas de ellas y las invito a elaborar sus propias respuestas:

 

“¿Qué nos enoja o entristece de nosotras mismas?

¿Qué nos enternece y conmueve, y qué nos moviliza para darnos apoyo?

¿Qué tanto conocemos nuestras necesidades más urgentes, y cómo reaccionamos ante ellas?

¿Por qué posponemos lo que más necesitamos o qué nos hace anticipar a la necesidad misma?

¿Dónde radica el goce de ser?

¿Qué nos hace sentir vulnerables?

¿En qué reducto anidan el desánimo, el abandono y el desaliento?

¿En qué signos depositamos nuestra confianza?

¿Qué valoramos de nuestra persona?”

 

Agradezco inmensamente sus reflexiones, aportes y el que prioricen tiempo en medio de sus muchas ocupaciones para participar en este foro. Mis mejores deseos para el 2011, un abrazo, Bea

 

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vie

07

ene

2011

La Autonomía de las mujeres es un proceso que se desarrolla en la convicción y acción personal de cada mujer.

Queridas amigas inquietas, buscadoras y/o constructoras de otras opciones para la mujer: Cuando hablar de derechos de la mujer en otras épocas era una verdadera insolencia y en ciertos ambientes casi un delito contra las culturas patriarcales, existieron mujeres valientes y dispuestas para enfrentar el rechazo y la condena de las que fueron víctimas. Fue el camino con el que contaron en esos momentos, no me atrevo a juzgar su proceder, seguro cansadas y al límite de vivir y presenciar injusticias contra ellas mismas u otras mujeres hizo que “algo” dentro de ellas se revelara y comenzaran su acción. Por ellas primordialmente y por algunas politicas de estado que se han ido incorporando lentamente podemos decir que hoy en día son muchos los espacios que se han ganado para la mujer en los diversos campos de su proyección humana; sin embargo parecería que muchas de nosotras lleváramos puestas esas mantas sobre la cabeza que cubren nuestro rostro como sucede en los países árabes, donde los derechos de las mujeres están casi limitados a respirar y procrear, estamos tan aculturizadas con nuestros viejos patrones patriarcales, machistas o de relación de género o como cada quien le quiera llamar que pese a que ya está abierta la reja, todavía permanecemos allí adentro encarceladas con nuestros “lealtades”, M.Lagarde pág.45 .

 

La metáfora puede sentirse dura, y es verdad que el dolor que experimentan las mujeres de cualquier lugar del mundo es igualmente inadmisible, nosotras a las de occidente solo nos basta actuar, salir del espacio de confort que nos brinda la dependencia y ser consecuentes con lo que nos dicta el corazón.

 

Este reto que tenemos actualmente no es un problema de hombres, créanme ellos lo entienden y se duelen, muchos quisieran que fuera diferente. Este reto es personal. Muchas de nosotras continuamos alienadas al paradigma inútil de ser mujeres “buenas”, entendido el término según lo visualiza la feminista M.Lagarde. Es tan bondadoso el paradigma con nosotras que hemos terminado sintiéndonos “buenas” por renunciar, por sacrificarnos, por callar, por conspirar en contra de las mujeres “malas”, por perdonar y perdonar sin sentido y sin responsabilidad los atropellos cometidos contra nosotras, por tantas lágrimas derramadas en secreto para hacer creer al mundo que las cosas marchan como debieran. Ese estado de seudo-bienestar es el que tenemos que combatir y reflexionar cada día de nuestras vidas y pensar si en verdad eso es lo que queremos para nuestra vida, ser columna cismo-resistente en la casa, en el trabajo, en la comunidad, no aporta ganancias a nadie; vivir así equivale a vivir a medias y con una sensación de estar sintiendo que la vida te debe compensar en algún momento, y que si no es aquí será en el cielo. Estoy segura que Dios no quiere una vida de esas para nosotras. Despertemos. Con mi cariño, mujer saliendo de la jaula me despido hasta pronto.

 

María Esther Revelo M.                                

Desde Bogotá, Colombia, Suramérica.

 

 

 

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jue

30

dic

2010

Autonomía de la mujer: Conocimientos y Saberes

“Nuestros conocimientos y saberes. ¿Hasta dónde incluyen la autonomía como principio regulador? ¿Hasta dónde nos permiten ser autónomas? (Lagarde, Marcela, 11). En una cultura milenariamente patriarcal y androcéntrica no podemos esperar que los conocimientos y saberes sean herramientas que contribuyan a la autonomía de la mujer. Al contrario, la ideologización de los mismos lleva la impronta de quienes neutral y desinteresadamente los han ido forjando. Porque así es, las ciencias defienden una pretendida objetividad y cientificidad. Sin embargo, conforme lo ha explicitado la sociología del conocimiento, de tradición marxista y lo han explicitado los teóricos de la Escuela de Frankfurt, sabemos que no existen perspectivas totalmente neutras y objetivas. Todo conocimiento está situado y es interesado. Ninguna teoría es absolutamente autónoma respecto a la ideología, por ello, no hay ni puede haber ciencia ideológicamente pura. De ahí que las teorías que defiendan la “neutralidad ideológica” o “valorativa”, constituyen claras expresiones de posturas sospechosas, presentadas con aura y prestigio de cientificidad y de objetividad.

La cultura androcéntrica en la cual estamos inmersas/os, determina totalmente el modo en que todo investigador/a se acerca a la realidad, así como el resultado de su investigación. Reconocer dicho sesgo ideológico nos descubre que cualquier proyecto histórico es deudor de una perspectiva en base a la cual discrimina y organiza los datos. No existen perspectivas completamente neutras y objetivas. Todo conocimiento está situado y es interesado. Sólo un conocimiento consciente de la filtración ideológica de todo saber, y que además opte por acercarse a la realidad desde la postura de las víctimas y de las/os perdedores de la historia, se podrá construir en un saber auténtico, que propicie relaciones de justicia, libertad y autonomía entre los géneros. No sólo en el ámbito privado, sino en el público.

Esto nos lleva a pensar que no es inocente el modo cómo se organizan las enseñanzas universitarias, incluso las secundarias, y sobre todo la orientación y financiación de las investigaciones, siendo típico del pensamiento conservador y androcéntrico la fragmentación de saberes y su falta de fidelidad a la realidad. Así las cosas, no es difícil imaginarse los enfoques de las diferentes teologías que conocemos y las ideologías de las cuales proceden y sirven. Toda teología, y todo conocimiento, es un saber lastrado, no sólo por las capas conscientes, sino inconscientes de sus mentores, de las culturas, género y clases sociales desde las cuales emerge.

Es por ello que se hace preciso romper la hegemonía de un solo centro, para llegar a un diálogo heterogéneo más rico y verdadero, incorporando todas las perspectivas posibles, relativizando la cultura patriarcal, y reconociendo la legitimidad de otros centros, ya que ninguna visión puede responder por sí sola a la complejidad de la realidad.

Una posición androcéntrica nos induce a pensar que las mujeres, por naturaleza, no disponen de una inteligencia abstracta y dotada para la teoría, sino que más bien está orientada a lo práctico. “La razón de las mujeres es una razón práctica que les lleva a encontrar muy hábilmente los medios de llegar a un fin conocido, pero que no les hace hallar este fin.” (Rousseau, Jean Jacques, Emilio 134). Esta es, pues, la típica postura que circula en el imaginario colectivo: las mujeres son más aptas para lo funcional. Si alguna mujer osa desmentir existencialmente dicha estigmatización, en ciertos contextos, no precisamente de varones, en el mejor de los casos, es ironizada con la conocida frase: “Lista en latín y tonta en castellano”. Entre otras cosas, hay un desconocimiento total de lo que significa inteligencia múltiple. Por qué no se ha ser versada en latín y también lista para los pucheros. Es como si ambas destrezas fueran incompatibles. Si nos ponemos a analizar el trasfondo de los refranes populares veremos la dirección de la carga ideológica que contienen.

            Mientras tengamos una perspectiva fragmentada de la realidad y de los saberes, será difícil ir logrando una libertad situada y efectiva. “Hay una relación directa entre el tipo de conocimiento y saberes y grado de autonomía. Las personas que son muy pragmáticas, que piensan que no es importante saber sino actuar, deben reflexionar sobre esto, pues los conocimientos y habilidades intelectuales nos capacitan o no para la autonomía...” (Lagarde, Marcela, 11). En varias oportunidades me ha tocado oír que lo importante es la acción, el hacer, lo efectivo; todo lo demás es pérdida de tiempo y ociosidad inútil. Desarrollar una capacidad de reflexión y espíritu crítico, en ciertos ambientes, se ha convertido en un divague improductivo por el mundo de las ideas, que nada aporta a la construcción de un mundo mejor.

Si caemos en la cuenta, nos percataremos de que esta ideología responde a nociones reduccionistas, las cuales frenan la posibilidad de que las mujeres vayamos logrando cierta autonomía en nuestras vidas. No podemos seguir desconociendo que los recursos intelectuales constituyen aliados indispensables en el proceso de ir adquiriendo mayor autonomía. Pero en tanto sigamos subestimando dichas habilidades, más alejadas nos hallaremos de ser mujeres capaces de gestionarse la propia vida con altura y dignidad. Continuaremos siendo las eternas niñas dependientes de otros tutelajes de turno.

“A veces nuestros conocimientos están cargados de dependencia y no de autonomía.” (Lagarde, Marcela, 11). La autora mexicana corrobora lo que venimos diciendo, mientras más proclamemos nuestro sobrevalorado sentido práctico, y desdén de toda teoría, más aún estaremos respondiendo a una solapada o abierta teoría que pretende anular nuestro auténtico derecho a la autonomía. “Por eso hay que revisar nuestros valores sobre lo que es positivo, negativo, magnífico, valorable en las mujeres, y veremos que la ética en la que hemos sido formadas es funcional a un orden que niega la autonomía de las mujeres.” (Lagarde, Marcela, 11). La ética, como disciplina filosófica, que han ido inculcando a las mujeres, desde su más tierna edad, está basada en la despersonalización de las mismas. Lo importante es constituirnos en un ser para “los otros”, cuando menos se viva para sí, más perfecta se vuelve la mujer. A ella le está vedado ser “egoísta”, esto es un atributo eminentemente masculino, ella sólo puede ser pura “donación” de sí. Puro amor oblativo para otros que sean más importantes que ella y, a la vez, la tengan dominada y contenta en semejante situación existencial.

Según el filósofo ilustrado, Rousseau, las mujeres no han de tener vida propia, sino que han de vivir en función de los varones. Ellas han de “complacerles, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarles, hacerles la vida agradable y dulce: he aquí los deberes de las mujeres en todos los tiempos y lo que se les debe enseñar desde su infancia.” (Rousseau, Jean Jacques, Emilio, 412).

Las mujeres no tienen vida propia, sino que están “fusionadas” a los demás. Ellas fueron hechas para la simbiosis, no para la autonomía y la libertad. Su inteligencia se reduce a lo práctico, mientras se le escapan las cuestiones abstractas y complejas. Su capacidad de amar y de razonar son inferiores y están supeditadas a un ser superior masculino, el cual determina y delimita estrictamente, lo que por “esencia” le corresponde. Con todo, hemos de considerar que esta enajenación de la mujer no sólo se da por parte del varón. “Suponer que entre las mujeres no hay relaciones de dominio es una fantasía.” (Lagarde, Marcela, 51).

El gran desafío es manifestar experiencialmente, en la práctica y en la teoría, que todas estas ideologizaciones son eso mismo: meras ideologizaciones. Que nuestros conocimientos y saberes pueden constituirse en efectivos aliados de la autonomía de las mujeres. Hagamos constar que los enfoques fragmentarios no se corresponden con la realidad, nuestra salvación, como siempre, está en la realidad y en la palabra. Mostremos con hechos y con palabras lo que somos y lo que hacemos. Porque como dice Aristóteles, “el obrar sigue al ser”.

 

Teresa del Pilar

 

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lun

27

dic

2010

La autonomía como un problema existencial de las mujeres

Al conocer la espiritualidad teresiana una de las cosas que más me impactó fue la centralidad que la persona ocupa en la relación que se establece con Dios. La persona es en esta visión espiritual un ser capaz de Dios, con una dignidad propia y no existe ni se define solamente por su Creador. Esto en mi concepto abre todo un abanico de posibilidades de realización humana y espiritual: tengo una dignidad propia inmanente y ontológicamente dada que no está en primera instancia referida a algo o alguien fuera de mí.

Toda espiritualidad o cosmovisión se vive en un entorno cultural y pasa por las mediaciones de éste; y es aquí donde considero que el aporte de M. Lagarde brinda unas reflexiones interesantes y profundas a varios niveles: lo social, y la autonomía referida como un pacto a este nivel que varias colaboradoras del blog ya han destacado; pero también la autonomía en otro ámbito o nivel: lo existencial, que abarca toda la construcción subjetiva del ser de las mujeres.

Tenemos elementos tanto espirituales, como existenciales e incuso culturales (educación, capacitación) que nos dan herramientas para desarrollar la autonomía sin embargo vivimos esa dicotomía que en muchos momentos nos impulsa a volver al prototipo de la mujer tradicional, referida a los otros, lo Otro, y que coloca en el centro de su existencia realidades diversas.

Cuando M. Lagarde menciona todos estos ámbitos en los cuales se promueve la construcción de la individualidad de las mujeres, con límites, en donde somos protagonistas de nuestra vida; caía en cuenta de que en mi caso personal la espiritualidad teresiana me ha alimentado esta construcción que tiende a la autonomía y a la realización, a la búsqueda del desarrollo de las posibilidades como persona y a la vez al cultivo de una relacionalidad equilibrada que siempre esté alimentada por un cultivo fuerte de la interioridad, del conocimiento propio. En mi interpretación: de un cultivo fuerte y sólido del yo. No creo que Santa Teresa lo dijera en esos términos pero es la manera como he ido asumiendo esta cosmovisión suya.

Es innegable que a pesar de estos elementos que incentivan este desarrollo de la persona a partir del conocimiento propio y del reconocimiento de sí misma, la dicotomía que menciona M. Lagarde también aparece; ella llega a mencionar diferentes ámbitos sociales que promueven esta vuelta al prototipo tradicional: la familia, el trabajo, la cultura y yo diría que también lo religioso y algunas reflexiones que se utilizan para fundamentar valores tradicionales que promueven comportamientos, estructuras, dinámicas que no favorecen la autonomía de las mujeres.

Finalmente me doy cuenta que la espiritualidad que he elegido en mi vida, da elementos para el desarrollo de mi autonomía como mujer, y a la vez a partir de esta lectura constato realidades que no promueven mi autonomía. Como educadora se me abre un compromiso de adoptar una postura crítica frente a valores culturales y estructuras muchas de ellas mencionadas y otras sugeridas por M. Lagarde que en muchos momentos suscitan procesos de dependencia y de limitación de las posibilidades de desarrollo de la autonomía de las nuevas generaciones y la mía propia.

 

Claudia Guzmán

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lun

27

dic

2010

Propuesta de itinerario para desarrollar y fortalecer la autonomía desde la teoría feminista

Un saludo sororo a cada una. Me produce mucha ilusión recomenzar nuestras reflexiones y compartires, esta vez a propósito del libro “Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres” de Marcela Lagarde.

 

La autora nos regala pautas para desarrollar y vivir nuestra autonomía, lo que le da a este texto un carácter práctico y político no sólo teórico. Percibo claramente en él, un camino, un itinerario que conduce a una determinada postura existencial. Por eso, he querido titular mi comentario “Propuesta de itinerario…”. Voy a enunciar algunas pautas para ese proceso, sin la intención de agotarlas.

 

  • Comencemos nuestro viaje reconociendo (digo “re” porque este ejercicio al igual que alimentarnos, es una necesidad y una forma de vivir) ¿cuál es mi poder o poderes? ¿cuál es mi fuerza o fuerzas? Volvamos a revisar esas listas o descripciones de nuestro poderío, sobre todo aquellos que hacen relación a al poder transformador, al poder vital y esencial.
  • A la par de lo anterior, debemos implicarnos, si no lo estamos, en las luchas por los derechos como humanas y “como mujeres”. Según la autora, la humanización y liberación de las mujeres pasa por la construcción de su autonomía y ésta por la exigencia de las dos categorías de derechos ¿conozco mis y nuestros derechos? ¿los acerco a mi cotidiano? ¿Acompaño a otras/os?
  • Ahora bien, ¿qué clase de autonomía deseo y necesito construir o fortalecer? Hagamos el ejercicio de nombrarla, visionarla, imaginarla ¿cómo se siente ser esa mujer? ¿cuál es la simbología de mi autonomía? Las narraciones que hagamos deben desafiar el presente y la cultura patriarcal, desafiarnos a nosotras mismas y a nuestros grupos familiares y sociales. Aquí podemos adaptar toda clase de herramientas que nos ayuden a soñar-nos.
  • En esa visión también vamos definiendo ese “conjunto de hechos concretos, tangibles, materiales, prácticos, reconocibles” que constituyen nuestra autonomía. Marcela dice: “La autonomía es siempre un pacto social. Tiene que ser reconocida y apoyada socialmente, tiene que encontrar mecanismos operativos para funcionar”. Nuestra compañera Mónica Robledo comentó muy bien este aspecto, yo solo insinúo posibles cuestiones desde la autora que nos ayuden a decirnos, visionarnos: ¿qué sustento económico necesita mi proceso de autonomía? ¿cómo experimento mi sexualidad, debo transformar algunos de sus sentidos? ¿siento mi cuerpo, lo pienso, lo represento o de qué manera lo ignoro e invisibilizo? ¿de quién es mi cuerpo? ¿cuido la salud de mi cuerpo? ¿Cómo estoy comprometida con la mentalidad patriarcal del mundo y de la vida? ¿en mi ética cabe la autonomía? ¿qué normas jurídicas, no jurídicas, implícitas, consuetudinarias, no verbales y sagradas regulan mi vida? ¿Dónde estoy en la capacidad de hacer de la vida una experiencia estética y lúdica? ¿me posiciono como sujeta social, reclamo, reivindico, actúo, propongo, argumento y pacto en espacios privados y públicos? Este análisis vale para cada círculo de relaciones y para cada ámbito de la vida: familia, pareja, amistad, escuela, organizaciones... 
  • Es necesario reconocer la condición de género de las mujeres contemporáneas y reconocernos a nosotras mismas en ella. Marcela Lagarde lo resume en esta expresión: “Ser para los otros y ser para mí” (lo expone en las pág. 45-49). Enunciemos esta contradicción sin dramatizar, más bien haciendo evidente el conflicto: ¿Cuándo y cómo soy invitada a cuidar legítimamente de mí y al mismo tiempo cuándo y cómo se nos reclama colocarnos en función del servicio, la obediencia, el cuidado…? ¿de qué manera estoy resolviendo este conflicto? ¿qué aspecto pesa más hoy en día?
  • A partir de la página 50 la autora invita a escribir la biografía y afirma claramente que: “No hay autonomía sin biografía… para que haya autonomía se requiere repensar la propia vida... Si las mujeres modernas no tenemos biografías no podemos sobrevivir”. Nombrarme, decirme, situarme. Para que este espacio no se quede en un mero ejercicio intelectual, les propongo que compartamos alguna de tantas biografías que hemos escrito o que escribamos una nueva con los elementos que nos brindan estas claves ¿qué les parece? Este ejercicio nos ayuda a visibilizarnos y reconocernos. Es una forma política y ética de situarnos frente al paradigma patriarcal que invisibiliza, excluye, aísla y enajena. A propósito, aún no tenemos todas las fotos… ánimo chicas!!!
  • Pero hay más, Marcela nos invita a escribir la biografía de nuestras fantasías y contestar esta cuestión: ¿convertimos esta capacidad en planes y acciones? O por el contrario ¿la vivimos como una fuga o evasión de insatisfacciones, necesidades y temores? Se trata de darle curso a la capacidad fantástica desde nuestra facultad estética, inventora y emprendedora.
  • Lo anterior se une con la facultad y el derecho de atender nuestras propias necesidades y replantearnos la centralidad de la propia vida. En este sentido ¿qué pactos con las/os demás he construido? ¿qué pactos necesito? Dice la autora: “En la forma tradicional, como seres del no pacto, se espera todo de nosotras… es nuestra obligación natural cumplir con toda una serie de posturales del deber ser”. Cuando me ubico desde la postura del pacto es posible que emerjan sentimientos de culpa, descríbelos y exorcízalos…
  • Desde la pág. 60 Marcela nos invita a realizar un ejercicio con el espejo. Ponte delante de un espejo grande y pregúntate: ¿qué ves? ¿Acaso ves el objeto que han construido en nosotras? ¿te miras con la mirada de otra/o? o ¿ves lo que quieres ver en ti? ¿qué sientes? ¿percibes la que eres o aún ves la que fuiste?
  • Debo abdicar teórica y prácticamente de las formas de pensamiento que conciben el trabajo de las mujeres como negativo cuando “es realizado para sí misma”, o es positivo cuando “es para salvar a otros”. ¿Concibes tu trabajo como una cualidad positiva? ¿disfrutas los bienes materiales y simbólicos producidos por tu trabajo? ¿disfrutas con legitimidad del dinero? ¿tu dinero tiene dueño?
  • Finalmente completo mi biografía con mis especificidades ¿Qué tan específicas, singulares e individuales somos? ¿Cuán mal nos sentimos cuando resaltamos aspectos, valores y poderes propios? Hay un libro hermoso de Mercedes Navarro y Carmen Bernabé llamado: “Distintas y Distinguidas”. En su presentación dicen: “Las mujeres no hemos podido acceder a nuestra singularidad histórica y religiosa, por ello tampoco a una consistencia de género, porque nos ha tapado LA MUJER. Una ilusión, un fantasma inhibitorio que nos pesa como una losa”.
  • Por otro lado, debemos preguntarnos ¿En que soy semejante a las otras mujeres? Cuando contestes no te fijes en el cuerpo, o en la posibilidad de tener bebes… piensa por ejemplo en que compartes con las otras una historia, una posición social semejante, en que no tienes ciertos derechos…

Bueno, hasta aquí me trajo el rio. Me ha servido mucho mirar el texto como un camino, un viaje… con idas y vueltas, retrocesos y recomienzos… una especie de proceso de iniciación en el que se nos exige determinación y coraje para comenzar y permanecer. Que Dios/a nos ayude. Un abrazo para cada una.

 

Nancy Olaya.


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vie

24

dic

2010

Lo que me aporto esta lectura

La lectura del texto de “Marcela Lagarde” , me aportó una serie de cuestionamientos que me llevaron a reflexión, permitiéndome reencontrarme conmigo misma y así ir cambiando algunos paradigmas y esquemas que están dentro de mí.

Al leer el capítulo referente a las claves feministas para alcanzar el poderío y la autoestima de las mujeres, me llamaron la atención algunas de las preguntas referentes a la libertad femenina, que atañen a la autoestima, el liderazgo, el amor, el poderío y la autonomía. Por ej. ¿Quién quiero ser? ¿Quién puedo llegar a ser? ¿Cómo puedo llegar a serlo? ¿Qué y cómo deseo amar?, son reflexiones que me llevaron a tomar conciencia sobre mi realidad, ella afirma que cada mujer traduce a la vida aquello que se propone como alternativa para vivir. Por lo tanto es fundamental esa relación que hay que tener entre el pensar, el ser y el existir. Considera que es clave histórica y filosófica en los liderazgos de las mujeres que se han destacado la “verdad” porque en ellas coincide lo que se piensa, se es, se dice y se hace.

Cuando hace su auto presentación: ¿Quién soy? Lo expresa de forma llamativa e invita a hacer un pare en la vida. Contextualiza; soy una mujer feminista, de tiempo completo, soy todo mí ser, es esta, una forma de hacer caer en cuenta que en la vida hay que reflexionar sobre nuestra identidad y liderazgos, es un llamado a intercambiar experiencias, para aprender unas de otras y crecer como personas.

Cuando leí su historia, me identifique mucho con ella. Ser mujer feminista, académica y crítica no dice ser positivo, esto conlleva una carga de estigmas, ¿Por qué? Al competir en igualdad siendo desiguales, nos coloca en desventaja y conduce a inequidades. Sin embargo convertir las condiciones estigmatizadas en condiciones positivas que definen la inclusión y la elegibilidad,   fue lo que le permitió a ella, ocupar la posición que hoy tiene, y ayudar en la formación del otro, a “ser persona”

Algo que me marcó esta lectura es que sin el feminismo es impensable un paradigma alternativo. También da algunas claves, para liderazgos entrañables, planteando una pedagogía para generar nuevos liderazgos de las mujeres y el enunciado de sus avances y contradicciones, marca las quejas de los liderazgos autoritarios. Hace énfasis en liderazgos alternativos, que corresponden a ser mujeres asertivas, autoformadas, profesionales y sororarias. Afirma que estos liderazgos fortalecen la autonomía, la autoestima y las alianzas, que se deben establecer.

Cuando Marcela, habla del concepto de autonomía, lo enmarca dentro del concepto de democracia genérica, lo que significa establecer relaciones de equidad entre mujeres y hombres. La autonomía es parte de la alternativa feminista, que tiene como centro la libertad, para alcanzarla hay que tener en cuenta donde están los sujetos sociales y su desarrollo se hace a través de procesos vitales.


Ana Lucía Cruz.

 

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mar

21

dic

2010

Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres

En un periodo personal de cambios radicales en mi vida, de búsqueda desesperada de mi identidad individual, arrastrando en mis espaldas una dolorosa separación matrimonial, después de diecisiete años de convivencia, encontrarme con la lectura de este texto, y en concreto con este capítulo, ha sido para mí, toda una inyección de entusiasmo y esperanza, además de ser una lectura muy reveladora. Digamos que este instante, aquí y ahora, es mi momento personal para leer, asimilar, comprender y aplicar todo lo que la autora comenta sobre el fenómeno de la autonomía en las mujeres, y lo sutil y compleja que resulta experimentarla auténticamente en nuestra cotidianidad. Es fácil vivir sin ella y muy dolorosa su reconquista por parte de las mujeres.

La autora me hace tomar conciencia de lo lejos que estamos de la posesión de nuestra autonomía en todo su significado. No había pensado en ningún momento, cuan complejo y completo resulta el término, y qué de cosas dejamos de lado en el proceso mismo de intento de búsqueda de nuestra autonomía.

Me hago consciente así mismo, de que al tratarse de una lucha compleja para las mujeres, intentamos ir tomando posiciones en diferentes entornos: la familia, el trabajo, la pareja…pero esto no es más que acepciones parciales de “conquista”, que nunca llegará a ser un esencia real y completa de nosotras mismas, si no nos la tomamos en serio.

A lo largo de la primera parte del texto de Marcela Lagarde, se hace un extenso enfoque pero en lenguaje claro y cercano de cómo ha sido el proceso de búsqueda y conquista de la autonomía para las mujeres a lo largo de la historia. Qué significa esto en la vida cotidiana de cada una de nosotras, y cómo se trata de un proceso personal e individual, que todas y cada una debemos poner en marcha, pero que se hace extensivo al resto de mujeres, y concretamente también al resto de la humanidad.

Hace un análisis detallado del término y que relaciona con otros términos no menos importantes como “dependencia/independencia”, “egoísmo”, “Autoestima”, “individualidad”, “autosuficiencia”…que nos permite aclarar algo más si cabe el concepto de autonomía y todos los procesos a los que va a aparejado. Procesos vitales, sociales, sexuales, psicológicos, culturales, filosóficos, ideológicos, estéticos, lúdicos, políticos, linguísticos, que se producen en cada círculo particular. Porque todos estos procesos no pueden cambiarse de forma radical y simultánea. Sin embargo, es un conquista que debe hacerse progresivamente en todos ellos.

Para las personas que nos dedicamos al terreno de la educación y a la dinamización de grupos de mujeres, éste es un magnífico material de trabajo que fomenta la discusión y reflexión entre nosotras; también apto para población adolescente y juvenil, desde el cual ir planteándonos el cambio de estereotipos y mentalidades.

Hablaba la autora en el principio del capítulo de que “interesa que todas las teorías sean apropiadas por cada persona, que le sean ajenas…que tenga que ver con su propia experiencia…que le sirvan de clave para vivir”. Creo que estas palabras resumen a la perfección lo que pretende hacerse con esta publicación. Debe servir a las mujeres de hoy. Es necesario que la reflexión descienda a nuestras vidas concretas, y transforme la realidad entera del resto de las mujeres. Pero para ello, debe ser una teoría viva y vivida.

Prosigue la autora explicando que la autonomía no puede ser considerada un fenómeno abstracto que exista desde siempre, ni mucho menos, un derecho adquirido para las mujeres. Casi al contrario, se trata de una necesidad incomprendida. Es un proceso, nada fácil, que todas nosotras deberíamos ir construyendo paso a paso, además de conseguir que otros/as lo vean como algo legítimo. Me ha llamado especialmente la atención, las argumentaciones desarrolladas casi al final del capítulo sobre el concepto de culpa que parece innato en todas nosotras, siempre que ponemos en jaque al sistema patriarcal. Una culpa invasiva que nos hace sentirnos las peores mujeres del mundo, cuando decidimos abandonar un hogar de maltrato, o cuando nos apetece disfrutar de nuestros cuerpos, o cuando pensamos en comprarnos algo para nuestro capricho, o cuando decidimos por un instante de nuestra jornada que “hoy voy a ser por un momento, el centro del mundo”. Esos sentimientos de “egoísmo para la supervivencia” son necesarios en algun momento de nuestra vida, si realmente nos hemos tomado en serio la conquista de nuestra autoestima. Este egoismo, - explica la autora-, no significa suprimir los derechos de nadie ni explotar a nadie. Simplemente significa, ir defendiendo nuestro territorio, porque nadie lo va a hacer por nosotras. Y añade que por supuesto, la conquista debe ser sólo nuestra, aunque indudablemente implique pérdida para otros, los varones. Pero se trata de una pérdida de poder, de prestigio, de dominio. Quizás sería más conveniente no hablar de pérdida de nada, (porque nunca debieron tenerlo en exclusividad), sino de un reparto equitativo de derechos y de responsabilidades. Destaco literalmente estas palabras de la autora cuando dice se trata de “luchar por un conjunto de derechos que compartimos con los hombres, pero además requerimos de un conjunto de derechos sólo de las mujeres. Esta especificidad cuesta mucho que sea comprendida por otras personas. Se trata de construir un conjunto de derechos que aseguren un tipo de libertad para las mujeres y esa libertad pasa por la autonomía.”

Voy entendiendo poco a poco este concepto, cuando una vez más, producida la ruptura sentimental tras tantos años compartidos, veo con dolor, que ahora tengo que caminar sola. Tareas tan simples como comprar un colchón o decidir qué adornos colocar en la estantería del salón, eran hasta ahora tareas vetadas o necesariamente compartidas, en detrimento de mis deseos, y cediendo por dejadez, o por facilitar la convivencia posterior. Al principio, en la toma de estas decisiones triviales, me sentía perdida, desorientada. No estaba segura de si haría o no lo correcto…No sabía si me equivocaría o no. Y luego comprendes, que en el peor de los casos, si te equivocas, no pasa nada. Asumiría las consecuencias de mis propios actos, y si era un error, pues vuelves a empezar y asunto terminado. Pero al menos, era yo quién decidía. Cada día voy aprendiendo en mi vida cotidiana, lo que está suponiendo la incorporación de la autonomía plena en ella. No es tarea fácil. Y mucho menos si hablamos de autonomía emocional.

Sería relativamente fácil de entender que una mujer moderna, con estudios universitarios superiores, trabajo estable, ( y por tanto, independencia económica) y capacidad crítica, pudiera presentar algún problema con su autonomía. Pues efectivamente, mujeres de estas características, tenemos muchos y graves problemas con la autonomía, y haciendo una lectura crítica de este documento, te entristece ver cómo son nuestras dependencias. El darse cuenta de esto, es tanto o más doloroso que romper con ellas, ciertamente. Repitiendo la frase de la autora, nos recuerda que “la autonomía es un pacto social, es decir, un acuerdo entre partes”. Si ambas no están por la labor del diálogo o la empatía, no nuestras palabras y deseos quedan en papel mojado.

Me quedo también con esa argumentación de la autora, cuando afirma que es imposible asumir y experimentar la autonomía si previamente dejamos de vivenciar en nosotras, estos estereotipos tradicionales en todos los órdenes de nuestra vida. Literalmente nos dice: “Tenemos que revisar nuestras normas de vida cotidiana en cada relación, en cada momento, en cada espacio y en cada circunstancia. Y tenemos que revisar las normas que tenemos instaladas en la subjetividad como normas divinas”.

Por otra parte, destaco cómo también en los procesos estéticos y lúdicos, vamos construyendo nuestra autonomía. Y las preguntas que se hace la autora, y que yo traslado a mi propia reflexión son: “¿cuál es nuestro horizonte estético? ¿Dónde está la capacidad creadora de las mujeres en el arte? ¿Qué creamos? ¿Para qué creamos? ¿Cómo creamos? A esta última pregunta, tan solo un matiz; creamos cuando el tiempo nos lo permite. Porque priorizamos muchas otras cosas antes de crear. Nos planteamos muchas obligaciones impuestas y aceptadas como propias, antes de dar rienda suelta a nuestra fantasía. Creamos mientras conducimos, mientras hacemos la comida, mientras estamos en el baño, mientras caminamos por la calle…otra cosa será materializar ese arte, en obras concretas. Así que tampoco es fácil la materialización artística, mucho más será plantearnos el contenido de esa obra.

 

María José Rosillo Torralba


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vie

17

dic

2010

La autonomía es siempre un pacto social.

“La autonomia es siempre un pacto social. Tiene que ser reconocida y apoyada socialmente, tiene que encontrar mecanismos operativos para funcionar” (Lagarde, 1997)

 

En los últimos meses por asuntos profesionales y de amistad, he tenido la oportunidad de estar cerca de algunas mujeres y hombres que han vivido una separación o un divorcio, algunas recientemente y otras hace algunos años. Desde estas experiencias y a partir del artículo de Marcela Lagarde, surgen estas reflexiones en torno a la autonomía de las mujeres.

Un divorcio o una separación es siempre una situación difícil, que hace a los integrantes de la familia redefinir su identidad y sus relaciones. Aunque los problemas conyugales tienen múltiples causas, es sorprendente constatar que muchas veces la decisión del divorcio es tomada por las mujeres para poner fin a un periodo de inestabilidad y regateos. Es una decisión difícil si consideramos como dice Marcela Lagarde, que la identidad de las mujeres ha sido basada en la fusión, en la incompletud y   en una ética de la anti-autonomía.

En muchos casos, después del divorcio el cuidado de los/as hijos/as queda a cargo de la madre, aunque pasen periodos vacacionales, fines de semana alternados y alguna tarde con el padre. Sucede de esta manera, a pesar de que la ley abre la posibilidad de llegar a acuerdos que impliquen mayor implicación del padre. Este tipo de reorganización familiar es acorde con lo que culturalmente se espera de las mujeres. En los casos en los que la custodia la tienen los padres, la madre queda estigmatizada como una mala mujer, lo que no sucede con el padre en caso contrario.

Aunque la ley y las teorías de resolución de conflictos familiares aconsejan llegar a un acuerdo para conseguir una participación equitativa en las responsabilidades parentales (educativas y económicas), reconozco que la mayoría de las mujeres aconsejan a otras mujeres que se desliguen por completo de sus exmaridos y salgan adelante por sí mismas y muchas veces, con tal de dar por terminados los asuntos judiciales que implican un desgaste adicional, llegan a acuerdos que dejan en desventaja a la mujer. Aquí nos enfrentamos a un obstáculo para que la autonomía pueda ser real, el aspecto económico que según el texto de M Lagrade, es un presupuesto para que se convierta en un hecho vivido. La autonomía no se debe construir en base a injusticias como esta ya que este modelo puede ser una explotación encubierta, que al final se puede traducir en mayor dependencia.

Es importante matizar la autonomía no ha de ser absoluta. Aunque la exposición de Marcela Lagarde acentúa la autonomía porque la sabe necesaria como primer paso del proceso hacia las relaciones igualitarias, no suprime la importancia de las relaciones, la interdependencia, (p. 29-30). Hemos de conquistarla pero esto siempre sucede en relación, en encuentros que liberan y regalan identidad. Una de las definiciones que aporta la RAE de autonomía, viene bien para lo que quiero decir: “Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie”. Este “para ciertas cosas”, es esa autosuficiencia relativa (p. 29) o interdependencia equitativa que cuesta tanto conquistar y mantener.

De cualquier forma, resulta admirable cómo estas mujeres, muchas veces con ayuda de otras mujeres y hombres, sacan adelante a sus hijos/as, generalmente a base de numerosos sacrificios que consideran parte de su opción por la maternidad.

La mayoría de los hombres divorciados pronto se encuentra en una nueva relación de pareja e incluso en un nuevo matrimonio con otra mujer, lo que no sucede con las mujeres, quienes una vez superada la primera etapa, cuando logran un reacoplamiento social, no es fácil que se decidan de nuevo a contraer matrimonio. Aunque superar el divorcio sea muy difícil, en general manifiestan que a pesar de que ha sido doloroso, han crecido mucho, han recuperado espacios perdidos y se han hecho más fuertes y seguras. Esto me remite a lo que en el texto que leímos se denomina toma de conciencia y trasformación de la propia sexualidad como experiencia de autonomía, la recuperación del propio cuerpo y del poder personal. Este proceso tendría que ser más común para todas las mujeres, no sólo ante situaciones límite como la separación, sino en la vida cotidiana, en los procesos de formación de la identidad desde la adolescencia, para aprender a vivir relaciones equitativas y positivas. Promover estos procesos es un reto que se impone a quienes nos sentimos comprometidas en el desarrollo del pensamiento crítico y creativo de los/as humanas/os.

Estas mujeres y sus luchas son parte ya de esa fuerza evolutiva que nos empuja a todos y todas hacia la humanidad más profunda, les agradezco que despierten en mi tantos cuestionamientos, retos y que impulsen mi compromiso con la construcción de mi biografía específica en esta subversiva historia.

Por ahora es todo…

Mónica Robledo

 

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